Altermedia Castellano
Altermedia Castellano: In a time of universal deceit, telling the truth is a revolutionary act. (George Orwell)
UltraViolent Street Wear, t shirts and clothing with a street tough attitude

¿Qué «Identidad»?

August 11th, 2007 · Post your comment (No Comments)

Email This Post Print This Post

identidadnl.jpgPese a todas las pretensiones reductoras «afortu­na­da­mente los seres humanos son inclasificables a un sólo nivel puro: económico, lin­güís­tico, social, geográfico, etc». Pero no sólo no podemos quedar, hom­bres y mu­jeres, individual o colectivamente, «de­termi­nados» o «iden­tificados» por únicamente uno de estos niveles, sino que todos estos ni­veles son, en propiedad, secun­darios en relación a las cua­li­dades, funciones o voca­ciones individuales, que definen mucho más a las personas, y a las ideas, tareas y objetivos colectivos, que son las que realmente «identifican» a las comunidades.

- La identidad que sobre todo nos importa

Entendemos que la única definición revolucionaria de pueblo es la de «comunidades movilizadas en proyec­tos afines», es decir, en su «fun­ción operante». Podemos ha­llar definiciones similares («proyecto su­ges­tivo de vida en común» -de Ortega- «uni­dad para cum­plir una mi­sión» -de Corradini- «unidad en orden a la realización de misiones su­pe­riores de interés co­lec­tivo» -de Schnei­der- etc.) pero toda for­mu­la­ción con un sentido dis­tinto o con­trario a esta fórmula es de natu­ra­leza reaccio­naria. En cuanto a la movilización del pueblo o de la nación, todas las doc­tri­nas «clásicas» y mínimamente «normales» (y hoy en día también todas las escuelas -aunque lo digan «confidencialmente»-) han soste­nido que los pueblos no se movilizan espon­tá­nea­mente, sino lo hacen por un factor, agente u organismo supe­rior, dotado de la voluntad y capa­cidad para ello. Ese factor ha variado de «formato» según épo­cas, cir­cuns­tancias y características de los grupos humanos a movi­lizar: Estado, Corona, Noble­za, Iglesia, Cofradía, Compañía, Or­den, Partido, Mo­vi­mien­to, Repú­bli­ca… Lo lógico sería que este hecho, el del agente «movilizador» (es decir: quien mo­viliza) debería, por lo menos, quedar muy claro para todos los que se incorporan a cualquier tipo de organización o asociación. Pero la evi­dencia más clara y la lógica más sencilla han sido sor­pren­den­te­mente sepultadas por la ilusión más espesa y la ilógica más extraña.

Como sucedió en el pasado, se ha vuelto a colar la superchería y el «ídolo» que desvía las fuerzas y conduce a cualquier agrupación, del signo que sea, a la nada: la de tomar al pueblo o a la nación como «herencia natural». Todas las concepciones políticas con un mínimo de consistencia y un sentido suficiente de operatividad, han afirmado la pri­macía de la voluntad humana y de lo realizado por el esfuerzo (Es­tado, De­recho, Historia, Polí­tica) sobre las entidades primarias (las par­ticularidades, lo Natu­ral, lo individual, lo espontáneo, las inercias se­culares…). Por lógica aplastante, cualquier expresión que aspire a trans­formar la sociedad en la que vive, ha de tener clarísima esta jerarquía. Pensar lo contrario es propio de tendencias reac­cio­na­rias, conservadoras o pasivas, por muy «anarcas» o «nihilistas» que se vis­tan éstas. El mismo hecho de reconocer el hecho y el valor de quien movi­liza ha sido una muestra (o una con­se­­cuen­cia) de la validez del principio im­pulsor, revolucionario (y clásico) de pueblo: el porqué o para qué se moviliza. Al pueblo se le moviliza por un proyecto que re­quiere un quehacer en común: para defender inte­reses, para satisfacer ne­ce­si­da­des, para conquistar derechos, para luchar por ideales…

Lo que ocu­rre con el pueblo, pasa también en muchos otros ám­bitos, por ejem­plo, en los que fundan una familia, o lo que ve­­mos en una fábrica: lo que cuentan son sus objetivos y su actividad. En un sistema capi­talista, la actividad se realiza para que el capital gane más capital, y la fábrica existe en función de la actividad que realiza y las ganancias que obtiene. Y es lo que pasa en cualquier partido, incluso en los partidos na­cio­nalistas. Están unidos por unos re­cha­zos o por una aspi­ración política (o económica-mafiosa). A nadie mínimamente serio se le ocurre con­si­­derar como causa de movilización el gusto común por comer buti­farra o papas con mojo picón, por ejemplo, por mucha retórica que se haga sobre eso en Cata­luña, en Canarias o en Abjasia. A nadie se le ocu­rre, por ejemplo, clasificar industrias o comercios por los mate­riales con los que están construidos sus locales: de madera, de hierro, de plástico, de piedra. Si alguien hace eso se le trataría de majadero. Pero ¡Que cu­rioso! lo que nadie se ha atrevido a hacer con empresas o partidos, sí se lo han hecho varias veces con los pueblos.

