Candidato improvisado para sus detractores o salvador de Perú para sus defensores, el teniente-coronel nacionalista Ollanta Humala, en cabeza de los sondeos para la elección presidencial del 9 de abril, encarna para los más pobres la novedad y el cambio.
Para arengar a las masas, el fogoso ex oficial de tono autoritario dejó atrás su uniforme por los jeans y una camiseta roja con una inscripción que habla de su amor por Perú.
Con un discurso de corte nacionalista de acentos populistas e izquierdistas (él no considera que deba ser encasillado en ninguna tendencia), Humala ha llegado a conquistar al electorado más humilde, deseoso de caras nuevas y sobre todo decepcionado por el presidente saliente, Alejandro Toledo.
Su discurso antisistema seduce a las poblaciones de los Andes y a los migrantes que se hacinan en las barrios marginales de las grandes ciudades, pero en cambio atemoriza a los dueños de empresas por los cambios económicos que ha prometido.
Este teniente-coronel retirado, de 43 años, pasaba desapercibido en los sondeos (3%) hace menos de un año pero desde entonces no ha dejado de subir hasta sobrepasar el 30% en enero pasado, cifra que mantiene.
Humala se dice admirador del general nacionalista Juan Velasco Alvarado (1968-1975), un ex presidente de facto a su vez inspirado por el modelo del mariscal Tito en Yugoslavia.
También profesa su admiración por el actual presidente venezolano, Hugo Chávez, enconado adversario de Estados Unidos en la región.
Ollanta -nombre de un general del imperio inca- proviene de una familia donde se profesaba el nacionalismo. Su padre, Isaac (75 años), un patriarca de blanca cabellera, asegura haberlo preparado, como a todos sus ocho hijos, para un destino presidencial.
Para los Humala el peso de la familia es fuerte. En su juventud, durante las noches, alrededor de la mesa, se discutía de política luego de una larga jornada en el liceo franco-peruano. Isaac y Elena, su madre, enseñaban a sus hijos la supremacía de la “raza cobriza” y las horas de gloria del imperio inca.
Irónicamente son declaraciones recientes de su padre -que habló de amnistiar jefes guerrilleros- y de su madre -quien propuso fusilar homosexuales- las que más han creado problemas para Humala en su campaña.
Ollanta -un admirador de Francia, de Napoleón y de Charles de Gaulle- y su hermano Antauro fueron empujados por su padre Isaac a la carrera de armas, una profesión -les decía- que podía ayudarles a llegar a la presidencia de la República.
Sin vocación real, Ollanta hizo la escuela militar y luego participó activamente en los años 90 en la lucha antiterrorista contra la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso.
El capitán Ollanta Humala dirigió entonces los comandos antisubversivos en las montañas de Madre Mía, en la selva profunda al nordeste del Perú.
Es allí donde habría -según organizaciones de derechos humanos- sembrado el terror en la región bajo el alias de “capitán Carlos”, desapareciendo o matando a sus opositores. La justicia investiga el tema ya que se presentaron testigos, mientras que en el ministerio de Defensa no hay comentarios.
En 2000, los hermanos Antauro y Ollanta se sublevaron en una acción sin muertos o heridos en Moquegua, al sur del país, contra el gobierno de Alberto Fujimori, ya debilitado por acusaciones de corrupción.
Los hermanos fueron apresados pero Fujimori se fugó del país para eludir la justicia, fueron amnistiados por el presidente interino, Valentín Paniagua, y salieron de prisión como verdaderos héroes.
Reintegrado al servicio, Humala fue enviado como agregado militar adjunto a París, donde estudió ciencias políticas junto con su esposa y consejera, Nadine (29 años), y luego a Seúl.
El 1 de enero de 2005 su hermano Antauro tomó un puesto policial junto con un centenar de reservistas, una acción de la cual Ollanta se distanció. Cuatro policías murieron en ese hecho. Antauro fue detenido y hoy en día sigue en prisión.
Cuando Ollanta volvió a Perú, montó un equipo en que destaca especialmente Gonzalo García Núñez, su candidato a la vicepresidencia, un economista del Banco Central bien anclado en ideas de izquierda.
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