El pequeño Alí y la invasión de Iraq
“Maricón el que lea esto”
Luis Sepúlveda
Interviú
Mientras usted lee estas líneas, una bala, una esquirla o una onda expansiva se lleva la vida de alguien en Irak. “Muere más gente en accidentes de tráfico”, aseguró un filósofo percebe. Acto seguido, un patán alcohólico no del todo redimido se disfrazó de piloto para declarar el “fin de las hostilidades”, mientras un centenar de muchachos regresaba en bolsas de plástico al país de las oportunidades, cuya bandera, a decir de otra lumbrera europea, representa el futuro pues las demás están cargadas de “historia y resentimiento”.
La televisión no logró evitar que viéramos el asesinato de periodistas ni que nos estremeciéramos con la imagen del pequeño Alí y sus brazos cercenados. Valga decir que Alí salvó la vida porque los cuerpos de sus hermanos, padres, otros parientes y algún señor que pasaba por ahí recibieron toda la fuerza del impacto de un proyectil que nos salvó a todos del terrorismo islámico. Mientras usted lee estas líneas, Alí lleva con éxito los brazos ortopédicos que la generosidad de Occidente le donó, porque Occidente es así, humano, razonable y generoso con las prótesis, y si el pequeño Alí insiste en levantar una de las pinzas a manera de índice para pedir la palabra y señalar que desea volver junto a los restos de su familia que no eliminó la bomba inteligente, entonces Occidente se dejará oír con la voz del filósofo percebe, y dirá que, como todos los moros, el chavalillo es un desagradecido y que hagan entrar a los antidisturbios, elementos, como todo el mundo acepta y traga, consustanciales a la democracia de gaita, chapapote, Santiago y cierra España.
Mientras usted lee estas líneas, en más de 150 hogares de negros e hispanoamericanos que viven en Estados Unidos se llora, se maldice a los tres cerditos de las Azores, y se lee Estúpidos hombres blancos, de Michael Moore, con un fervor idéntico al empleado por Rumsfeld, Rice, Wolfowitz, Cheney, Bush y toda la mafia del petróleo en la lectura de su versión Disney de los Evangelios. Y a ellos se agregan 19 familias italianas con sus muchachos estupendamente bien destripados en las no menos estupendas bolsas de plástico made in USA. Mientras usted lee estas líneas, todos sabemos que la invasión de Irak se justificó con las mayores mentiras, que todo fue un cúmulo de falsedades, que Irak iba a ser atacado contra viento y marea, y si la mayoría de los ciudadanos del mundo se oponía, pues entonces que hagan entrar a los antidisturbios.
Mientras usted lee estas líneas, los estómagos de muchos periodistas los obligan a reemplazar la palabra terrorismo por resistencia, y los norteamericanos anuncian que devolverán la soberanía al país invadido en junio, pero que de marcharse nada, y mucho menos con las manos vacías. Ya lo señaló Von Clausewitz: “Las guerras se hacen para ganar no siempre la guerra”. Un tópico indica que en toda guerra la primera víctima es la verdad, pero si el texano iluminado decretó el fin de las hostilidades, ¿qué diablos se espera para restablecer la verdad? ¿O es que el imperio de la no verdad terminó por convencernos a todos? Los tres cerditos de las Azores deformaron la verdad de las resoluciones de la ONU; Lichtenberg, en un soberbio aforismo, dice que no hay peor mentira que la verdad ligeramente deformada. Otro tópico señala la necesidad del derecho a estar informados como uno de los Derechos del Hombre, y algunos, entre los que usted y yo nos contamos, pese al riesgo de que hagan entrar a los antidisturbios, pretenden que ese derecho sea parte de la Constitución europea, pero por imposición de Berlusconi el artículo uno dirá: “Maricón el que lea esto”.
Mientras usted lee estas líneas, el pequeño Alí levanta sus bracitos de titanio y le hace un corte de mangas ortopédico a Occidente.
