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Prologo para el libro La historia de la Argentina nuclear de Guillermo Horacio Lamuedra

3:27 pm · Post your comment (No Comments)

Para el argentino de hoy sigue siendo referencial la segunda mitad del año 82. Concretamente el post 14 de junio. En ese medio año se abatió sobre el argentino de a pie, todo el poder del aparato hegemónico del enemigo.

A la propaganda de guerra de la Junta, le sucedió la propaganda de guerra enemiga.

Ahí el lavado de cerebro creó, fundó las bases de la aceptación de todo lo que vendría después: la aceptación de una deuda externa trucha, privatizaciones, desguace de la producción para la defensa, aceptación de sucesivos planes (otra vez sopa) de estabilización, aceptación de que el -modelo de sustitución de importaciones está agotado, adhesión más intensa que nunca al pensamiento político mágico (-con democracia se come, se cura, se educa ) y, entre otras tantas calamidades, el aterrizaje de un seudo ecologismo de sesgo antitecnológico, que se cebó en nuestra tecnología nuclear.

No obstante, en medio de esta orgía de guerra psicológica de la NATO, desde su propia entraña, se oyó una voz británica afirmando, frente a toda esta denigración de los argentinos, que la única área donde la Argentina alcanzaba un nivel internacional, era en la tecnología atómica. ¡Nada menos! A pesar de eso o precisamente por eso, empezó el lento pero seguro proceso de desmonte de todo lo trabajosamente montado en el área atómica.

Pese a las fuerzas puestas en juego, con sus siete vidas, la Comisión Nacional de Energía Atómica, golpeada y cachuza como bolita de purrete arrabalero , sigue resistiendo, por otros medios, como diría Clausewitz. Por ejemplo, a través de INVAP (Investigaciones Aplicadas), por cuyo intermedio, los argentinos, todos los argentinos, le vendimos un reactor nuclear a Australia, en competencia con empresas de Francia y de Alemania.

El libro del compañero y licenciado Guillermo Lamuedra es una sucinta historia tecnológica nuclear, mundial y en particular, de la Argentina. La historia de la investigación nuclear nuestra, está moteada, en sus orígenes, con el famoso caso Richter.

Sobre el tema, Lamuedra se ocupa de poner los puntos sobre las íes, lo que hace innecesario abundar en prólogo. Pero si la sabiduría popular tiene algo de real sabiduría, digamos, pues que lo que abunda no daña. Si aparece la cuna argentina del desarrollo nuclear, afeada por el caso Richter, por un timo, quienes tanto afirmaron esto y batallaron para denigrar todas las realizaciones peronistas, se merecen una, más que sucinta nanohistoria del celebérrimo granero del mundo , perteneciente a una época supuestamente edénica, regida por la supuestamente lúcida oligarquía y la más lúcida aún, mano invisible del mercado.

Nos dice el historiador de la economía Vicente Vazquez Presedo ( El caso argentino ): -Nos hemos referido la mayor parte de las veces al trigo, como si este cereal representara toda la riqueza agrícola argentina. Sin embargo,-la revolución de las pampas- tuvo una base más amplia con la creciente importancia del maíz y del lino (…). La Argentina… en 1909 ocupaba ya el primer lugar entre los exportadores (…de maíz).

Claro que siete años antes algo afeaba al -granero del mundo; para la primera conscripción, después de aprobada la Ley Ricchieri, en 1902, -el 46% de los convocados no reunía las condiciones de talla y peso mínimo para su incorporación a las fuerzas armadas y evidenciaba claros síntomas de desnutrición y huellas de enfermedades sociales evitables, nos dice el historiador Felipe Pigna ( Los mitos de la historia argentina 2 ).

Sin entrar en estos pequeños detalles referentes a la salud y el bienestar humanos, yendo al núcleo mismo de los números, Juan Carlos Vedoya, en Monopolios y chacareros (Todo es Historia N’ 71, marzo 1973), compara exportaciones argentinas con producción mundial. El método es claro: si fuimos granero del mundo, sólo cabría comparar nuestra exportación contra la producción del mundo.

Entre 1911 y 1940, el trigo exportado alcanzó 4,1 % de la producción mundial durante el quinquenio 1926-1930, como punto más alto y el maíz el 6,4%, también punto máximo, en el quinquenio 1931-1935. Extrañamente, a ninguno de ambos quinquenios corresponde el glorioso Centenario .

Las cosas pueden verse también de otro modo.

Los datos extraídos del Anuario Estadístico 200212003 de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires cantan con toda claridad.

Producción argentina contra producción mundial, nuestros dos principales productos de exportación, en lo que va del centenario al año 1920, dicen que, en maíz y trigo, los porcentajes son para guardar un discreto silencio y no presumir de nada, si es que la agroexportación puede ser causa de vanagloria.

En trigo el año de mayor porcentual fue el de 1919, con 7,77%, y el de maíz fue 1914 con 8,42%, o sea que no alcanzó, en ningún caso, el 10%. En ambos casos, milagros alcanzados por la carencia de población del país, que permitía saldos exportables que no eran saldos, sino lo principal.

En maíz, sólo en maíz, hay que esperar el año 1934, que quizás algún humorista quiera reivindicar, para obtener el 12,86%, o sea superar el 10%.

El error de Perón con Richter, error que el propio Perón reparó al indicarle al austríaco la puerta de salida, luce una pequeñez frente a la colosal falsificación, no error, de la oligarquía, falsedad con pretensión de dorar un período de miseria popular, subdesarrollo y vulnerabilidad nacional extrema.

Ese período luce desfavorablemente frente al período nacional y popular de Perón, con nacimiento de la investigación atómica aplicada, incluyendo instalaciones montadas bajo la dirección del mismo Richter y que, problemas al margen, sirvieron durante décadas para investigar en serio; con los primeros trabajos del país en materia de aviones a reacción (Pulqui 11); con la construcción del gasoducto más largo del país y con la más equitativa distribución del ingreso de la historia argentina. (51 %), de América Latina y al decir de la periodista María Seoane, del capitalismo occidental de posguerra.

Pero, volviendo al núcleo del asunto, lo importante de la tecnología nuclear, cuya historia suscita este libro expone con ritmo atrapante, por lo que toca a nuestro país, es que, a través del nivel de excelencia de la CNEA (Comisión Nacional de Energía Atómica) y su hija INVAP, es que el Estado puede alcanzar el más alto rango de todas las instituciones del país, por lo que, no sólo se demuestra que es falso aquello de -achicar el Estado para agrandar la Nación, sino, por el contrario, que bien puede ser que, siguiendo la metodología CNEA-INVAP, agrandando nuevamente el Estado se pueda agrandar la Nación.

CNEA-INVAP también demuestran que la Argentina puede alcanzar niveles de excelencia internacional, o sea que los argentinos podemos y, finalmente, que si cambiamos el modelo de país y exportamos algo más que harinas de soja, trigo y maíz, si exportamos bienes como reactores, bienes del tipo una tonelada a 180.000 dólares, podemos entrar a tallar en serio, entre los mejores del mundo.

Con eso el compañero y amigo Lamuedra, estaría en su libro, haciendo algo más que narrar una historia curiosa: estaría siendo uno de los fogoneros de un país mejor.

Ricardo Micotis

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