Ramón Pi.- Con cierta frecuencia, los patrocinadores o simplemente favorables a la equiparación del matrimonio a las uniones homosexuales se preguntan por qué protestan tanto los que sostienen la tesis contraria, si a ellos ni les va ni les viene, porque lo único que ocurrirá será que otras parejas podrán incorporarse a la institución matrimonial, y serán esas parejas las que notarán el cambio, pero no los matrimonios que llaman “tradicionales”, que seguirán igual.
También fingen sorprenderse de la oposición de católicos, protestantes, ortodoxos y judíos, pues -argumentan- la reforma sólo afectará al matrimonio civil, y los ritos religiosos de cada cual pueden seguir como siempre.
Para mentes digamos más bien poco reflexivas, todo eso suena bastante bien. Porque el matrimonio civil sí que resulta afectado gravemente. Hasta ahora, el matrimonio ha sido un instituto jurídico bien conocido y establemente regulado. La unión de un hombre y una mujer con vocación de estabilidad y exclusividad, llamada a generar y educar a la descendencia.
Esta institución ha causado estado, y en la costumbre occidental se ha venido manifestando con signos exteriores, como anillos u otras muestras externas reveladoras del estado matrimonial.
Pero el divorcio primero y la ley zetapera después han constituido sendos ataques frontales a esa identidad: el divorcio, porque abarata y desnaturaliza la vocación de permanencia de la unión; la ley zetapera, porque dinamita la exigencia de la heterosexualidad, elemento esencial para la posibilidad de la descendencia.
El matrimonio ya no se sabe lo que es. Ha perdido su identidad. Los casados ya no saben en qué clase de institución han recalado. Todo el fundamento que se invoca para ella es que los que se unen se quieren mucho, pero con independencia de toda referencia al sexo o la capacidad de generación. Novedad absoluta, porque nunca el Derecho había entrado en el sentimiento.
Pero ahora, si todo queda en el sentimiento, las exigencias para el matrimonio válido se convierten en una pura arbitrariedad: ¿por qué razón podrá negarse a más de dos personas si todas ellas alegan quererse mucho entre sí? ¿Qué sentido tiene la prohibición del incesto?
En la Bulgaria sometida por la URSS, los ciudadanos de origen turco eran obligados a llamarse con apellidos eslavos. Un Karmaz se transformaba forzosamente en Antonov, pongamos por caso.
Este robo de la identidad fue repetidamente denunciado en los organismos internacionales, y hasta 1991 no fue abolida esta ley repugnantemente totalitaria. Pues bien, mutatis mutandis, a los casados nos van a robar nuestra identidad matrimonial.
Ramón Pi.