Cuando abramos los ojos
Robert Fisk
The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
En Irak son solamente cifras, manchas de sangre sobre un camino. Pero en la pequeña ciudad de Madison en Wisconsin la semana pasada, eran absolutamente reales en la primera plana del diario local, el Capital Times. El sargento Warren Hansen, el especialista Eugene Uhl y el teniente segundo Jeremy Wolfe de la 101ª División Aerotransportada estaban regresando a su hogar por última vez. El padre de Hansen había muerto en el ejército. Uhl hubiera cumplido 22 años el Día de Acción de Gracias, pero había escrito a su casa diciendo que tenía ?un mal presentimiento?.
Su padre había peleado en Vietnam; su abuelo, en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Dos de los tres hombres murieron en el choque de un helicóptero Black Hawk sobre Tikrit hace una semana.
Pero por supuesto el presidente Bush, nuestro héroe de la ?guerra contra el terrorismo?, no asistirá a los funerales. El hombre que rehusó servir a su nación en Vietnam, pero envió 146.000 jóvenes estadounidenses al nido de ratas más grande de Medio Oriente, no va a funerales. Tampoco lo hacen los periodistas, por supuesto. Las redes de televisión estadounidenses débilmente aceptaron las nuevas leyes del Pentágono por las que no pueden mostrar los ataúdes de los jóvenes estadounidenses regresando de Irak. Los muertos pueden volver a casa, pero sólo lo pueden hacer en virtual secreto. Las cosas están cambiando. En una conferencia que di en Madison la semana pasada, hubo un estallido de aplausos de un público de más de 1000 personas cuando sugerí que la guerra contra Irak puede determinar el fracaso de las posibilidades de George Bush en las elecciones del año que viene. Un joven del público se paró para decir que su hermano estaba en el ejército en Irak, que había escrito que la guerra era un caos, que los estadounidenses no deberían estar muriendo en Irak. Después de la conferencia, me mostró la foto de su hermano, un alto oficial de la 92ª aerotransportada 82 con anteojos oscuros y sosteniendo un M-16, y dijo que el soldado quería reunirse conmigo en Bagdad el mes que viene. Pero debo asegurarme de no revelar su nombre porque aquellos en Estados Unidos que quieren mantener a la gente en la oscuridad todavía están en funciones.
Tomemos el caso de Drew Plummer, de Carolina del Norte, que se enroló durante su último año en la secundaria, sólo tres meses antes del 11 de septiembre de 2001. De licencia en el país, se unió a su padre Lou, en una vigilia bajo la consigna de ?traigan a nuestras tropas a casa?. Lou Plummer es un ex miembro de la 2ª División Blindada de Estados Unidos cuyo padre, a diferencia de Bush, sirvió a su país en Vietnam. Cuando un reportero de Associated Press le preguntó su opinión sobre Irak, Drew Plummer contestó que ?no estoy de acuerdo con lo que estamos haciendo ahí ahora. No creo que nuestros hombres deban estar muriendo en Irak. Pero no soy un pacifista. Cumpliré con mi responsabilidad?.
Pero la libre expresión tiene un precio para los militares en Estados Unidos hoy en día. La marina de Estados Unidos acusó a Drew Plummer de violar el artículo 134 del Código de Justicia Militar: Declaraciones desleales. En su audiencia oficial, se le preguntó si ?simpatizaba con el enemigo? o estaba considerando ?actos de sabotaje?. Fue convicto y degradado.
Pero la prensa estadounidense cierra los ojos a esto. Qué revelador, por ejemplo, descubrir que el número de soldados seriamente heridos que vuelven de Irak está llegando a 2200, muchos de los cuales han perdido las piernas o sufrido heridas en la cara. En total, hubo 7000 soldados evacuados de Irak por razones médicas, muchos con problemas psicológicos. Todo esto fue revelado por el Pentágono a un grupo de diplomáticos franceses en Washington. La prensa francesa publicó la noticia. No así los periódicos de la pequeña aldea de Estados Unidos, donde cualquiera que trate de decir la verdad sobre Irak será atacado.
Y mientras el Pentágono está planeando mantener a 100.000 soldados en Irak hasta 2006, los peso pesados del periodismo están avivando las brasas del patriotismo con una nueva y aun más escalofriante línea de propaganda. Una de las más arteras acaba de ser publicada en el New York Times.
