Publicado por El Universal el 1 de Octubre de 2001
Adam Jones
Los ataques terroristas en los Estados Unidos del 11 de septiembre han generado una atención sin precedente por parte de los medios de comunicación, además de preocupación en todo el orbe. Hay tres historias que se han perdido por completo entre la furia.
El 13 de septiembre, dos días después de que aviones secuestrados se estrellaran en el World Trade Center, el Pentágono y el suelo de Pennsylvania, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado confirmó el nombramiento de John D. Negroponte como el nuevo embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas. La nominación de Negroponte había sido causa de fuertes críticas dentro del Congreso y algunos medios de comunicación. Sin embargo, después del ataque terrorista, las críticas desaparecieron. “Éste no es momento para reducir la velocidad de los acontecimientos, ni para detenerlos”, explicó Bárbara Boxer, senadora demócrata por California. Hasta uno de los más acérrimos críticos de Negroponte, el senador Paul Wellstone, reconoció que no haría ningún esfuerzo por impedir esta nominación. “Éstas son circunstancias extraordinarias.”
En un mundo civilizado, el señor Negroponte no sería candidato a ningún cargo público, estaría bajo juicio por crímenes contra la humanidad. Como embajador de Estados Unidos en Honduras de 1981 a 1985, supervisó el envío de suministros para el grupo terrorista “Contra” entrenado en Estados Unidos, con base en Honduras, que hizo la guerra contra el pueblo y el gobierno de Nicaragua. Parte de esta campaña involucraba asegurarse de que el régimen de Honduras recibiera cientos de millones de dólares en ayuda militar y económica a pesar de su funesto historial de violaciones a los derechos humanos. Así, cuando el Batallón 316, un cuerpo del ejército hondureño entrenado por la CIA, asesinó a cientos de supuestos disidentes y secuestró y torturó a cientos más, Negroponte hizo oídos sordos. En los reportes que entregó a su gobierno, el señor Negroponte aseguró de forma consistente que el régimen hondureño no tenía ninguna responsabilidad en la ola de atrocidades que se desató en ese país. Ahora Negroponte, arquitecto del terror y de la violación ilegal de la soberanía de los países, ha sido ratificado como representante de Estados Unidos en un foro, el de las Naciones Unidas, cuya Carta de Intención está basada en el respeto a la soberanía de todos los países, sin importar que sean ricos o pobres y que supuestamente salvaguarda los derechos de todos los seres humanos, poderosos o sin poder.
Aproximadamente por las mismas fechas que el señor Negroponte recibía la aprobación del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Paul Watson, de Los Angeles Times reportaba las consecuencias a largo plazo de la tragedia de Bhopal, India. El 3 de diciembre de 1984, en el peor desastre industrial que ha ocurrido, una reacción química ocasionó que un tanque de contención se sobrecalentara en la planta de Union Carbide, una empresa estadounidense. El tanque “liberó una nube venenosa” que transformó la noche “en un remolineante vapor químico de al menos 65 gases, incluyendo cianuro de hidrógeno. En horas, al menos dos mil personas habían resultado muertas”. Al día de hoy, la cifra oficial de la tragedia es de cinco mil, casi la misma cantidad de personas que murieron en los tres ataques del 11 de septiembre. Pero de acuerdo con Watson, “los activistas aseguran que la cantidad de muertes debidas a enfermedades relacionadas con la inhalación de los gases asciende a cerca de 20 mil”. Decenas de miles más han sufrido daños debilitantes.
El gobierno de Estados Unidos se ha mostrado siempre dispuesto a intervenir de forma internacional para garantizar el “derecho” de las corporaciones estadounidenses para realizar negocios a su antojo, con poca o ninguna consideración por la devastación ocasionada debido a la industrialización indiscriminada y la “globalización” económica. Pero ese gobierno nunca consideró que los resultados de la tragedia de Bhopal fueran dignos de su tiempo o esfuerzos. Union Carbide continúa haciendo negocios en todo el mundo. Nunca aceptó formalmente su responsabilidad por el desastre. Y el gobierno de Estados Unidos nunca la ha presionado para que aumente las ridículas compensaciones económicas que otorgó a los sobrevivientes, que son en promedio de 580 dólares. Watson ha reportado las quejas de los sobrevivientes en el sentido de que este dinero “ni siquiera alcanza para cubrir los gastos médicos, los costos del funeral y otros gastos”.
(Por supuesto, el gobierno hindú tiene su parte de responsabilidad por esta negligencia: “Los activistas sospechan que el gobierno de India está haciendo que las compensaciones se mantengan al mínimo para que los inversionistas extranjeros vean que la mano de obra barata viene con un bono extra: poca responsabilidad en accidentes industriales”.) Incluso hoy, mientras los trabajadores luchan para limpiar el área de desastre en Nueva York y Washington, no se ha anunciado ningún plan para eliminar los desechos tóxicos de Bhopal, donde todavía logran filtrarse al agua potable de las poblaciones vecinas.
