En este ensayo, Alberto Buela visualiza a Iberoamérica bajo la presión de dos tenazas: por un lado, una tenaza homogeneizadora y estandarizadora, “la homogeneización global de un mundo-uno” (que, podemos agregar, sintetiza otras tenazas antes contrapuestas: “la furia tecnológica y la organización abstracta del hombre normal”) y, por otro lado, la tenaza disgregadora y pulverizadora representada por “el renacimiento tribal de los nacionalismos perifericos” (pensemos en los indigenismos y regionalismos separatistas y, también en cierto sentido, en los enclaves ecologistas).
Con ésta visualización, nuestro autor inserta bien el desafío que se presenta hoy día para la vigencia de un proyecto geopolítico iberoamericano y para la misma sobrevivencia de cada uno de los pueblos iberoamericanos. Pero en relación a su conceptualización de la tradición, cabría observar que ésta se puede encontrar en realidad en distintos planos: desde el plano de una tradición local o regional (en el cual se perpetúan en el tiempo y en el espacio las costumbres que identifican a tal o cual comunidad concreta) hasta el plano de una tradición cultural, espiritual y política más amplia (en el cual podemos establecer, por ejemplo, la conexión entre la tradición hispánica llegada a Nuestra América y la Tradición Primordial que subyace a todas las grandes tradiciones culturales), pasando por las tradiciones nacionales de los pueblos organizados en estados independientes. Entonces, de acuerdo con ello, no es necesariamente contradictorio un “tradicionalismo filosófico” (o tradicionalismo integral) con un tradicionalismo histórico o telúrico o nacionalista o regionalista. Situada entremedio de esos dos polos de lo tradicional (el polo de las particularidades y el polo de lo universal) Nuestra Iberoamérica de hoy tiene como tarea pendiente el recuperar la unidad política de nuestro común ecúmene cultural premoderno, superando la moderna división “en una veintena de republiquetas bananeras”, al decir de Alberto Buela.
Siguiendo a este autor, deberíamos dejar de soportar -y comenzar a superar- LA GRAN CONTRADICCIÓN DENUESTRA PATRIA GRANDE: “Somos entitativamente una cosa pero la representamos falsamente”. O sea, estamos en presencia de un problema doble: de toma de conciencia y de voluntad de poder. Debemos darnos cuenta de qué y cómo somos y debemos decidirnos a actuar en consecuencia.
Y ésta gran contradicción la sufrimos, a su vez, en un doble plano: – un plano inter repúblicas, pues si somos un solo y gran ecúmene cultural debemos darnos una unidad política que lo exprese como conjunto que es, y – un plano intra repúblicas, en el que nuestras sociedades reales y concretas estén representadas orgánicamente, corporativamente, en las instancias políticas sin la mediatización partitocrática ni parlamentarista.
LA TRADICION NACIONAL
por Alberto Buela. (*)
El filósofo Martín Heidegger se quejaba allá a mediados de los años treinta de que Europa yacía bajo la gran tenaza formada por Rusia y Estados Unidos como portadores de la furia tecnológica y la organización abstracta del hombre normal.(1)
Parece ser que nosotros hoy padecemos la opresión de otra gran tenaza, pues el mundo de nuestros días está atrapado entre la homogeneización global de un mundo-uno y el renacimiento tribal de los nacionalismos periféricos. Oscilamos entre Mac Donald
y Bosnia, CNN y Ruanda, Microsoft y Chechenia. Unos están compuestos por hombres y mujeres para quienes la cultura propia y su lengua, la nacionalidad étnica y
su religión son elementos descartables y a reemplazar. En tanto que otros hurgan en sus muertos o ilusorios mitos fundadores, para desde allí enfrentar el problema de la pérdida de identidad. Esta, para volveral símil de Heidegger, es la tenaza que aprisiona al hombre normal de nuestros días.
Es obvio que resulta mucho más fácil vivirplegándose a cualquiera de las dos ramas del fiero instrumento. Se puede vivir como el hombre light que sólo busca “estar al día” y no saber; no tener opiniones chocantes siendo siempre encantador; someterse al mercado de divisas y al Internet. O de lo contrario, se puede vivir como el hombre iniciático, haciéndose el sabio parodiando un saber que no se posee. Oscureciendo las aguas para que parezcan más
profundas como gustaba decir Nietzsche. Y en este hombre iniciático hay dos vertientes. Desde el que se ocupa de los ovnis y los ángeles hasta el que busca fundar su saber en la hermenéutica de Nazca, el tantrismo de la mano izquierda o en Trapalanda. Esta grosso modo es la tenaza de nuestro tiempo, que aprisiona al pensamiento crítico pero arraigado que, al menos nosotros, sostenemos como expresión más genuina del hombre no-conformista. ¿Cómo resolver desde nosotros mismos, desde nuestro lugar en el mundo que es Iberoamérica, esta opresión a dos puntas?.