Alegando que los torturadores de Saddam están atacando a las tropas estadounidenses ?algunos de sus hombres de inteligencia están trabajando ahora para el ejército ocupante, pero eso es otra cuestión?. David Brooks escribe que la ?historia muestra que los estadounidenses están dispuestos a hacer sacrificios. Las dudas verdaderas comienzan cuando nos vemos a nosotros infligiéndolos. ¿Que sucederá con el estado de ánimo nacional cuando los programas de noticias comiencen a emitir imágenes de medidas brutales que nuestras propias tropas tendrán que adoptar? Inevitablemente habrá atrocidades que provocarán que mucha gente de buena fe abandone la causa y de alguna manera la administración Bush tendrá que recordarnos una y otra vez que Irak es la batalla de Midway en la guerra contra el terror?.
¿Qué conclusión hay que sacar de esta vil tontería? ¿Por qué está el New York Times dando espacio para la defensa de crímenes de guerra por soldados estadounidenses? Dudo de que los canales de Estados Unidos emitan imágenes de ?medidas brutales?, ya tuvieron la oportunidad y declinaron hacerlo. Pero ¿atrocidades? ¿Debemos ahora apoyar las atrocidades contra la ?escoria de la Tierra?, la palabra de Brooks para los insurgentes, en nuestra campaña contra el Mal? En medio de tanta suciedad, quizás debamos recordar el simple coraje de Drew Plummer. Y recordar también los siguientes nombres: soldado del ejército de Primera Clase Rachel Bosveld, de 19 años, especialista del ejército Paul Sturino, de 21 años, reservista del ejército Dan Gabrielson, de 40 años, Mayor Mathew Shram de 36 años, sargento de la Marina Kirk Strasekie de 23 años. Ellos también eran de Wisconsin. Y ellos también murieron en Irak.
Irak, le “merdier”
Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique
“Una rebelión puede llevarse a cabo por un 2% de activistas y 98% de simpatizantes pasivos.”
T.E.Lawrence.
En Le Merdier* (1), una de las mejores obras escritas sobre la guerra del Vietnam, Gustav Hasford cuenta cómo, unos jóvenes marines se convierten en terroríficos guerreros en un conflicto caótico para el cual su formación revela ser inadaptada. No les sirve para afrontar a un enemigo invisible, sin frente, que se mueve como un gas mortífero.
Irak no es Vietnam. Pero ya, durante el “Ramadán negro”, los papeles se han invertido: los atacantes están a la defensiva. El cuerpo expeditivo americano tiene ahora un objetivo prioritario: protegerse a sí-mismo de los golpes recibidos por una cada vez más audaz resistencia. Las cifras son explicitas: 10 ataques contra los ocupadores en julio, 35 hoy, y al menos 10 por semana. Sin contar los atentados contra los suplentes británicos, italianos, polacos, españoles. Esto se convierte en una pesadilla.
Con una potencia apocalíptica, los estrategas americanos, se obstinaron en conquistar a Irak, aplicando el axioma del mariscal Foch según el cual la guerra moderna consiste en buscar de la armada enemiga, el corazón, el centro de su potencia y, destrozarlo en la batalla. Destrucción fácil ya que la armada iraquí se volatilizó delante de Bagdad y, sin puentes arrasados, ni aeropuertos aniquilados, apenas frenó la cabalgada de los conquistadores.
¿No sería una estratagema para dejar penetrar a los invasores y tenderles después la trampa de un conflicto asimétrico de larga duración? Las fuerzas americanas ya se han fijado en Mesopotámica para rato, salir apresuradamente de ahí, encadenaría una guerra civil y “libanización” del Irak que transformaría este país, por decenas de años, en “la hoguera perturbadora” del mundo.
Los teóricos de la resistencia lo definen así: “El enemigo avanza, nosotros, retrocedemos; el enemigo se inmoviliza, nosotros lo hostigamos.” Sun Tse, uno de los más antiguos pensadores de la guerra, aconseja también explotar las debilidades del poderoso: “Evite su fuerza- escribe- apunte su inconsistencia.” Así, los sublevados iraquíes, cuidando de no ofrecer nunca un blanco a los ocupantes, les imponen la más larga línea de defensa pasiva posible, que es la más costosa de las guerras.
