FERNANDO ÓNEGA - 17/05/2005.-
El corral está revuelto porque Rodríguez Zapatero se quedó mudo ante las últimas cuatro bombas de ETA. Tenía una intervención ante labriegos de Galicia, desarrolló su tesis sobre el optimismo, le zurró otra vez la badana al PP, pero no dijo nada de esas explosiones. En el clima de cordialidad que nos invade, a Ángel Acebes le faltaron minutos para equiparar al presidente del Gobierno con Arnaldo Otegi y al PSOE con Batasuna: “Hasta ahora sabíamos quiénes no condenaban el terrorismo”.
En parte, es comprensible el silencio del presidente. Las bombas seguramente lo descolocaron como a cualquier otro mortal. No figuraban, para nada, en su hoja de ruta.A la hora en que habló no tenía ninguna explicación ni a quien pedirla. En esa oscuridad, ¿qué podía decir? Si se pasaba en la condena, arrancaría aplausos de sus oyentes, pero corría el riesgo de abortar el proceso no nacido. Si se quedaba corto, sublevaría al coro conservador que exige contundencia y manos arriba. Así que aplicó el verso de Quevedo: “Santo silencio profeso: / no quiero, amigos, hablar, / pues vemos que por callar / a nadie se hizo proceso”.
La pena es que perdió una oportunidad. Cuando se habla de conversaciones para acabar el terrorismo, hay que liderar mucho los pasos que se proyectan. Hay que convencer a la mayoría de la sociedad. Hay que prevenirla frente a los comandos incontrolados que actuarán al margen de las conversaciones y tratarán de abortarlas. Hay que prepararla, incluso, para la eventualidad de un fracaso. No hay más que leer lo publicado estos días y lo dicho en televisiones y radios para darse cuenta de que ni los analistas mejor informados saben exactamente de qué va esto. Los partidarios otorgan un acto de fe. Los contrarios, un acto de desconfianza.
Quiero decir con todo ello que el poder político necesita hacer un esfuerzo de pedagogía. Cuanto más delicado es el momento, más pedagogía se requiere. Se está formando la opinión pública, y ese proceso no se puede dejar en manos del más ruidoso o del más ingenioso, o de quien maneja los sentimientos. De lo contrario, podemos caer en todas las simplificaciones. Quien busca la paz no debiera quedar en la caricatura que ayer le hizo el citado Acebes: “El primer presidente que no condena el terror”.