Poniendo en acto, actualizando, los valores que conforman nuestra tradición nacional. Así pues, el
asunto de este trabajo es responder: ¿qué es la
tradición nacional y cuáles sus valores?
La noción de tradición cuyo nombre proviene del
latín traditio que significa la acción de entregar, de
transmitir puede resumirse como el traspaso de una
generación a otra de las cosas valiosas que la
conformaron.
La tradición no debe confundirse con el
conservadorismo, que en general guarda todo, lo
valioso y lo que no es. La diferencia entre tradición
y conservatismo es que, en éste último, lo viejo vale
por viejo, mientras que en la tradición lo viejo vale
en tanto portador de valores. La tradición, para
nosotros, es algo que aún vive y no una entidad
ahistórica tal como la considera el tradicionalismo
filosófico.
Estos valores de la tradición nacional se han
encarnado paradigmáticamente en Nuestra América en un
sujeto histórico: el criollo, en tanto que
representante más acabado de nuestra raza. Quien se ha
expresado según haya sido su ámbito de pertenencia
como huaso en Chile, charro en México, borinqueño en
Puerto Rico, llanero en Venezuela y Colombia, montubio
en Ecuador, cholo en Perú, coya en Bolivia, gaucho en
Uruguay, Paraguay, Argentina y sur del Brasil etc.etc.
En definitiva, es el arquetipo de hombre americano que
siendo de genuina estirpe hispánica nos distingue de
España. Ni tan español ni tan indio.
a) La expresión de la tradición nacional
La tradición nacional tiene en la literatura
argentina tres hitos significativos: el Facundo:
Civilización y Barbarie (1845) de Domingo Sarmiento;
el Martín Fierro (1872/79) de José Hernández y El
Payador (1916) de Leopoldo Lugones y algunos
aleatorios (2).
El Facundo tuvo por objetivo desacreditar al
Brigadier General Juan Manuel de Rosas, su gobierno
(1835 a 1852) y a su principal personero: Facundo
Quiroga. Y aun cuando partiendo de la falsa antinomia:
civilización y barbarie. Equiparando barbarie a
campaña, a desierto, a extensión “el mal que aqueja a
la República Argentina es la extensión”(3), a
población criolla. Y proponiendo su reemplazo por el
europeo que es la civilización. No obstante tamaño
error, decimos que su mérito, limitado sólo a los tres
primeros capítulos, (el resto son “mentiras a
designio”, según carta de Sarmiento al General Paz)
estriba en la descripción del genius loci (clima,
suelo, paisaje) de los argentinos y sus caracteres
esenciales expresados en la descripción del criollo
bajo las distintas figuras del rastreador, el
baquiano, el gaucho malo y el cantor.
Sarmiento, a pesar de él mismo, fue un americano
hasta la médula, que cuando describe al gaucho en
realidad se autorefleja. La contradicción surge cuando
lo interpreta: “La sangre es lo único que tienen los
gauchos de seres humanos”, pues allí surgen todos los
preconceptos ideológicos de su conformación política.
Romántica y liberal. Europeizante y mimética. Unitaria
y antirosista. Masónica y anticatólica.
El Martín Fierro viene a relatar los
padecimientos del gaucho, producto típico de la pampa,
explotado y sometido a los arbitrios de la ciudad,
sede del gobierno, y sus personeros: políticos, jueces
y milicos.
El poema va más allá de su autor, pues “él
ignoró siempre su importancia y no tuvo genio sino
sólo en aquella ocasión”(4).El poema lo sobrelleva.
Ante la crítica ilustrada de la época, Hernández pide
disculpas por la inferioridad de sus versos. Sin
embargo su poema adquiere inusitada adhesión en el
paisanaje, transformándose en el texto más leído de su
tiempo. Véase el pedido
de un almacén de ramos generales de la campaña a su
abastecedor porteño en 1873: “50 gruesas de fósforos,
2 quesos bola, 10 tercios de yerba, 1 barrica de
cerveza, 2 pipas de vino Carlón, 50 Martín Fierro”(5).
Su lenguaje, estilo, versificación y temática son
estrictamente criollos. No imita.
De naides sigo el ejemplo
naide a dirigirme viene
El Martín Fierro tiene y tendrá múltiples y
variadas lecturas e interpretaciones pero, por sobre
todo, es la expresión de nuestro modo de ser en el
mundo.
