Pese a todas las pretensiones reductoras «afortunadamente los seres humanos son inclasificables a un sólo nivel puro: económico, lingüístico, social, geográfico, etc». Pero no sólo no podemos quedar, hombres y mujeres, individual o colectivamente, «determinados» o «identificados» por únicamente uno de estos niveles, sino que todos estos niveles son, en propiedad, secundarios en relación a las cualidades, funciones o vocaciones individuales, que definen mucho más a las personas, y a las ideas, tareas y objetivos colectivos, que son las que realmente «identifican» a las comunidades.
- La identidad que sobre todo nos importa
Entendemos que la única definición revolucionaria de pueblo es la de «comunidades movilizadas en proyectos afines», es decir, en su «función operante». Podemos hallar definiciones similares («proyecto sugestivo de vida en común» -de Ortega- «unidad para cumplir una misión» -de Corradini- «unidad en orden a la realización de misiones superiores de interés colectivo» -de Schneider- etc.) pero toda formulación con un sentido distinto o contrario a esta fórmula es de naturaleza reaccionaria. En cuanto a la movilización del pueblo o de la nación, todas las doctrinas «clásicas» y mínimamente «normales» (y hoy en día también todas las escuelas -aunque lo digan «confidencialmente»-) han sostenido que los pueblos no se movilizan espontáneamente, sino lo hacen por un factor, agente u organismo superior, dotado de la voluntad y capacidad para ello. Ese factor ha variado de «formato» según épocas, circunstancias y características de los grupos humanos a movilizar: Estado, Corona, Nobleza, Iglesia, Cofradía, Compañía, Orden, Partido, Movimiento, República… Lo lógico sería que este hecho, el del agente «movilizador» (es decir: quien moviliza) debería, por lo menos, quedar muy claro para todos los que se incorporan a cualquier tipo de organización o asociación. Pero la evidencia más clara y la lógica más sencilla han sido sorprendentemente sepultadas por la ilusión más espesa y la ilógica más extraña.
Como sucedió en el pasado, se ha vuelto a colar la superchería y el «ídolo» que desvía las fuerzas y conduce a cualquier agrupación, del signo que sea, a la nada: la de tomar al pueblo o a la nación como «herencia natural». Todas las concepciones políticas con un mínimo de consistencia y un sentido suficiente de operatividad, han afirmado la primacía de la voluntad humana y de lo realizado por el esfuerzo (Estado, Derecho, Historia, Política) sobre las entidades primarias (las particularidades, lo Natural, lo individual, lo espontáneo, las inercias seculares…). Por lógica aplastante, cualquier expresión que aspire a transformar la sociedad en la que vive, ha de tener clarísima esta jerarquía. Pensar lo contrario es propio de tendencias reaccionarias, conservadoras o pasivas, por muy «anarcas» o «nihilistas» que se vistan éstas. El mismo hecho de reconocer el hecho y el valor de quien moviliza ha sido una muestra (o una consecuencia) de la validez del principio impulsor, revolucionario (y clásico) de pueblo: el porqué o para qué se moviliza. Al pueblo se le moviliza por un proyecto que requiere un quehacer en común: para defender intereses, para satisfacer necesidades, para conquistar derechos, para luchar por ideales…
Lo que ocurre con el pueblo, pasa también en muchos otros ámbitos, por ejemplo, en los que fundan una familia, o lo que vemos en una fábrica: lo que cuentan son sus objetivos y su actividad. En un sistema capitalista, la actividad se realiza para que el capital gane más capital, y la fábrica existe en función de la actividad que realiza y las ganancias que obtiene. Y es lo que pasa en cualquier partido, incluso en los partidos nacionalistas. Están unidos por unos rechazos o por una aspiración política (o económica-mafiosa). A nadie mínimamente serio se le ocurre considerar como causa de movilización el gusto común por comer butifarra o papas con mojo picón, por ejemplo, por mucha retórica que se haga sobre eso en Cataluña, en Canarias o en Abjasia. A nadie se le ocurre, por ejemplo, clasificar industrias o comercios por los materiales con los que están construidos sus locales: de madera, de hierro, de plástico, de piedra. Si alguien hace eso se le trataría de majadero. Pero ¡Que curioso! lo que nadie se ha atrevido a hacer con empresas o partidos, sí se lo han hecho varias veces con los pueblos.
