Las pirámides, Tutankhamón, la Esfinge… no todo ocurrió como creíamos
J. Ors / Madrid
La historia de Egipto es la memoria de un lento olvido y la aventura de su posterior redescubrimiento. Grecia no mostró mucho interés por la cultura del país del Nilo y los romanos, que coincidieron con los últimos sacerdotes capaces de descifrar esa enigmática escritura, no atendieron a sus obligaciones y descuidaron incluir en su legado las claves para poder leer los jeroglíficos que recubrían los muros de los templos, y que sobrevivían, como criaturas ignoradas, en cientos de papiros. Cuando el desierto enterró las ciudades y las pirámides sobresalían en la arena como el pálido reflejo de una remota civilización, resurgió el interés. Pero la imaginación creó enseguida cientos de leyendas que ocultaron la realidad. «Nacen toda clase de teorías. En el siglo XVIII creían que los jeroglíficos era la lengua original de Adán y Eva», comenta José Ángel Martos, coordinador de «Faraón» (Aguilar) -en el que participan Fernando Garcés, José Luis Pellicer y Alberto Porlan-, un libro que estudia a los faraones y las dinastías más importantes, pero, también, sus enigmas, docenas de creencias espurias o la relación con la Biblia. «El éxodo bíblico no encuentra eco alguno en las orgullosas inscripciones de Ramsés», se lee en uno de los capítulos. «Si existió debió ser un incidente sin futuro (…). Muchos argumentos desmienten los diferentes episodios del éxodo». Y se plantea una pregunta: «Si Ramsés II fue el antagonista de Moisés, y como tal sucumbió bajo las aguas del Mar Rojo, ¿por qué ni la momia de Ramsés II ni la de ningún otro faraón presenta señales de ahogamiento?».
Un error de traducción
Más inquietante es lo relativo al Mar Rojo: «El nombre original consignado en la Biblia hebrea es el “mar de los juncos”, un lugar que todavía no se ha podido identificar». El cambio de mar se debe a un error de traducción que se remonta a los tiempos de Lutero, en el siglo XVI». Y se explica: «Cuando John Wyclif realizó la primera traducción del Antiguo Testamento al inglés, anotó “Mar de los juncos” como “Rede sea”. Lutero, en su traducción del inglés al alemán, confundió esta expresión con Red Sea (mar rojo)». La localización del lugar continúa siendo un enigma y los arqueólogos jamás han encontrado pruebas de un ejército hundido. Pero hay más: «El primer problema de esta hipótesis es demostrar la existencia de una gran cantidad de judíos en Egipto y el segundo, que su estancia fuera un cruel cautiverio. Ambas premisas se enfrentan a graves acusaciones de falsedad». El libro plantea interesantes cuestiones de historicidad, como asegura Martos: «El aval histórico para Moisés subyace en la Biblica. Pero no hay testimonios arqueológicos que demuestren su existencia».
Los autores abordan, además, el tema de las teorías esotéricas identificadas con Egipto. La causa, para los autores, de la difusión de estas creencias se basa en un desconocimiento de la religión egipcia. «En los templos había ceremonias ocultadas, no ocultas. La religión era un bien privado, limitado a unas castas», explica Martos, quien, continúa: «Tenían conocimientos de astronomía y matemáticas que algunos han encontrado fascinantes, pero no nos damos cuenta que estos fuertes conocimientos también los tenían otros pueblos». Y apostilla: «Lo que ocurre es que las lagunas lo han cubierto cierto esoterismo “New Age”».
Un monumento enterrado
Un apartado interesante es el relativo a quién rompió la nariz de la Esfinge: «Louis Farrakhan, líder del grupo musulmán negro Nación Islámica, señaló con el dedo a Napoleón, un cristiano blanco. No obstante, en los grabados del siglo XVIII, la Esfinge ya aparece sin nariz». Por eso, los autores aclaran que «gran parte de su historia, la Esfinge había estado enterrada». Y explican la causa: «Hasta el 1816 y 1818, el desierto volvió a ocultar el cuerpo (…). Sólo la cabeza sobresalía de las dunas. Ninguna otra parte podía ser dañada, así es como perdió la nariz». ¿Quién fue el culpable? Para ellos es evidente: «Se desprendió por acción del hombre y la erosión natural».
Los autores recrean la vida de Tutankhamón -que no fue asesinado ni tuvo mala salud. Un análisis ha revelado que una lesión mal curada de un accidente fortuito provocó su muerte-, de Nefertiti («algunos egiptólogos creen que Smenakare, el sucesor de Akhenatón, no era otro que Nefertiti»), de la última tumba descubierta en el Valle de los Reyes -la última fue el año pasado y fue la primera desde 1922- y aportan los nuevos datos que se conocen sobre el mítico rey Escorpión. Pero Martos también habla de lo que depara el futuro: «La tumba de Cleopatra, que está en la parte hundida de Alejandría. Y ella está enterrada junto a Marco Antonio». Para la de Alejandro Magno, aún habrá que esperar.


