La Industria del Cine: Comercio e Ideología
Por Saul Landau
“Por medio de las películas, señaló un francés, “Estados Unidos ha
efectuado la `colonización cultural’ del mundo”.
– Leo Rosten
La industria del cine de Estados Unidos, al igual que otros negocios
del entretenimiento, trabaja con el gobierno para obtener ganancias
y colonizar culturalmente al resto del mundo. “A medias de los años
60″, según Tyler Cohen en Forbes.com del 28 de abril de 2003, “los
filmes norteamericanos obtuvieron el 35% de los ingresos de taquilla
en la Europa continental; hoy día la cifra está entre el 80% y el
90%”. ¿Por qué?
Cohen llega a la conclusión de que “los filmes de Hollywood son
técnicamente avanzados (es decir, efectos especiales) y tienen mucha
publicidad en los medios masivos. El típico filme europeo tiene
como 1% del público que tiene un típico filme de Hollywood y esta
diferencia ha seguido creciendo. Las películas norteamericanas se
han hecho cada vez más populares en los mercados internacionales,
mientras que las europeas han disminuido en popularidad.
Los filmes europeos, de ritmo más lento, son para los públicos
norteamericanos tomos insoportablemente pesados llenos de ideas,
comentarios filosóficos y relaciones llenas de matices. Y, como
señala Cohen, “el entrenamiento del talento cinematográfico en
EE.UU. y Europa refleja estas diferencias. Las escuelas
norteamericanas de cine son en muchos aspectos como escuelas de
comercio”.
Compárense las mejores escuelas de cine de EE.UU. (UCLA, NYC o USC,
por ejemplo) con el programa de cine de la Universidad de Cracovia
en los años 50, que graduaron directores como Roman Polanski y
Andrej Wajda. En vez de formar a los alumnos para obtener un
trabajo en la industria, el programa de estudios polaco enfatizaba
las artes liberales y las humanidades. El entrenamiento de
iluminación, operación de cámara, acústica, etc. tenía lugar en el
último año de una carrera de cinco. Las escuelas de cine de
EE.UU. “entrenan” desde el principio, en vez de educar. Ellos
prometen que en cuanto se gradúen sus estudiantes podrán ser
editores asociados o productores asociados, un cargo que Fred Allen
define como “la única persona que se asociaría con un productor”.
Para principios del siglo 20, la gramática de los negocios capturó
el cine estadounidense. Los empresarios inventaron fórmulas para
transformar una nueva “forma de arte” en artículos que atraerían a
audiencias con educación insuficiente que probablemente regresarían
la próxima semana en busca de otra ración de pienso mental
cautivante de celuloide. A lo largo de las décadas, la perfección
tecnológica llegó a sustituir la dinámica innovadora de la creación
artística. Es más, la industria construyó su reputación sobre la
capacidad de los artesanos de Hollywood de simular la realidad.
Retó a igualarla a todos los rivales extranjeros y a los
independientes. Hollywood elevó la perfección de la tecnología de
la animación y los efectos especiales a ejemplos de criterios por
los cuales se deben guiar los críticos de los medios masivos.
Cualquier cosa que esté por debajo de su norma de excelencia técnica
sería el equivalente de ofrecer un auto nuevo con la pintura
rayada. Sígale la pista a la industria desde la épica silente y
racista de Nacimiento de una Nación hasta los musicales del siglo 21
Moulin Rouge o Chicago. La tecnología como arte gana audiencia.
Juicios estéticos aparte, cada película de Hollywood requería, en
primer lugar y por encima de todo, un plan comercial. Para pasar
una idea de filme, los ejecutivos de los estudios conformaban un
plan que rindiera ganancias: “dennos guiones”, ordenaban a los
escritores, “que atraigan al público a los teatros y los hagan
regresar de nuevo”. Esta fórmula de éxito provocaba ganancias de
caramelos, palomitas de maíz y refrescos así como de Hollywood mismo
como una cultura especial, a partir de la cual se desarrollaban
incontables industrias diferentes. Naturalmente, durante las seis
primeras décadas de la industria los estudios productores también
eran dueños de los teatros de cine.