Una noticia ha estado entre nosotros durante más de 10 años, pero sólo ha atraído a una pequeña fracción de la atención que se ha dedicado al asesinato en masa del 11 de septiembre en Estados Unidos: es la actual campaña en curso de sanciones económicas en contra del pueblo de Irak. Desde la Guerra del Golfo en 1990-91, los iraquíes han visto pasar a su país de ser uno de los más desarrollados del Medio Oriente, a ser uno de los más pobres del mundo. Muchos expertos calculan que más de un millón de civiles iraquíes han muerto por desnutrición, falta de condiciones higiénicas y purificación del agua, falta de acceso a cuidados médicos adecuados y pobreza extrema. Bajo el régimen de sanciones modificado de los últimos años, el sufrimiento ha sido constante. Bien pudiera ser que la misma cantidad de inocentes que fueron salvajemente asesinados en Nueva York, Washington y Pennsylvania esté muriendo en Irak cada tres semanas debido a los efectos de las sanciones. Creo que esta atrocidad concuerda con la definición que han dado las Naciones Unidas para genocidio: “actos cometidos con la intención de destruir, completa o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Sin embargo, con excepción de esporádicas, si bien bastante publicitadas, “revisiones de la política”, esto ha pasado virtualmente sin ningún comentario.
Durante el fin de semana que siguió a la tragedia en Nueva York, mientras digería la cobertura de paredes y postes de luz adornados con los rostros inocentes de los desaparecidos, realicé un experimento mental. Reemplacé esos evocadores rostros con los rostros imaginarios de los civiles iraquíes, de los cuales cerca de la mitad serían niños pequeños, que han muerto durante el régimen de las sanciones. Me pregunté cuál hubiera sido la respuesta, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, si estuviéramos expuestos a la saturación de los medios de comunicación con el sufrimiento de los iraquíes: las atestadas morgues y cementerios, los cuerpos demacrados, los hospitales sin equipo, los niños tomando agua de arroyos convertidos en cloacas abiertas. Estas víctimas no son menos inocentes que los que sucumbieron en el horror terrorista del 11 de septiembre. Cuando mueren, como han muerto cientos de miles durante años recientes, no están menos muertos. No merecen que se les honre con menos dolor, sólo que nuestra capacidad de simpatía esté irremediablemente distorsionada por nuestras fidelidades nacionales y “civilizacionales”. Y los que todavía quedan con vida y sufren no merecen menos solidaridad de nuestra parte.
En resumen: La nominación de John Negroponte como embajador de los Estados Unidos en las Naciones Unidas es una señal de la administración Bush de que la política estadounidense hacia Centroamérica en los ochenta fue, de hecho, digna de reconocimiento. (Otros dos importantes personajes en la campaña de suministro ilegal para los “Contras”, Elliott Abrams y Otto Reich, ostentan cargos de importancia en la administración Bush.) Recordemos que ésta fue una política que contribuyó al simple y llano genocidio en un país (Guatemala) y que asesinó a decenas de miles de otras personas en El Salvador, Nicaragua y Honduras. ¿Será aceptable ahora, no sólo validarla sino repetirla? Por su parte, las repercusiones duraderas de la tragedia de Bhopal sugieren que en la “Guerra Santa” que se avecina contra el terrorismo, ambos lados estarán completamente imbuidos de fanatismo religioso. Para Osama Bin Laden y sus aliados, la guerra será la de las fuerzas de la verdad del Islam contra el decadente e imperialista occidente. Para Occidente, y en particular para Estados Unidos, significará el ulterior atrincheramiento y expansión de otra religión fundamentalista: la del neoliberalismo y el “mercado libre”. ¡Que el cielo no permita, con el sufrimiento que los estadounidenses han tenido que soportar en los últimos días, que alguien cuestione la necesidad de extender el estilo de vida estadounidense a todos los rincones del planeta, por los medios que sean necesarios! Esto sólo puede fortalecer políticas económicas y sociales que han resultado en un descomunal, aunque largamente ignorado, sufrimiento entre los millones de víctimas de la “reestructuración”, “privatización” y “austeridad” globales.
Finalmente, la continua tragedia en Irak nos recuerda que cuando Estados Unidos y sus aliados buscan enfrentarse a “dictadores” y “fanáticos”, las principales víctimas generalmente son miles de civiles inocentes que no tienen ningún control sobre las acciones de sus gobiernos, o las fuerzas terroristas que dichos gobiernos albergan. Si, como parece ser, el país más rico del mundo está preparado en este momento para desatar su poder militar y económico contra uno o más de los países más pobres del mundo, podemos esperar que las cifras de muertos en Nueva York, Washington y Pennsylvania sean superadas muchas veces en poco tiempo.
Resaltar la complicidad de Estados Unidos en actos de genocidio, terrorismo y crímenes de guerra no es de ninguna manera justificar la terrible carnicería que sufrieron los estadounidenses, y gente de muchas otras naciones, el 11 de septiembre. En vez de eso, es simplemente enfatizar el reto a largo plazo que se presenta. Ese reto es construir y fortificar un sistema internacional en el que la justicia exista para los pobres y los oprimidos del mundo al igual que para los ricos y libres. En un sistema como ése, el terror y el genocidio no pueden tener cabida.
Hemos visto muchos ejemplos heroicos de ayuda y solidaridad de estadounidenses comunes y corrientes ante los ataques en Nueva York, Washington, y Pennsylvania. Lo que se necesita ahora por parte de la única superpotencia mundial, y de otros países de Occidente, es una visión de ayuda y solidaridad que vaya más allá del aislamiento moral alimentado por un sentimiento de victimización especial y personal. La visión debe ser tal que reconozca, condene y confronte tanto los actos de terrorismo dentro de Estados Unidos, como el enorme sufrimiento que Estados Unidos y otros países ricos han seguido infligiendo a pueblos prácticamente indefensos en todo el mundo. Como mínimo, debemos asegurarnos que el enfrentamiento con el primero de dichos males no se transforme en una forma de perpetuar el último, y mayor, de estos.
El autor es especialista canadiense en genocidio y derechos humanos y catedrático de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).




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