Hoy se cumplen cien años de la muerte de Sabino Arana, famoso y venerado –por sus correligionarios- creador de la Suprema Doctrina que un día deberá liberar a Euzkadi definitivamente de sus cadenas. Ante tan importante acontecimiento no estaría de más mostrar cuál era la visión que tenía Arana del nacionalismo. Pues, aunque él es muy conocido, sorprende ver lo poco que se conocen sus ideas.
Trabajador voluntarioso, elaboró todo su sistema ideológico en torno a un sólido pilar central: el odio mortal a España. Sobre este odio construyó todo el edificio de insultos, mentiras y disparates históricos que es el nacionalismo vasco: “Aquella Vizcaya que supo guardar su independencia al precio de la sangre de sus hijos, venciendo en mil combates al musulmán, al hispano, al galo y al sajón (…) temida, aunque pequeña, por todas las naciones (…) vedla ya en el siglo XVIII, intoxicada por el virus españolista, anémica y sin fuerzas para oponerse a un contrafuero, y por último en este nuestro siglo despedazada por la furia extranjera, y expirante, que no muerta lo cual fuera preferible, sino humillada, pisoteada y escarnecida por España, por esa nación enteca y miserable”.
O más claro aún: “Nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de la esclavitud. No hay odio que sea proporcionado a la enorme injusticia que con nosotros ha consumado el hijo del romano”.
Sí son célebres las decenas de afirmaciones en las que compara a los varoniles y apuestos bizkainos con los feos, afeminados y torpes maketos invasores, -hoy inmigrantes-. Célebres y dignas de sainete, si no fuese por los centenares de muertos que han contribuido a causar.
Pero dentro de unos meses se dará otro centenario. Antonin Dvorák, compositor de origen checo, falleció en Praga el 1 de mayo de 1904. Para la gran mayoría es un perfecto desconocido. Para algunos pocos, el autor de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Y en realidad fue un romántico apasionado y uno de los más grandes creadores de la música europea.
Como Sabino, también Dvorák ha pasado a la historia como un fervoroso nacionalista. Amaba a su patria y trataba de honrarla con inolvidables melodías que le inspiraba la música popular de su país.
Infeliz Arana, digno de compasión más que de odio en una época de grave crisis para su país –que con la pérdida de Cuba y Filipinas parecía tocar fondo-. No fue capaz de asumir esa situación desdichada con la dignidad caballeresca vizcaína de la que tanta gala hacía. Quedará como protagonista de uno de los capítulos más tristes de la historia de España.
Feliz y bondadoso Dvorák, como lo demuestra su música, fuente de alegría y salud espiritual para todo el que la escuche con los oídos bien abiertos. Quedará como un artista y como un patriota ejemplar.
He ahí dos formas bien distintas de ser nacionalista, determinadas por dos formas bien distintas de entender la vida. Cien años después, gracias a la incansable labor de Arana y de sus herederos, nuestra amada Euskalerría se enfrenta a un grave problema. Un problema que tiene difícil solución. Quién sabe si todo empezaría a ser más fácil si se escuchase más a Dvorák que a Sabino.
Mientras tanto, debemos proclamar la memoria del checo con la tenacidad del vizcaíno.
Manuel Guzmán Amorrortu



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