Los estudios de Hollywood ayudaron a crear el público ofreciéndole
lo que Irwin Shaw llamó “el suelo norteamericano convertido en algo
visible”, que incluía cultivar el sistema de estrellas. Tras los
rostros sin poder pero ricos y los vigorosos héroes de la Pantalla
Silente, se encontraban los millonarios magnates de los estudios que
manipulaban “el talento”.
Usando recetas simplistas producidas por los escritores, definidos
por el jefe de estudios Jack Warner como “idiotas con Underwoods”, y
la tecnología de la pantalla gigante, las películas condicionaban al
público hambriento de excitación para que esperaran mágicas tardes y
noches de sábado.
Al llegar el siglo 21, la tecnología había rescatado a los cineastas
que anteriormente sufrían por encontrar las locaciones e idear como
hacerlas creíbles por medio del proceso de cámara y de edición.
Ahora la tecnología de software y digital “produce” el drama de un
pronunciado precipicio o una selva exuberante. La tecnología ha
ampliado la posibilidad de la industria para diseñar comercialmente
y fabricar la magia cinematográfica. No ha mejorado la calidad de
la idea. Es más, pocos esperan tales ofertas “intelectuales”.
Comprar una entrada significa que uno deja la credibilidad en la
taquilla junto con el precio del boleto. Las luces se apagan y
aparece la gente imposiblemente hermosa. No muere en persecuciones
a alta velocidad o desde alturas insufribles.
Adicionalmente, la publicidad y la naturaleza 24/7 de la TV
contemporánea y la red han extendido las trivialidades de Hollywood
a proporciones cognoscitivas. En la TV y en los tabloides de los
supermercados, la vida personal de los actores adquiere una energía
indirecta. Sustituye la excitación de la propia vida. Innumerables
programas, artículos y cortos en la red tratan exclusivamente de las
frivolidades de las estrellas.
La gente a quienes miramos con simpatía en los filmes, que disparan
con sorprendente puntería, que hacen perfectamente el amor todas las
veces (con fondo de música romántica, por supuesto) y casi nunca
tienen que ver con niños, pobreza o la banalidad de la rutina
diaria, alardean de su guardarropa, escotes, casas, muebles y
piscinas – y su trastorno de déficit de atención para todas las
cosas menos para la atención.
“Escapamos” en las películas para mirar a modelos escuálidas con
piel suave como la de un bebé que hacen o usan cosas que nosotros no
hacemos o podemos. Luego nos enteramos de la “escandalosa verdad”.
Kim Bassinger, que me hizo babear haciendo de la hermosa prostituta
de LA Confidential realmente es tímida. Su estable relación con
Alec Baldwin se disolvió porque ella aborrecía la vida en Long
Island, donde él se encuentra a gusto. El chisme se desenreda,
intercut con trozos de filmes de Kim, que ahora tiene 40 y tantos y
parece tener 30. El narrador hace una pausa cuando aparece un
primer plano de Hollywood, otro episodio en la vida de ficción de
gente truncada lejos de la monotonía de nuestros empleos, escuela
aburrida o el tedioso trabajo de cuidar la casa y los niños.
Detrás del oropel, la industrial del cine produce por dos razones:
ganancias y reproducción. La industria del cine se asemeja a la
industria automovilística: productos grandes y vistosos en el
exterior. Pero no miren debajo del capó o en el piso del cuarto de
edición.