Existe una correspondencia entre los conceptos de identidad, y los conceptos que se tienen del Es­tado, así como de los seres hu­ma­nos… en definitiva, con la visión del mundo que se asume. Co­­mo hay visiones del mundo opuestas, existen, por consi­guien­te, vi­siones de la «iden­tidad» radicalmente in­com­pati­bles. Luego la dis­cu­sión no es iden­tidad sí, iden­tidad no, sino que con­cepto de iden­tidad se de­fien­de, y para qué. La idea de iden­tidad como «lo nati­vo» o las particularidades, es reeditar la idea romántica y reduccionista de las na­ciones: creer que lo determinante de éstas son los caracteres ét­nicos, lingüísticos, topo­grá­ficos, climatoló­gi­cos. Análogamente a lo que han hecho con los seres humanos, donde un in­divi­dua­lismo universalista ha des­pre­ciado y roto con la di­men­sión fun­damental: la de perso­nas (es decir, como sujetos in­cardinados en una o varias comunidades, titulares de derechos y deberes con­cretos, con funciones, cualidades, vocaciones y mé­ritos distin­tos), el na­tu­ra­lismo ha despreciado y roto lo que verda­de­ra­mente cuenta en los pue­blos: su iden­tidad como «co­muni­dad movilizada en proyectos afi­nes», es decir, su identidad definida por sus fun­ciones operantes, mar­ca­das por una unión política, por un marco histórico de fuerzas y vo­­luntades.

Esto es un estado. Por tanto, todo estado (o todo movi­mien­to emer­gente que quiera trans­formar ese estado) es, por su natu­raleza completamente his­tórica y nada «naturalista», una «obra» que «obra», «artificial»… como las perso­nas de verdad (los humanos que se realizan cum­pliendo sus vo­ca­ciones)… y la mismísima agricultura (lo natural sería la recolección de alimentos silvestres).

- Las seis inversiones de los reduccionismos de la identidad

En correspondencia a los conceptos brutalmente reduc­cio­nistas del ser humano y del mundo que tanto éxito han tenido en nuestra sociedad, se han acogido conceptos análogamente re­duc­cionistas de la iden­ti­dad que han provocado seis «in­ver­sio­nes» capitales.

1ª inversión: la propia reducción de los hom­bres y de los pue­blos a la «suela» inferior de lo etnográfico y del na­tu­ra­lismo, un plano que no es menos estrecho y material que el eco­nómico. Hombres y pueblos son reducidos y subordinados a los «elementos» químicos o na­turales. Estos «elementos» no tienen más valor que otros como el di­nero o la fuerza bruta. Personas y comunidades son tratados como si fueran compuestos mine­rales o especies vegetales.

2ª inversión: la negación a compartir un es­tado con otros grupos, «tri­bus» o «cantones», a participar con ellos en cualquier proyecto su­ges­tivo de vida en común. El mundo se representa como com­par­ti­mentos estan­cos entre barreras irreductibles de «hechos diferenciales na­tu­rales» y, en conse­cuencia, se impone el separatismo y se multi­pli­can los enanos y cantonalismos.

3ª inversión: la erradicación de toda riqueza étnica en un territorio o una población para lograr su uniformización. Porque se resalta una «iden­ti­dad primaria» en detrimento de otras «identidades primarias» asen­tadas en el mismo territorio. Los «iden­ti­tarios invertidos» em­po­brecen o amputan los pueblos y territorios tra­tando de reducirlos a unas características particulares. Así se da la aparente paradoja que los llamados a «preservar» una identidad o «herencia natural»… ponen mayor empeño en hacer que los demás aban­donen las suyas propias y se hagan idénticos a los primeros.

4ª inversión: la imputación como ene­migos a todos los grupos y per­sonas que justamente mantienen con fuerza lo que esos «iden­ti­tarios» anuncian como lo más valioso: la propia identidad, ya que pintan las identidades como necesariamente anta­gónicas entre sí. Así los «identitarios invertidos» buscan la des­trucción de las identi­da­des de los otros o que no son estrictamente las suyas.

5ª inversión: la ocultación de las causas de los problemas reales que sacuden a los pueblos. Los identitarios invertidos confunden las causas al atribuir a factores étnicos lo que es imputable a factores econó­micos, sociológicos, políticos o fallos del paradigma domi­nante. Ocultan las causas de los pro­blemas atribuyéndoles motivos étnicos, y cuando no pueden re­currir a confundir las causas… ignoran los pro­blemas.

