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Rodolfo Puiggrós, Perón y los Habsburgo

February 18th, 2007 · Post your comment (No Comments)

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En su prólogo a “La España que conquistó el Nuevo Mundo”, dice Pedro Orgambide que Rodolfo Puiggrós “afirmaba que había que luchar en el peronismo no para su simple restauración sino para su transformación histórica. Esto no entendieron. Esto no entienden aún muchos de sus críticos, sobre todo los de la izquierda tradicional y aséptica.

‘Ésos que son vanguardia -como decía Puiggrós- pero de la que el pueblo no se entera’” (”Una tumba sin nombre”, en Puiggrós, Rodolfo. La España que conquistó el Nuevo Mundo. 3ª. Ed. Buenos Aires, Retórica Ediciones. Editorial Altamira, 2005. Pág. 7.)

En efecto, Rodolfo Puiggrós fue la más lúcida expresión teórica del intento de transformar al peronismo, desde adentro (y en vida del General Perón), en un movimiento socialista revolucionario.

En eso, difirió radicalmente de las posiciones de la Izquierda Nacional, que siempre consideró que este intento no solo era históricamente imposible sino que además llevaría a un trágico desenlace en caso de tomar vuelo y visos de efectivización.

Esta disidencia táctico-estratégica fundamental no impidió a Puiggrós, sin embargo, abrir cátedras de la Universidad de Buenos Aires a Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo.

En esto, hay que decirlo, actuó en contradicción muy dura con la opinión de su masa de apoyo de esos tiempos, pero en la misma línea en la cual se había ubicado el mismísimo Perón cuando designó a Puiggrós rector-interventor de la UBA: la de la amplitud y la generosidad en el debate político en el seno del campo nacional.

Podría decirse que muchos de los sostenedores de Puiggrós en dicho cargo fueron tan miopes en relación a la Izquierda Nacional y a ese gesto del rector-interventor como con respecto a Puiggrós lo había sido la “izquierda tradicional y aséptica” (de la cual no pocos de ellos habían surgido y se habían “peronizado” repentinamente, con solo una crítica superficial de sus prejuicios mitristas).

Lo que interesa, sin embargo, es que el rector interventor designado por Perón para la Universidad de Buenos Aires, en parte para sustentar sus propias posiciones, había venido librando una doble batalla contra (a) la ultraizquierda que -para defenestrar al peronismo- llegaba a “demostrar” el carácter “capitalista” de la América Latina colonial , y (b) contra los sectores que, dentro del peronismo, intentaban entroncar al movimiento en la representación de la feudalidad y el atraso de España, jugada que se contraponía -y contrapone- con el sentido profundo de un movimiento cuya raíz europea, si la había, estaba en los sectores populares españoles vencidos, en una larga pulseada de cinco siglos, por Carlos I (de España, pero V del Imperio césaropapista centroeuropeo), por Fernando VII, y por Francisco Franco en la Guerra Civil.

En todas esas instancias los representantes de la reacción antipopular española habían contado con apoyo inmenso de potencias extraespañolas.

En la década del 60, la polémica central se orientaba hacia la ultraizquierda.

La Agrupación Universitaria Nacional, reproduciendo textos publicados por la Izquierda Nacional en 1963 y agregándole un par de notas de Jorge Abelardo Ramos, mostraba que “la disputa sobre el crácter de la colonización española en América [...] no reviste un carácter académico [...]

Se trata de saber, en esencia, las consecuencias políticas que se inferirían si en efecto el pasado colonial de Hispano América ha dejado tareas nacionales y democráticas por resolver en nuestro tiempo” (Ramos, Jorge Abelardo “¿Capitalismo o Feudalismo?”.

En: Puiggrós,. Rodolfo; André Gunder Frank; Jorge Abelardo Ramos. Polémica sobre los modos de producción en Iberoamérica. Agrupación Universitaria Nacional. Cuadernos Universitarios, ficha 2. Buenos Aires, sin fecha (circa 1974)

Esta frase, sin embargo, vale tanto para quienes argumentaban que la América Latina colonial era capitalista y por lo tanto, como explicaba Gunder Frank, la lucha contra el imperialismo debía iniciarse no con un frente nacional sino combatiendo a la propia burguesía, sino también -por más que en esos tiempos el adversario esencial fuera de “izquierda”- para quienes -entonces y hoy-pretenden negar que el movimiento nacional latinoamericano tiene que enfrentar dialécticamente la herencia retrógrada del período colonial, herencia cuya defensa _in toto_ suele asumir la forma de una defensa del “legado cultural y religioso” de España: este planteo, a juicio de la Izquierda Nacional, termina por enfeudar el movimiento nacional a los sectores más temerosos y traicioneros del propio campo, justamente los que hasta ahora han venido demostrando que en cada coyuntura clave defeccionan del combate.