Existe una correspondencia entre los conceptos de identidad, y los conceptos que se tienen del Estado, así como de los seres humanos… en definitiva, con la visión del mundo que se asume. Como hay visiones del mundo opuestas, existen, por consiguiente, visiones de la «identidad» radicalmente incompatibles. Luego la discusión no es identidad sí, identidad no, sino que concepto de identidad se defiende, y para qué. La idea de identidad como «lo nativo» o las particularidades, es reeditar la idea romántica y reduccionista de las naciones: creer que lo determinante de éstas son los caracteres étnicos, lingüísticos, topográficos, climatológicos. Análogamente a lo que han hecho con los seres humanos, donde un individualismo universalista ha despreciado y roto con la dimensión fundamental: la de personas (es decir, como sujetos incardinados en una o varias comunidades, titulares de derechos y deberes concretos, con funciones, cualidades, vocaciones y méritos distintos), el naturalismo ha despreciado y roto lo que verdaderamente cuenta en los pueblos: su identidad como «comunidad movilizada en proyectos afines», es decir, su identidad definida por sus funciones operantes, marcadas por una unión política, por un marco histórico de fuerzas y voluntades.
Esto es un estado. Por tanto, todo estado (o todo movimiento emergente que quiera transformar ese estado) es, por su naturaleza completamente histórica y nada «naturalista», una «obra» que «obra», «artificial»… como las personas de verdad (los humanos que se realizan cumpliendo sus vocaciones)… y la mismísima agricultura (lo natural sería la recolección de alimentos silvestres).
- Las seis inversiones de los reduccionismos de la identidad
En correspondencia a los conceptos brutalmente reduccionistas del ser humano y del mundo que tanto éxito han tenido en nuestra sociedad, se han acogido conceptos análogamente reduccionistas de la identidad que han provocado seis «inversiones» capitales.
1ª inversión: la propia reducción de los hombres y de los pueblos a la «suela» inferior de lo etnográfico y del naturalismo, un plano que no es menos estrecho y material que el económico. Hombres y pueblos son reducidos y subordinados a los «elementos» químicos o naturales. Estos «elementos» no tienen más valor que otros como el dinero o la fuerza bruta. Personas y comunidades son tratados como si fueran compuestos minerales o especies vegetales.
2ª inversión: la negación a compartir un estado con otros grupos, «tribus» o «cantones», a participar con ellos en cualquier proyecto sugestivo de vida en común. El mundo se representa como compartimentos estancos entre barreras irreductibles de «hechos diferenciales naturales» y, en consecuencia, se impone el separatismo y se multiplican los enanos y cantonalismos.
3ª inversión: la erradicación de toda riqueza étnica en un territorio o una población para lograr su uniformización. Porque se resalta una «identidad primaria» en detrimento de otras «identidades primarias» asentadas en el mismo territorio. Los «identitarios invertidos» empobrecen o amputan los pueblos y territorios tratando de reducirlos a unas características particulares. Así se da la aparente paradoja que los llamados a «preservar» una identidad o «herencia natural»… ponen mayor empeño en hacer que los demás abandonen las suyas propias y se hagan idénticos a los primeros.
4ª inversión: la imputación como enemigos a todos los grupos y personas que justamente mantienen con fuerza lo que esos «identitarios» anuncian como lo más valioso: la propia identidad, ya que pintan las identidades como necesariamente antagónicas entre sí. Así los «identitarios invertidos» buscan la destrucción de las identidades de los otros o que no son estrictamente las suyas.
5ª inversión: la ocultación de las causas de los problemas reales que sacuden a los pueblos. Los identitarios invertidos confunden las causas al atribuir a factores étnicos lo que es imputable a factores económicos, sociológicos, políticos o fallos del paradigma dominante. Ocultan las causas de los problemas atribuyéndoles motivos étnicos, y cuando no pueden recurrir a confundir las causas… ignoran los problemas.
