Montse Gutiérrez
Al fin cayó Saddam. Lo he visto en la tele. Ha sido como un símbolo, como una imagen bíblica, como una revelación aterradora.
He puesto la tele a las tres de la tarde y lo primero que he visto ha sido un grupo bastante numeroso de iraquíes intentando derribar una estatua enorme (6m ha dicho el reportero) de Saddam Hussein. Los pobres lo intentaban con una cuerda y unas mazas pero a penas si conseguían desprender unos pocos fragmentos de las baldosas del pedestal. Han seguido golpeando durante largos minutos. Algunas personas escupían a la estatua que parecía como de bronce, otros le arrojaban zapatos. Yo empezaba a sentirme un poco incómoda allí tumbada en el sofá viendo como aquella gente seguía sin conseguir derribar al dictador que les ha tenido sometidos durante 24 años. Aquellos brazos ya exhaustos seguían intentando hacer caer a Saddam después de dos décadas de lucha inútil. Aquellos golpes traían ecos viejos de celdas sucias y cables pelados, aquellos gritos aún conservaban su melodía de horror en un d’accapo continuo.
Estaba yo en mi éxtasis simbólico cuando aparece un blindado americano. La multitud lo recibe con euforia. - ¡Joder, joder!- pensé.- Los van a matar a todos.- Estaba medio dormida y eso fue lo primero que me vino a la cabeza sin saber muy bien quien iba a matar a quien. Pues resulta que ahora todos son amigos porque Saddam ha desaparecido; seguramente dentro de unos días encontrarán su cadáver junto con un mogollón de armas químicas, biológicas, termonucleares, nucleares, mononucleares, polinucleares, de racimo, de capullo y de lo que haga falta.
Parece que los americanos pretenden ayudar a los iraquíes en esto de derribar a Saddam. El blindado se acerca a la estatua. Un adolescente de pelo negro y piel morena con camisa negra y pantalón claro se encarama descalzo al pedestal y ata la soga que Saddam lleva al cuello a un cable que apenas se ve y que sale del vehículo yanqui. Al final la tecnología americana y la determinación del pueblo iraquí conseguirán derribar al coloso de seis metros. Quedo de nuevo hechizada por la imagen de mi televisor: el chico de la camisa negra sigue en el pedestal; grita, agita los brazos. Ya hay varios cientos de personas en la plaza; todos gritan, se suben al blindado americano, los soldados reparten unas bolsas amarillas entre la gente e intentan apartarlos del sitio donde creen que va a caer la estatua. Mientras tanto Saddam los contempla impasible con su mano extendida al horizonte saludando eternamente al río Tigris, desafiante aún a pesar de su caída inminente. Los americanos han desaparecido bajo la multitud.
Pienso en la ironía de todo esto; el surrealismo en la realidad, lo cómico en lo trágico, el caos en el orden, el universo en el átomo. Los iraquíes van a pasar de una dictadura nacional a una dictadura global (una dictadura, vecinos del planeta, que nos va a joder a TODOS) sin haber saboreado siquiera unos años de democracia ficticia.
Veo la tele. La multitud frenética se agolpa alrededor del blindado que empieza a retroceder con dificultad. Algunos soldados intentan contener a la multitud por su propia seguridad. Entonces el presentador dice que las imágenes se están retransmitiendo en directo a todo el mundo.
La soga alrededor del cuello del dictador se tensa y me imagino por un momento qué pasaría si se retransmitiese en directo a todo el mundo la imagen de Saddam cayendo sobre la gente y dejando un amasijo de carne “colateral” americano-iraquí como legado espiritual a la humanidad.
La cuerda sigue tensa. Yo sonrío resignada; esta pobre gente hambrienta y asustada, que recibe aliviada la paz y el dólar, este país no pobre, sino empobrecido, ha sido sin saberlo, durante veintiún días el último bastión del euro, el último bastión de Europa.
La cuerda sigue tensa. Parece que le cuesta caer. El carro retrocede un poco más. Tendrán unos meses, tal vez un año de espejismo. Creerán que están reconstruyendo su país y que los americanos sólo quieren ayudarles. Algunos se harán amigos del tío Sam y se enriquecerán, se convertirán en líderes de su pueblo y les convencerán de que Alá es grande y el petrodólar también y entonces empezará la globalización de Irak….