6ª inversión: la aceptación de hecho de un siste­ma que, aunque diga com­batirse, se termina aceptando, porque se le consi­dera algo neutro o accesorio y no se señalan en él las causas de los pro­ble­mas, ya que se ve indiferente que exista un sistema u otro: pues para los identitarios invertidos sólo les importa la «etnografía» (que por otra parte es siempre “recreada” y “adulterada” igual que los «ecologistas urbanitas» se recrean una «naturaleza bucólica» irreal e incompatible con la vida del campesino, que es quien vive realmente en la natura­leza).

En definitiva, las inversiones de la identidad fomentan los anta­go­nismos entre los pueblos y la erradicación de las identidades dife­rentes. Pero lo más grave no es que se defienda una iden­tidad «na­turalista» y «nega­tiva» que sólo puede “afirmarse” a tra­vés de car­garse otras identidades «horizontales». No. Lo más gra­ve que es que se cargan, en primer lugar, lo más importante: nuestra identidad «vertical», la política, la real, la nacida del con­curso de vo­luntades y es­fuerzos comunes, la identidad revolucio­naria de «movilizado por un proyecto común», porque niegan o desprecian la dimensión emi­nen­temente superior de lo político y de la historia. Y terminan asumiendo toda la política y toda la cultura del régimen dominante.

El identitarismo etnicista (ferozmente enemigo de las identidades po­lí­ticas y, en consecuencia, enemigo fundamental de cualquier intento rebelde o revolucionario) no sólo supone una reducción brutal (tanto en lo individual como en lo comunitario) a los factores de un nivel, el étnico o el biológico, sino que, encima, para colmo, desata una dis­cri­minación o «limpieza» de factores étnicos, de elementos del nivel al cual ha reducido el «he­cho comunitario» o individual. Es decir, no sólo se establece, por ejemplo, que la identidad de Ca­ta­luña consiste en sus aguas, sino que se desprecia o discrimina al Río Ebro porque nace en Reinosa o al Mar Mediterráneo porque trae agua del Atlántico. El materialismo zoológico (buena definición de Trotsqui) es una ca­la­midad no sólo por reducir los pueblos a un «zoo», a su dimensión ani­malesca, cortándole otras facetas y dimensiones que representan ni­veles de carac­terísticas mucho más importantes que los sanguíneos, topográficos o costumbristas. Es una calamidad mayúscula porque va más allá, pues concibiendo como un problema que exista más de una especie en el «zoo», trata, por consiguiente, de erradicar la misma diversidad animal para imponer una sola especie.

Así, los identitarios etnicistas comparten con los mundialistas el mismo sentimiento bá­sico: el odio por la presencia de las diferencias. Algunos advirtieron que comunismo y capitalismo eran brazos de la misma tenaza. Hoy ocurre algo similar. Nos hallamos entre la tenaza antipopular, anticualitativa y anti-identidades del mundialismo por un lado y del etnicismo por el otro. El mundialismo aboga por erradicar las diferencias. El etnicismo por exacerbarlas para que unas se encar­guen de eliminar a las otras. La parte de la tenaza mundialismo es des­preciar las diferencias, con el objeto de desnaturalizar y nivelar por lo más generalizado y por lo arbitrariamente considerado como «hu­ma­no universal» (que no es universal sino algo subjetivo «ge­ne­ra­li­zado» a toda la especie humana).

La otra parte de la tenaza, la et­ni­cista, exa­cerba las diferencias «naturales» o «adquiridas» (o creadas a posta para marcar distancias como sea) ra­cio­nalizando prejuicios e in­te­reses particulares, para erradicar la riqueza y uniformizar un terri­torio y un pueblo entero. De la misma forma que el mundialismo gene­raliza una subjetividad a todos los pueblos del mundo, el etnicismo dis­cri­mina de un conjunto (o se inventa) una serie de características étnicas, las presenta como esenciales y homogéneas del conjunto, y em­prende así la uniformización, asimilación o «normalización» de to­das las partes de la población étnicamente «anormales». Mundialismo y etnicismo se basan en los mismos presupuestos an­tro­pológicos, responden a las mismas leyes, y pretenden el mismo fin. El etnicismo no sólo es uno de los dos grandes enemigos de las iden­tidades políticas e históricas, sino que es también uno de los grandes ene­migos de las identidades étnicas, porque al considerar como ene­migos naturales otras etnias presentes, inevitablemente trata de «ba­rrer la compe­tencia».

Pepe López

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...
Share/Save/Bookmark



Tags: General