6ª inversión: la aceptación de hecho de un sistema que, aunque diga combatirse, se termina aceptando, porque se le considera algo neutro o accesorio y no se señalan en él las causas de los problemas, ya que se ve indiferente que exista un sistema u otro: pues para los identitarios invertidos sólo les importa la «etnografía» (que por otra parte es siempre “recreada” y “adulterada” igual que los «ecologistas urbanitas» se recrean una «naturaleza bucólica» irreal e incompatible con la vida del campesino, que es quien vive realmente en la naturaleza).
En definitiva, las inversiones de la identidad fomentan los antagonismos entre los pueblos y la erradicación de las identidades diferentes. Pero lo más grave no es que se defienda una identidad «naturalista» y «negativa» que sólo puede “afirmarse” a través de cargarse otras identidades «horizontales». No. Lo más grave que es que se cargan, en primer lugar, lo más importante: nuestra identidad «vertical», la política, la real, la nacida del concurso de voluntades y esfuerzos comunes, la identidad revolucionaria de «movilizado por un proyecto común», porque niegan o desprecian la dimensión eminentemente superior de lo político y de la historia. Y terminan asumiendo toda la política y toda la cultura del régimen dominante.
El identitarismo etnicista (ferozmente enemigo de las identidades políticas y, en consecuencia, enemigo fundamental de cualquier intento rebelde o revolucionario) no sólo supone una reducción brutal (tanto en lo individual como en lo comunitario) a los factores de un nivel, el étnico o el biológico, sino que, encima, para colmo, desata una discriminación o «limpieza» de factores étnicos, de elementos del nivel al cual ha reducido el «hecho comunitario» o individual. Es decir, no sólo se establece, por ejemplo, que la identidad de Cataluña consiste en sus aguas, sino que se desprecia o discrimina al Río Ebro porque nace en Reinosa o al Mar Mediterráneo porque trae agua del Atlántico. El materialismo zoológico (buena definición de Trotsqui) es una calamidad no sólo por reducir los pueblos a un «zoo», a su dimensión animalesca, cortándole otras facetas y dimensiones que representan niveles de características mucho más importantes que los sanguíneos, topográficos o costumbristas. Es una calamidad mayúscula porque va más allá, pues concibiendo como un problema que exista más de una especie en el «zoo», trata, por consiguiente, de erradicar la misma diversidad animal para imponer una sola especie.
Así, los identitarios etnicistas comparten con los mundialistas el mismo sentimiento básico: el odio por la presencia de las diferencias. Algunos advirtieron que comunismo y capitalismo eran brazos de la misma tenaza. Hoy ocurre algo similar. Nos hallamos entre la tenaza antipopular, anticualitativa y anti-identidades del mundialismo por un lado y del etnicismo por el otro. El mundialismo aboga por erradicar las diferencias. El etnicismo por exacerbarlas para que unas se encarguen de eliminar a las otras. La parte de la tenaza mundialismo es despreciar las diferencias, con el objeto de desnaturalizar y nivelar por lo más generalizado y por lo arbitrariamente considerado como «humano universal» (que no es universal sino algo subjetivo «generalizado» a toda la especie humana).
La otra parte de la tenaza, la etnicista, exacerba las diferencias «naturales» o «adquiridas» (o creadas a posta para marcar distancias como sea) racionalizando prejuicios e intereses particulares, para erradicar la riqueza y uniformizar un territorio y un pueblo entero. De la misma forma que el mundialismo generaliza una subjetividad a todos los pueblos del mundo, el etnicismo discrimina de un conjunto (o se inventa) una serie de características étnicas, las presenta como esenciales y homogéneas del conjunto, y emprende así la uniformización, asimilación o «normalización» de todas las partes de la población étnicamente «anormales». Mundialismo y etnicismo se basan en los mismos presupuestos antropológicos, responden a las mismas leyes, y pretenden el mismo fin. El etnicismo no sólo es uno de los dos grandes enemigos de las identidades políticas e históricas, sino que es también uno de los grandes enemigos de las identidades étnicas, porque al considerar como enemigos naturales otras etnias presentes, inevitablemente trata de «barrer la competencia».
Pepe López



