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Hybris griega y desmesura argentina

22/1/2005 11:33 am · Post your comment (No Comments)

Los antiguos griegos tenían un término específico para designar la desmesura: hybris. Esta desmesura se mostraba a través de la irracionalidad, lo que indicaba para ellos la incomprensión.

Pero, no es que los griegos hicieran la apología de la diosa Razón al modo del racionalismo iluminista de los siglos XVII y XVIII, que pretendió explicar todo por esta sola facultad. No. La razón era para ellos lo específico del hombre, y así lo afirmaban: zoon logon econ. La idea que más se aproxima a expresar el uso de la razón que pretendieron los griegos es la de razonabilidad. Existe incluso en la literatura filosófica contemporánea un autor como el español Gonzalo Fernández de la Mora que recuperó esta idea a través del término razonalismo.


En la noción actual de hybris resuenan aún algunos ecos de la vieja idea greca. Así, por ejemplo, en el campo son caracterizados como híbridos, la mula o las semillas porque no florecen o no pueden dar cría. En una palabra, son estériles. Es que en la desmesura no crece nada, no fructifica otra cosa que esterilidad y la disolución.

Todo esto para decir alguna palabra sobre el zafarrancho de la discoteca República de Cromagnon que provocó casi 200 muertos jóvenes en la ciudad de Buenos Aires el último día del 2004.

Mucho y muy bueno se lleva escrito sobre el tema. Autores importantes como el escritor Abel Posse o Natalio Botana han hablado y escrito con justeza. Pero ¿qué puede uno agregar desde la filosofía?.

Esto. La República Argentina como la República de Cromagnon ha sido asaltada por la desmesura, por la hybris desde hace casi 30 años. Primero la asaltó el despropósito de la Dictadura Militar y sus miles de muertos y a partir del 83 la desmesura de la democracia liberal y esterilizadora. Y así pasamos de un remedo de socialdemocracia con Alfonsín a un neoliberalismo conservador con Menem y de allí al salto a la nada con de la Rúa y hoy estamos en las mansas aguas del progresismo de Kirschner , del que por momentos parece liberal y en otros socialista.

Pero ¿cuándo aparece la desmesura?. En general como consecuencia de la anomia, cuando la arbitrariedad y el capricho determinan los actos. Cuando el poder no tiene el límite que le impone la autoridad. Desmesura en castellano significa falta de mesura, de medida. Y entonces viene la segunda pregunta: ¿qué o quién establece la medida?. La naturaleza de la cosa dirían los griegos, el ser del ente diría Heidegger. Pero ¿cómo se determina la naturaleza de la cosa?: por su forma, por lo que aparece a los sentidos. Y como la forma tiene razón de causa final, es el fin de la cosa la que determina su medida.

Así pues, conociendo el fin específico de cada cosa evitamos caer en la desmesura, pues el fin fija la medida o sentido del ente.

De modo tal que así como el fin en el orden ontológico lo determina el sentido o medida de la cosa (la música es para escuchar o para bailar, no para atontarse ni imbecilizarse como pasó en Cromagnon y en tanto cientos de lugares de imbecilización programada de nuestros adolescentes).

De igual manera, es la autoridad política quien es responsable de fijar los fines, no ya de las cosas, sino del sentido a donde van dirigidas éstas en sociedad. Autorizando o no en vista a la conveniencia de los ciudadanos.

Pero, claro está, esto último no lo puede hacer el política postmoderno que se maneja con la idea de pax apparens de que nos habla Massimo Cacciari.

Esta paz aparente o mejor aún, esta apariencia de paz en que pretenden hacernos vivir sólo organiza los conflictos y las decisiones políticas solo son inmanentes a los hechos y sobre los hechos. Es decir, se agotan en los medios. No son decisiones con fundamento, y es por ello que todos los proyectos a priori (proyecto nacional o modelo de país) carecen de valor para nuestros políticos postmodernos porque supondrían un orden por encima de los hechos. Esta es la razón última del porqué andan siempre corriendo detrás de los hechos y ocupándose de los medios(que por naturaleza son infinitos) sin poder jamás producirlos ni buscar los fines(que son los que le dan sentido a las acciones). En el mejor de los casos y urgidos por algún aguijón moral, nuestros políticos hoy sólo se sienten obligados a la recepción de las demandas, pero no a solucionarlas. (el gobernador de Buenos Aires, Ibarra, ni siquiera barruntó una posible renuncia con 200 muertos sobre su conciencia).

Ibarra y tantísimos otros gobernantes nuestros de provincias o municipios tienen una ceguera axiológica que no les permite ver ni comprender que la impericia de sus decisiones o no decisiones, trae como consecuencia social: la desmesura.

Vuelve así a plantearse una vez más la vieja relación entre potestas y auctoritas. Entre poder y autoridad. Entre el poder, como la capacidad de exigir obediencia a los otros y la autoridad como el crédito del que goza una persona por su saber o virtud.

Así en nuestra democacaracia como gustaba decir el cura Castellani, la división de poderes es una burla, es una chanza que nos juegan los constitucionalistas, porque se sabe desde la democracia ateniense de Pericles para acá, que el único límite al poder es la autoridad. Y esto es lo que no ha habido en Argentina después de Perón (1974), pues nuestros gobernantes han tenido el poder pero carecieron de autoridad.

Esa carencia de autoridad ha hecho que ni siquiera se consulte o se busque en aquellos pocos que la poseen. Se entronizó así la necedad en el poder, esto es, en aquellos que creen que saben y, en realidad, no saben.

Y como para colmo de males ese poder casi siempre ha sido vicario, la autoridad la han ejercido, con comodidad, los poderes indirectos que no están en el país.

Alberto Buela
alberto.buela@gmail.com

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