Estos dos objetivos simultáneos se resumen en última instancia en una defensa consecuente de la originalidad de los movimientos nacional- democrático iberoamericanos, como lo era, entre otros, el peronismo.

A cumplirlos dedicó Puiggrós en 1964 su extraordinario -y ahora olvidado- “La España que conquistó el Nuevo Mundo”.

Vistas ciertas posiciones que se siguen expresando al respecto, me parece que no viene mal que un miembro de la Izquierda Nacional recurra a un capítulo de ese trabajo para terminar de exponer el planteo nacional revolucionario en torno al verdadero carácter de la herencia hispánica de la Revolución Latinoamericana.

Puiggrós responde en ese libro, esencialmente, a la ultraizquierda que pretende ver “capitalismo” en la colonización del Nuevo Mundo para oponerse así a los movimientos revolucionarios reales de nuestros pueblos profundos.

Pero también da respuesta a quienes defienden, en abstracto y con argumentos espiritualistas, el carácter “católico” de la herencia cultural iberoamericana.

Lo que dice aquí Puiggrós (y la Izquierda Nacional de Ramos y Spilimbergo siempre compartió) es que cuando se recurre a esos argumentos, conciente o inconcientemente no se defiende, en realidad, las enseñanzas del Señor de Nazaret, sino el modo específico que asumió el cristianismo en América Hispánica, en ristre de las lanzas, picas y espadas de los señores de Castilla, en las encomiendas y mitas, en las humeantes llamaradas de la Inquisición, y en los segundones castellanos que aquí se integraban (”América o la horca”) al régimen señorial revitalizado por el oro americano.

En muchos de quienes plantean esa posición estamos ante una defensa indirecta del inmovilismo social bajo la forma de una idealización del sistema de encomenderos y curas reaccionarios.

Pero fue ese sistema, justamente, el que hizo necesario, entre otras cosas, que aparecieran movimientos como el peronismo para terminar con su pesada y triste herencia.

De donde nos parece un contrasentido filiar en los Austria al peronismo (y menos aún a toda construcción patriótica del campo latinoamericano).

Puiggrós demuestra, sin dejar lugar a dudas, que lejos de ser “monarcas españoles”, los Habsburgo fueron “monarcas universales”, impuestos al pueblo español por una conjura reaccionaria que lo obligó a sufragar los delirios césaropapistas de la retrógrada casa imperial, asfixió todas sus energías revolucionarias, lo redujo a la peor de las miserias, terminó intermediando entre los herejes que decía combatir y las riquezas americanas, y recién se hizo “española” cuando “España” pasó a ser sinónimo de “atraso” y “contrarrevolución”.

No hay idealización “culturalista” que pueda negar estos hechos básicos, concretos y quizás poco espirituales pero muy definitorios de la herencia de los Austria.

El General Perón no solo combatía la herencia de los Austria cuando se reía de los “piantavotos de Felipe II” (a los que, por lo demás, y con buen criterio, amparaba bajo su ala).

Lo hacía también cuando se veía obligado a reiterar que “en la Argentina hay una sola clase de hombres, los que trabajan”: allí estaba librando una batalla contra la perversa herencia rentística y antinacional que nos dejaron esos reyes en los cuales muchos desean filiar la quintaesencia de España e indirectamente de nuestra América.

Se trata, muestra Puiggrós, de un error de perspectiva histórica.

Desde la lucha contra la asunción de Carlos como rey de España, el alzamiento de las ciudades de Castilla, el incendio de Medina del Campo, y la derrota de Juan de Padilla y sus comuneros en Villalar hay dos Españas (y dos catolicismos) en pugna.

La independencia americana es un capítulo de esa lucha, y no será filiándonos -aunque sea por oportunista omisión- en el campo enemigo que podremos forjar las armas que la hagan definitiva: las oligarquías divisionistas están dispuestas a ampararse bajo el manto de cualquier poder con tal de mantenernos separados.

Incluyendo el del Vaticano y el de una religión segregada de las masas populares por el carácter conservador y reaccionario de su origen histórico.

Se puede diferir en varios aspectos secundarios con el planteo de Puiggrós.

Pero lo esencial, creemos, es que su obra permite encarnar en la vida real toda abstracción culturalista que tiende a diluir con una ideología orgánicamente conservadora el carácter necesariamente revolucionario de los movimientos nacionales en Iberoamérica.

En el fondo, el intelectual de origen stalinista Rodolfo Puiggrós estaba argumentando a favor de la… teoría de la Revolución Permanente.

Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro@fibertel.com.ar

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