Por Pavel PODLESNI, director de estudios políticos exteriores en el Instituto de EE.UU. y Canadá
Conforme vaya tocando a su fin la operación antiterrorista en Chechenia (Cáucaso Norte), la campaña antirrusa emprendida en Occidente va ganando en intensidad. Y eso a pesar de que hace ya mucho que no hay víctimas entre la población civil de lo que tanto se lamentan los campeones occidentales de derechos humanos, y la vida en Chechenia va recuperando la normalidad, algo completamente desconocido en los años en que allí mangonearon los terroristas. Moscú sigue estando bajo el fuego de la crítica en la que Washington lleva la voz cantante.
Desde luego, tanto a los Estados Unidos como a otros Estados de la OTAN les importan un bledo los intereses del pueblo checheno que ellos «defienden» con tanto fervor. En realidad se trata de los intereses norteamericanos en una zona estratégicamente tan importante como el Cácaso Norte, y esos intereses son de carácter tanto geopolítico como económico. Es justamente el afán de impedir el fortalecimiento de las posiciones de Rusia en el Cáucaso Norte lo que movía a Washington en sus intentos de aprovechar los resortes políticos y económicos para lograr que Moscú cesara la operación militar y entablar negociaciones con los terroristas.
Pero Rusia ha demostrado que, incluso atravesando graves dificultades económicas y viéndose debilitada, sigue siendo una gran potencia y es capaz de defender sus intereses nacionales.
Lo que evidentemente no es del agrado de la administración estadounidense que antes de las elecciones presidenciales en los EE.UU. quisiera volver a hacer alarde de su fuerza y de su capacidad de imponer su voluntad a cualquier potencia. Pero esta vez han dado con la horma de su zapato. El derecho moral y formal le cabe a Rusia de cuyo territorio Chechenia es parte integrante, y el conflicto checheno es su asunto interno. Moscú está en el derecho de decidir de qué modo puede arreglar este conflicto. Los EE.UU. no pueden castigar a Rusia por desobediencia (como, por ejemplo, a Yugoslavia). Lo único que resta es desarrollar con creciente intensidad una guerra informativa.
La actitud de Occidente hacia los acontecimientos en Chechenia debe verse dentro del contexto del problema del transporte de petróleo del Caspio y de la lucha por las riquezas petroleras del Cáucaso. La firma de una serie de documentos durante la cumbre de la OSCE en Estambul constituye un resultado importante de esta lucha en que los EE.UU., que declararon el Mar Caspio como zona de sus intereses vitales, desempeñan un papel importante. Entre los documentos mencionados figuran un paquete de convenios sobre el oleoducto troncal que se tendería desde Bakú hasta Ceihan (Turquía), un convenio sobre la ejecución de los proyectos del gas en Azerbaián y sobre el apoyo a la exportación de gas natural azerbaiyano a través del territorio de Georgia hacia los mercados internacionales, la declaración sobre el gasoducto transcaspio que se tendería sobre el fondo del Mar Caspio para la exportación de gas turkmeno a Occidente.
La subscripción de estos convenios que tienen por objeto marginar a Rusia del sistema de transporte de petróleo del Caspio se hizo posible debido a las arbitrariedades que cometían los bandidos en Chechenia por cuyo territorio pasa el oleoducto Bakú-Novorrossisk (un puerto de Rusia en el Mar Negro). La falta de todo control del funcionamiento de las tuberías y el constante robo de petróleo bombeado por el oleoducto obligó a Moscú a suspender el funcionamiento de esta tubería. Pero a Occidente no le conviene si se estabiliza la situación en la tubería Norte cuyo funcionamiento estaría bajo el control de las autoridades federales. En tal caso el trayecto ya hecho Bakú-Novorrossisk resulta mucho más atractivo que la tubería de Ceihan que aún habría que construir. Como se trata de beneficios estimados en muchos millones de dólares resulta lógico que los EE.UU. no quieran perderlos, y a este respecto el conflicto checheno es para ellos y sus aliados una carta valiosa que quieren aprovechar a toda costa.
Hay también otro motivo por el cual Occidente sigue desarrollando la campaña antirrusa. La política que la OTAN aplica en Kosovo ha sufrido un descalabro, pues la actitud de connivencia hacia los extremistas albaneses ha dado por resultado purgas étnicas respecto a los serbios y otros habitantes no albaneses de la provincia y el hecho de que los militantes del Ejército de Liberación de Kosovo, que se había negado a desarmarse, ahora ya empiezan a atacar unidades de la KFOR. En Kosovo sigue derramándose la sangre, y el mundo ya comienza a darse cuenta del verdadero precio de la aventura bélica que la Alianza Atlántica emprendió en marzo pasado en los Balcanes. Y para distraer la atención de lo que pasa en Kosovo, Occidente vuelve a fomentar el tema checheno.
Tampoco faltan los intentos de enemistar a Rusia con el mundo islámico, para aislarla en el ámbito internacional, crendo una imagen negativa de Rusia.




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