Se ha desencadenado inexorablemente la espiral de la violencia. Y la represión, que redoblará en cuanto actúen las milicias paramilitares creadas por las autoridades ocupantes, encenderá de nuevo a las resistencias. El invasor, alimentado por el odio, es atrapado por una dinámica de venganza y, desorientado, apenas distingue a sus adversarios de sus “amigos”. Multiplicando las “meteduras de pata” contra los considerados “colaboradores”, que son a su vez el blanco prioritario de la resistencia.
Ya los 130.000 soldados americanos de los cuales solamente 56.000 son verdaderos combatientes demuestran ser insuficientes para “afianzar” el país. Irak se ha convertido en el nuevo Eldorado de las empresas privadas de seguridad. Las embajadas extranjeras, las empresas occidentales beneficiadas por los contratos de reconstrucción (esencialmente americanas y ligadas a la administración Bush), los ministerios y demás organismos públicos son protegidos por millares de mercenarios reclutados por las oficinas privadas como lo son Erinys, que ha contratado a 6.500 hombres para proteger las instalaciones petrolíferas, Global Risk, que se encarga de la protección de los miembros del Consejo interino del gobierno, Vinnell, que entrena a la nueva armada iraquí, y Olive, quien protege a los ejecutivos de las grandes empresas americanas.
Por otra parte, en lugar de disuadir el terrorismo internacional, la ocupación de Irak lo ha estimulado e incentivado. Testigos de ello son los odiosos atentados que se multiplican de Casablanca a Riyad, de Mombrasa a Estambul. Mientras tanto, el proyecto de instaurar una democracia en Bagdad se aleja día a día. ¡Qué lejos quedan las promesas de los “halcones” del Pentágono cuando anunciaban que las fuerzas invasoras serían recibidas como las liberadoras! Este error de análisis enorme es el origen del atolladero actual. Ebrios de poder, los ideólogos de Washington (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Perle.) estaban ansiosos por utilizar la temible máquina de guerra americana y así hacer realidad su delirante sueño de “volver a dibujar el Oriente Próximo”. De ahora en adelante todo se ha vuelto en contra de ellos.
*N.T.: “Le Merdier” = “La Cagada”
Con un desertor del ejército de Estados Unidos
Rescatando al soldado Carlos
Fue enviado a combatir a Irak, como otros 40 mil inmigrantes, con la promesa de obtener la ciudadanía estadounidense en menos tiempo. Solicitó una licencia para volver a Estados Unidos y entonces decidió desertar. Desde el 15 de octubre pasado pesa una orden de captura en su contra y es buscado como “absent of duty” (ausente del servicio). Ésta es su primera entrevista desde que vive “underground”.
Patricia Lombroso - Desde Nueva York
El soldado de infantería Carlos, nicaragüense de 28 años, vive en Estados Unidos con la “carta verde”. Forma parte del cuerpo del ejército estadounidense (39 mil hombres) al que el Pentágono prometió acelerar los trámites para obtener la ciudadanía en tres años, en lugar de los cinco o más requeridos. Tiene una hija de 3 años.
Después de ocho años de carrera en el ejército de Texas por un salario de 14 mil dólares anuales más beneficios que le permiten continuar los estudios, se enrola en la Guardia Nacional, en la base militar de Fort Stewart. Son los primeros seleccionados por el Pentágono, en marzo, para ser enviados a Irak, ignorantes de lo que es combatir en una guerra.
Las misiones reservadas para ellos son las más riesgosas y en primera línea -”carne de cañón”, declara Carlos.
Siempre estuvo en contra de la guerra en Irak. Al volver a Estados Unidos decidió desertar del ejército. Desde el 15 de octubre pasado vive en la clandestinidad, sabiéndose buscado como “absent of duty” (ausente del servicio). Hay orden de captura en su contra. Ésta es su primera entrevista desde que vive “underground”. Carlos no es su verdadero nombre.
-¿Cuál es el motivo de su deserción?
-No quería seguir siendo partícipe de una guerra que no comparto.
-¿Cómo vivió estos seis meses en la primera línea del frente de guerra en Irak?