Las grandes etapas de su desarrollo son:
a) Vida bucólica: era una delicia ver
como pasaba los días.
b)Envío a la frontera: Si esto es servir al gobierno
a mi no me gusta el cómo
c)Huída al desierto: Y siguiendo el fiel del rumbo
se entraron en el desierto
d)Vuelta: Viene uno como dormido
cuando vuelve del desierto
c)Dispersión: Después a los cuatro rumbos
los cuatro se dirigieron
Ellas indican emblemáticamente no sólo el drama
de la historia patria “Hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar”, sino también las etapas en
el camino del hombre que lucha por ejercer su
libertad. Y en este sentido el Martín Fierro encierra
también una filosofía de vida.
El tercer eslabón de la tradición nacional
aparece con El Payador. Producto de una serie de seis
conferencias pronunciadas por Lugones durante 1913 en
el teatro Odeón de Buenos Aires a la que asistieron
,entre otros, el entonces presidente de la República
Roque Sáenz Peña y sus ministros Indalecio Gómez,
Eleodoro Lobos, Carlos Ibarguren, Justo P. Sáenz
Valiente.
El ensayo es, cuarenta años después, la primera
gran reivindicación de Hernández y su objetivo es
probar que Martín Fierro es un poema épico y para ello
se apoya en la proposición: “El gaucho, y no el
español, fue el héroe y civilizador de la Pampa. En
este mar de hierba, indivisa comarca de tribus
bravías, la conquista española fracasó.”(6)
El trabajo es como todos los ensayos de Lugones,
desmesurado, exhultante, arbitrario, pero al mismo
tiempo, penetrante, suscitador, inteligente, fruto de
una cabeza brillante como la del hijo de Río Seco. Acá
se muestra no como el afrancesado que fue, sino como
el criollo a pie firme proveniente de una familia que
“por cuatro siglos sirvió a estas tierras”. Si
pudiéramos obviar los capítulos primero y último,
absolutamente infundados, el libro sería el ensayo más
acabado sobre la tradición nacional.
Haciendo gala de una erudición, por momentos
insolente y ofensiva, Lugones no sólo muestra
acabadamente la trabazón interna del Martín Fierro que
lo convierte en el mayor poema épico de
Hispanoamérica, sino que además pone al descubierto la
corriente espuria de la expresión criolla. A Bartolomé
Hidalgo lo trata de “barbero que le imprimió a sus
versos, como es natural, la descosida verba de su
oficio”. De Hilario Ascasubi – defendido años después
por Borges frente a Hernández- dice que “no tenía de
gaucho sino el vocabulario, con frecuencia absurdo”.
Al respecto ya Miguel Cané había afirmado en carta a
Hernández: “Ud. ha hecho versos gauchescos, no como
Ascasubi, para hacer reír al hombre culto del lenguaje
del gaucho”. De Estanislao del Campo y el comienzo de
su Fausto sentencia: “Es una criollada falsa de gringo
fanfarrón”(7). Del Lázaro de Ricardo Gutiérrez y de La
Cautiva de Echeverría que “son meros ensayos de color
local en los cuales brilla por su ausencia el alma
gaucha”. A esta corriente espuria de la expresión
criolla debemos agregar el publicitado trabajo de
Ezequiel Martinez Estrada: Muerte y Transfiguración de
Martín Fierro, que Lugones no conoció, un libro
verdaderamente miserable, escrito por un gallego
trepador y anticriollo con veleidades de sociólogo.
b) Los valores de la tradición nacional
Estos tres autores, que dicho sea de paso son
políticamente opuestos entre sí, nos muestran que
nuestra conciencia, o sea, la conciencia criolla,
nuestro mundo de valores, nuestro genius loci, nuestra
representación comunitaria, todo ello es premoderno.
Pero nuestra forma de representación política a través
del parlamentarismo demócrata-liberal y la proyección
internacional
de nuestra ecúmene cultural partida en una veintena de
republiquetas bananeras, todo ello es moderno. Y esta
es la gran contradicción que venimos soportando desde
hace casi doscientos años. Somos entitativamente una
cosa pero la representamos falsamente. Somos
sustancialmente premoderno, nos relacionamos con el
medio y nos organizamos familiar y comunitariamente
como premodernos, pero nos representamos políticamente
como modernos. Vivimos así una contradicción no
resuelta. Al respecto algo barruntó el vulcánico
Sarmiento: “En la República Argentina se ven a un
tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo suelo;
una naciente que sin conocimiento de lo que tiene
sobre su cabeza está remedando los esfuerzos ingenuos
y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse
de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los
últimos resultados de la civilización europea. El
siglo XIX y el siglo XII viven juntos: el uno dentro
de las ciudades, el otro en las campañas.”(8)
Sin ir más lejos, nuestra concepción del tiempo
es distinta. Nuestros contratos los cumplimos de “otra
manera”, para desazón de europeos y norteamericanos.