¿La cuerda sigue tensa? No me lo puedo creer; ¡¡¡Saddam no cede!!!
El presentador nos comunica que hay un corte publicitario, que nos seguirán informando dentro de unos minutos. No me lo puedo creer; ¡¡¡anuncios ahora!!!
Cambio de cadena; es una retransmisión mundial. La cuerda está ya muy tensa, la estatua no se mueve. La cuerda sigue tensa . La gente grita. La cuerda, la gente, la cuerda la gente la cuerda la cuerda se rompe se ha roto la cuerda se ha roto.
Se hace un silencio extraño, el reportero permanece en silencio, se escucha de fondo una especie de suspiro de desánimo de la multitud. Yo parpadeo dos veces, cierro la boca y suelto una sonora carcajada. Me imagino a Bush frente a la pantalla del televisor; él todavía no ha cerrado la boca.
No he terminado de reír cuando oigo tres disparos. En un instante todo cambia; el realizador pasa de una imagen a otra sin saber cual escoger. La gente corre. El reportero grita incoherencias. Desde el estudio el presentador trata de calmar los ánimos. Los soldados ya no sonríen, están subidos en el carro blindado apuntando sus armas hacia un muro cercano. La estatua ha pasado a un segundo plano.
Una vez restablecido el orden los americanos vuelven al trabajo; derrotar/derrocar/derribar a Saddam.
Esta vez los yanquis actúan sin miramientos; despliegan una especie de grúa con una polea y un cable más grueso que el primero. El chaval de pelo negro vuelve a trepar rápidamente por el pedestal mientras un par de marines reptan por el brazo de la grúa. El chico llega primero y les hace señas con los brazos para que le pasen el cable. Pero los profesionales de la guerra no piensan volver a permitir que el “mister president” se quede de nuevo con la boca abierta; agarran al chico por los brazos y le hacen bajar tan deprisa como había subido, también echan a los hombres que están encima del blindado, a todos menos a los periodistas. Hay tres marines americanos subidos en la grúa, el primero le pasa el cable por el cuello a Saddam prescindiendo de la inútil soga iraquí. Entonces alguien le da una bandera americana y el marine se la pone en la cara al dictador. La multitud empieza a abuchearle. La sonrisa del americano empieza a convertirse en un gesto de desconcierto. En mi mente el tejano más ambicioso de la pradera vuelve a abrir la boca. El reportero dice que eso es como un símbolo de que el dictador no acaba de caer. Yo voy un poco más allá; el dictador no caerá, sólo cambiará de máscara. Un compañero le grita algo al marine que ahora ya está completamente desconcertado y le pasa un trozo de tela sucia del tamaño de un trapo de cocina, el presentador dice que es la bandera iraquí. El marine intenta colocarla en la cara de la estatua y finalmente se la deja colgada al cuello como una corbata ridícula. Todos descienden de la grúa y rápidamente despejan un área de varios metros alrededor. Hacen varias maniobras y la bandera/trapo de cocina cae lentamente. No hace viento. Saddam se inclina y cae. Empieza el espejismo.
En el sofá de mi mente el hombre que acaba de abortar a Europa sonríe, ya ha cerrado la boca. Mi abuela siempre me aconsejaba que nunca me fiase de un hombre con los ojos demasiado juntos; “son los peores”, decía, “son malos y tontos al mismo tiempo”. Mi abuela era una mujer muy sabia porque George “close-eyes” Bush no sabe que con esta invasión ha despertado al único ejército capaz de derrotarle; somos miles de millones, tenemos el mejor sistema de comunicación, una lengua común y el arma más destructiva; compramos cada día sus hamburguesas, su coca-cola, sus cigarrillos, sus películas, sólo por mencionar unas pocas cosas banales y prescindibles. Lo único que necesitamos ahora es una voz que nos represente en la prensa, en internet, en la televisión, en la radio, que diga lo que todos pensamos pero nadie se atreve a retransmitir en directo y para todo el mundo: ESTAMOS EN GUERRA, VECINOS DEL PLANETA, ES LA GUERRA DE TODOS CONTRA EL INVASOR YANQUI.




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