-Fue una experiencia horrenda. Traumatizante. Como simple soldado de infantería le aseguro que todas las “misiones” a las que éramos asignados eran extremadamente riesgosas: incursiones en medio de la noche por las calles de Bagdad, ataques en busca de soldados de la Guardia Republicana de Saddam Hussein. En Al Ramadi, que dista 40 quilómetros de Bagdad, viví una experiencia terrorífica, llena de imágenes e historias que me marcaron para siempre.
-¿Asistió a la muerte de otros soldados, jóvenes como usted o aun más jóvenes?
-Durante todo el período que estuve allí no vi ningún militar estadounidense muerto. Pero sí muchos, demasiados, iraquíes. Vi morir a mucha gente. Sé que hemos matado, en batalla, a niños. Por suerte no estuve presente en estos enfrentamientos.
-¿Lleva a cuestas la imagen de un individuo que recuerde haber matado? ¿Usted veía a las personas que mataba?
-No lo sé. Sé que abrí fuego, pero es difícil saber si tengo la responsabilidad individual de haber matado porque el fuego se abría colectivamente por el grupo de la unidad de infantería. Me esfuerzo por creer que no fue mía la munición que mató hombres, mujeres, niños, porque éramos muchos los que abríamos fuego.
Es una manera de buscar un sentido de culpa colectivo. Prefiero pensar que sea así. En esos momentos no se piensa. Existe miedo, angustia, frustración. El adiestramiento impartido en las bases militares para las operaciones de guerra no tiene ninguna relación con la realidad que se vive luego en el campo. No te adiestran para manejar emociones, sino sólo para seguir las órdenes impartidas. Muchos militares se volvieron locos. Algunos, al volver de las “misiones militares”, estuvieron varios días sin poder hablar, con la mirada fija de cara a la pared. Todo esto es cubierto por un velo de silencio por los mandos superiores, sobre todo en los casos de intentos de suicidio de muchos soldados de otras unidades.
-Y sin embargo la operación mediática de Bush muestra a su personal militar en Irak con “moral alta, entregado a una guerra de liberación del pueblo iraquí”.
-Personalmente, en el frente, busqué no manifestar mi oposición a esta guerra pero sé que, aunque la mayor parte de los soldados de Estados Unidos en Irak sabía que el disenso era castigado amargamente, en privado se admitía que no existían razones válidas para estar allí, en una guerra para matar a los iraquíes. La población estadounidense y el mundo entero debió creer que Saddam Hussein era responsable por el ataque terrorista del 11 de setiembre, pero el liderazgo de Bush no ha sido capaz de probarlo. Dijeron que estábamos allí para encontrar armas de destrucción masiva; no fueron capaces de probarlo. A muchos nos parece que las motivaciones aducidas para esta guerra no pueden ser probadas. Fuimos enviados a miles de quilómetros de distancia, lejos de nuestras casas, de nuestras familias, para combatir una guerra en Irak, y los interrogantes que circulaban en el ejército eran: ¿por qué estamos aquí?, ¿por qué estamos haciendo esto?, ¿por qué matamos tanta gente?, ¿por qué nos disparan?
-¿Cuál es su interpretación de esta última cuestión?
-No he tenido la sensación de que fuéramos “los liberadores” para la población iraquí. Cuando recorríamos las calles, a veces los niños venían a nuestro encuentro, nos saludaban. Naturalmente esto nos gustaba, pero pensándolo bien, nuestra misión no debía ser la de liberar al pueblo iraquí sino la de encontrar las armas de destrucción masiva, descubrir a los terroristas. Transcurrieron meses y meses. Estamos todavía allí. No hay electricidad, la gente muere de hambre, no hay seguridad. Aquellas mismas personas que se mostraban amistosas inicialmente, ahora no nos saludan más. Ya no quieren que estemos en sus casas. ¿Qué tipo de libertad les llevamos? Esta gente siembra bombas por la calle, ataca a los efectivos italianos, australianos, de la ONU y de la Cruz Roja porque visten como los que colaboran con la ocupación estadounidense en Irak, pero el objetivo de la resistencia local iraquí es siempre golpear directamente a la principal fuerza de ocupación: o sea, a Estados Unidos.
Publicado en Il Manifesto (22-XI-03).
Traducción: I T.



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