Ambas industrias dependen de la belleza y de paisajes espectaculares
para vender sus productos. Ustedes han visto comerciales que
ofrecen poder, atracción sexual, prestigio y status por poseer un
nuevo SUV. Además, usted en compañía de su auto comparten un
prístino paisaje: un Dodge Destroyer en un panorama de Alaska
El mundo comercial atrae al público al lugar virtual, el teatro
donde la luz disponible se proyecta en la pantalla, donde un rostro
(después de horas ante el maquillista y años con un “experto en
belleza”) apela a usted para que lo ame, simpatice con él, tema por
él. “Un Detroit emocional”, llamó a Hollywood la actriz Lillian
Gish.
La presencia perfecta a veces esconde un vacío artístico El
incongruente Sam Goldwyin de Hollywood opinaba que “a usted le ira
muy bien en este negocio siempre y cuando no muerda la mano que pone
los huevos de oro”. Oscar Levant subrayó lo que quería decir
Goldwyn. “La gente no entiende a Hollywood”, dijo. “No ve más allá
de la capa superficial de oropel. El oropel verdadero está debajo”.
El éxito comercial de Hollywood comienza con la aceptación de que la
juventud y la desnutrición constituyen una estética universal. Mi
adolescente toma seriamente estos criterios y por lo tanto se niega
a acompañarnos al cine. No quiere que la vean con nosotros, y a
nosotros sus gustos en los puntos de venta no nos parecen muy
apetitosos. En julio 2003 tenemos segundas partes de Angeles de
Charley, La matriz, Legalmente rubia y Terminator. En estas
películas los actores muestran toda “la gama de emociones, de la A a
la B”, como dijo la difunta Dorothy Parker.
“¿Por qué”, pregunté a mi hija, “te excitan los chismes acerca de
las estrellas de cine o los cantantes pop?”
“Pon los pies en la tierra”, responde ella.
Deduzco que como ya no soy lo suficientemente joven como para
saberlo todo, debo recordar de cómo las adolescentes se volvían
locas por el flaco Frank Sinatra en los años 40, antes de que el
flaco “crooner” se convirtiera en un ídolo nacional, otro producto
del sistema de estrellas.
El “alboroto romántico”, como llama Leo Rosten a las “acrobacias
amorosas de Hollywood”, se convirtió en un gran negocio por una
parte y en diversionista por la otra. Puede comercializar cualquier
cosa. Por ejemplo, tomemos la rara personalidad fílmica que lucha
por la justicia. Hollywood presenta a la millonaria Julia Roberts
(en Erin Brockovich vs la contaminante compañía de gas y
electricidad) como la mujer con quien se pueden identificar los
oprimidos. Ocasionalmente un productor desliza un filme socialmente
relevante que deja de lado la fórmula de tiroteos y golpes. Estos
filmes en realidad pueden inspirar a emular a personajes ficticios.
Compárense en cifras con las películas que enseñan al público a
identificarse con sus opresores buenos policías, sabios banqueros y
confiables gobernadores.
Tales filmes excepcionales demuestran la regla. Hollywood es un
negocio mundial cuyo producto incluye “valores norteamericanos”,
desde la noción seudo machista de John Wayne de obedecer órdenes
patrióticas, hasta la noción de que no hay bastante ropa, como Reese
Witherspoon pasa por un vestuario interminable en su papel de
Legalmente rubia.
Bajo malos argumentos embellecidos por una hábil fotografía, efectos
especiales, diseño de escenografía, vestuario, maquillaje,
composición de música ambiental y la variedad de trucos fotográficos
que se emplean, uno encuentra un mundo diseñado para desviar la
atención – entretener por medio del mínimo común denominador.
El gerente de ventas de Hollywood instruye a su equipo para
que “tomen esta basura y véndansela al mundo como el mejor arte y
entretenimiento que jamás se ha hecho”. Dios bendiga a Estados
Unidos, especialmente el que Hollywood ha inventado.
Saul Landau es profesor en la Universidad Cal Poly Pomona y es
miembro del Instituto para Estudios de la Política. Su nuevo libro,
Imperio preventivo: una guía al reino de Bush, será publicado en
septiembre por Pluto Press.



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