José Vicente Pascual
El profesor e historiador palermitano Giuseppe Carlo Marino, en su libro Historia de la mafia, establece con sobrada rotundidad y solvencia tanto argumentativa como documental que el fenómeno mafioso no puede entenderse únicamente como actividad criminal organizada, sino que para comprenderlo y buscar alguna salida a este laberinto de crimen y sangre en el que está presa la sociedad italiana desde hace dos siglos hay que reconocer la existencia de una cultura mafiosa, a la que denomina mafiosidad, “en la cual las ideas y valores producidos por las clases dominantes para su uso y beneficio han sido transformados, por la fundamental unión de tradición y religión, en una cosmogonía popular”; es decir, una completa y cabal explicación del mundo que justifica y bendice los actos criminales de los mafiosos. De ahí que el término mafiosidad sea de exclusiva aplicación a la criminalidad social enquistada en la historia de Sicilia.
Señalar como mafias a grupos de delincuentes mejor o peor organizados como la ndrangheta calabresa, la camorra napolitana, o las más espectaculares y sanguinarias organizaciones rusas, chinas, colombianas, etc., resulta tan impropio como generalizar y, por ejemplo, renombrar con el término fascismo, genuinamente propio de la historia política de Italia, a similares aunque bien distintas apuestas como el nacionalsocialismo alemán, el imperialismo japonés, el estalinismo y demás regímenes totalitarios que han prosperado en el fragor de las convulsiones sociales del siglo XX.



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