El nuestro, no es el time is money sino “sólo tradanza
de lo que está por venir” como afirma Martín Fierro.
Es un madurar con las cosas. Eso, que tanto ellos como
nuestra intelligensia local, han caracterizado como
indolencia o vagancia nativa. La siesta es casi un
delito.
Claro está, hoy ya no existen los arquetipos que
han definido a nuestros pueblos que fueron los que
encarnaron la Tradición Nacional. Ya no está el
gaucho, ni el llanero, ni el huaso, ni el charro, ni
el montubio, ni el borinqueño, ni el cholo, etc. Hoy
casi todos tendemos al homo consumans, al hombre
light, al hombre homogeneizado del supermercado, al
hombre desarraigado, al bicho urbano para quien: “el
campo es aquel lugar horrible donde los pollos camina
crudos”. Pero si bien es indudable la desaparición del
criollo bajo sus distintas formas ello no nos permite
afirmar la desaparición de los valores que animaron a
este tipo de hombre. En una palabra, que desaparezca
la forma en tanto que apariencia, no nos autoriza a
colegir que murió su contenido, esto es, el alma
gaucha. Muy por el contrario, lo que tiene que
intentarse es plasmar bajo nuevas apariencias o
empaques los valores que sustentaron a este tipo de
hombre, como son: a)el sentido de la libertad, b)el
respeto a la palabra empeñada, c) el sentido de
jerarquía y d) la preferencia de sí mismo. Criollo es
pues quien comparte estos valores más allá de su
origen étnico, sea italiano, árabe, gallego o alemán.
Estos son los valores fundamentales del “alma
hispanoamericana”. Renunciar a cualquiera de ellos es
renunciar a nosotros mismos.
1.- Cfr. Introducción a la Metafísica, Buenos Aires,
Ed. Nova, 1966,p.75
2.-Entre los trabajos propios, aunque en comparación
menores, podemos señalar: La Tradición Nacional(1888)
de Joaquín V.González; En Torno al Criollismo(1912) de
Ernesto Quesada; Los Gauchescos (1917) de Ricardo
Rojas. El resto son miles de estudios eruditos que se
cuecen en su propia salsa: el academicismo estéril.
3.-Sarmiento, Domingo: Facundo: Civilización y
Barbarie, Buenos Aires, Eudeba, 1961, p.21.-
4.- Lugones, Leopoldo: El Payador, Caracas, Biblioteca
de Ayacucho, 1978,p.133.-
5.- Pérez Amuchástegui,Antonio: Mentalidades
Argentinas(1860-1930), Buenos Aires, Eudeba, 1965,
p.230.-
6.-Lugones, Leopoldo: op. cit. pág.36
7.-No nos podemos resistir a copiar todo el párrafo
que le dedica Lugones a Del Campo y su obra. Dice así:
“Después, si el vocabulario del famoso Fausto, está
formado regularmente por palabras gauchas, no lo son
sus conceptos. Así puede observarse desde el primer
verso. Ningún criollo jinete y rumboso como el
protagonista, monta en caballo overo rosado: animal
siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en
las estancias, o servir de cabalgadura a los muchachos
mandaderos; ni menos lo hará en bestia destinada a
silla de mujer, como está dicho en la segunda décima,
por alabanza absurda, al enumerarse entre las
excelencias del overo, la que podía “ser del recao de
alguna moza -y, para peor,-pueblera”. Además, en la
misma estrofa habíalo declarado “medio bagual”; lo
cual no obsta para que inmediatamente pueda creeerlo
arrocinado, es decir, manso y pasivo. Por último para
no salir de las dos primeras décimas, que ciertamente
caracterizan toda la composición, ningún gaucho sujeta
su caballo sofrenándolo, aunque lo lleve hasta la
luna. Esta es una criollada de gringo fanfarrón, que
anda jineteando la yegua de su jardinera”. op.cit.
p.128.- Es atingente hacer notar con Justo P. Sáenz
(h) que “El espiritu de imitación por todo lo que
emana de la Capital Federal, tan común en nuestro
interior…ha hecho que el paisano, sobre todo el que
desfila en nuestras fiestas tome la fea y despiadada
costumbre, imitando a los reseros del Matadero
Porteño, de cortarle la cola al maslo, cuando nuestro
gaucho usaba la cola hasta la ranillas, o cuanto menos
cortadas al garrón” (Cfr.Equitación Gaucha,Buenos
Aires, Emece, l997 p.p. 138, 130 y 68).-
8.- Sarmiento, Domingo: op.cit. pág.49.-
(*)alberto.buela@gmail.com


