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¿SE DEBE PACTAR CON LA MAFIA?

November 27th, 2003 · Post your comment (No Comments)

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Escribe Adrian Salbuchi

Hace algún tiempo escribí un artículo (disponible en nuestra página www.msra.com.ar) con el título “Argentina en manos de la mafia mundial” que, a la luz de lo que nos va ocurriendo, hoy mantiene total actualidad. Como describe detalladamente Héctor Giuliano en la segunda parte de este informe de “El Traductor”, el gobierno de Néstor Kirchner y su ministro de economía Roberto Lavagna nada hacen para resolver el problema de fondo de la Deuda. El Acuerdo firmado por el Gobierno con el FMI, sus declaraciones a menudo altisonantes, y las medidas que se apresta a impulsar parecieran ser parte de una ingeniería político-económico-financiero-mediática orientada a permitir y garantizar la continuidad de un sistema inícuo que conduce a la Argentina hacia la disolución social y territorial. Creemos entrever un incipiente gatopardismo que declama grandes cambios pero que, en definitiva, no cambia nada.

Esta pelicula ya la vimos…

Cuando Raúl Alfonsín y su orquesta típica de radicales tuvieron que raudamente meter violín en bolsa y lanzarse por la ventana del poder por allá por el mes de julio de 1989, tras un catastrófico idilio amoroso con las máquinas de imprenta de la Casa de Moneda que empapelaron al país de billetes inútiles, terminó entregándole la plaza – literalmente – a un nuevo gerenciador del poder supranacional del Nuevo Orden Mundial. Esa rara avis depredadora venía sin plan de gobierno alguno pero con un maletín lleno de instrucciones a medio traducir (del inglés, se entiende): me refiero obviamente a Carlos Menem.

Es que para ese entonces, don Raúl ya había cumplido con su rol destructivo. Había dañado nuestro sistema educativo, bastardeado las instituciones, exacerbado todo tipo de revanchismo, profundizado la destrucción de las fuerzas armadas y banalizado la cultura, transformando a todas en grotescas caricaturas de sus legítimas esencias.

Pero el trauma hiperinflacionario, los disturbios y saqueos callejeros y la inseguridad habían calado hondo en el imaginario colectivo argentino y Carlos Menem en 1989 tenía prácticamente un cheque en blanco que le daba el pueblo para hacer lo que quisiera. ¡Y vaya si lo hizo! Pues, ahí se inició la siguiente etapa de debilitamiento y desconstrucción (para usar el vocablo que hoy utilizan los centros de poder mundiales como el Council on Foreign Relations cuando piensan en nosotros) del Estado Nacional.

Fuertemente apoyado por los multimedia, las corporaciones multinacionales, los “capitanes de industria” locales, y los opinólogos de siempre, Menem se dedicó a “privatizar” a diestra y siniestra. Al tiempo que mataba la industria local, descapitalizaba aún más la infraestructura estratégica y social del país, impulsaba una dolarización encubierta a través de la “convertibilidad” de Cavallo (diseñada desde el Cato Institute de los Estados Unidos), Menem y Cavallo endeudaron al país en cifras catastróficas, irreales, imparables e impagables.

El “cartel” de la usura…

En verdad, la función económica de la dupla Menem-Cavallo tuvo ciertas semejanzas con la que cumplen los narcotraficantes, salvo que en lugar de ser pushers de cocaína y heroína, comercian con “bonos Brady”, megadeudas, mega-canjes, blindajes, memorandums de entendimiento y la mar en coche. Al igual que el narco y sus distribuidores locales buscan que su víctima se haga adicta a la droga para luego tenerlo como “cliente hasta la muerte”, el usurero y sus agentes locales buscan el mismo efecto: a través de la adicción financiera tener “clientes hasta la muerte”. Esto es más viejo que la Biblia y que el proverbial Mercader de Venecia shakespeareano…

Así, cuando en los años noventa la Argentina necesitaba endeudarse año a año, mes a mes, semana a semana, día a día, los “traficantes” locales - Menem-Cavallo - representaban la garantía para que los proveedores de Nueva York y Londres hicieran que “la merca” siempre estuviera disponible; que los fondos siempre fluyeran. Mientras tanto, una parte (chiquita por cierto) de la población festejaba con pizza y champagne y los George Soros, Kissingers, Rockefellers, Rhodes, Bradys, Mulfords y sus amigos en el Council on Foreign Relations y la Americas Society quedaban ampliamente satisfechos. Bien sabían que el día que dejara de fluir “la merca”, Argentina – adicta absoluta a la usura internacional – sufriría el shock de la abstención, que a la larga la llevaría a una suerte de “paro cardiorrespiratorio” político-social.

Tan hábil fue “el Turco” que cuando esa amenazante crisis – esa bomba de la deuda pública que algún día tenía que explotar – finalmente explotó, ya la gerencia general del país había pasado de sus manos para ubicarse durante un ratito en las del inefable e incorregible Fernando De la Rúa, quien - aún hoy – se debe estar preguntando qué diablos pasó… Desde luego que Fernando jamás en toda su vida lo averiguará.

El propio Cavallo demostró (¡una vez más!) su torpeza pues cuando esa “bomba de deuda” estaba lista para explotar – por allá por Marzo 2001 – no se le ocurrió nada mejor que venir corriendo de la mano de David Rockefeller, William Rhodes y Nicholas Brady, a exigirle a De la Rúa que lo dejara a él “hacerse cargo” de la situación…. Y la bomba de la deuda le explotó al genial alumno de Harvard oriundo de San Francisco, Córdoba en las manos… Pero, no importa: hoy sus amigos en el CFR y en la Trilateral Commission (de la que es uno de los cuatro únicos miembros latinoamericanos) lo han premiado con prestigiosa cátedra en la New York University, dónde dicta doctas clases para futuros gerenciadores del Nuevo Orden Mundial.

Menem supo maniobrar a lo largo de más de diez años seguidos pateando la deuda para delante, siempre para adelante. Así de los 64.000 millones que le dejó Alfonsín en 1989, la llevó a más de 150.000 millones que le entregó a De la Rúa en 1999. Lo que sobrevino después lo conocemos todos demasiado bien pues hay una ley de hierro que dice que toda bomba activada termina por explotar.

Con el reciente Acuerdo con el FMI, pareciera que el Dr. Kirchner, inspirado en su compañero partidario Menem, hace exactamente lo mismo: no resuelve el problema de la deuda, la aumenta irresponsablemente y patea el tema para adelante. Supuestamente, para que le “explote” a algún otro gil (léase, un futuro presidente o gerenciador del Nuevo Orden Mundial – en Argentina, es lo mismo) o – al menos – para tener tiempo para preparar una “nueva” renegociación en el 2007 (en que se la pateará para adelante una vez más, obviamente), cuando afloren las previsibles ambiciones re-eleccionarias. Pero no nos engañemos. La bomba sigue activa, la bomba está cada vez más grande, la bomba tiene la mecha encendida y esa mecha está vez más cortita. La bomba estallará.

Una ingenieria financiera planetaria

Recuerdo que en 1982, cuando México entró en default, la revista estadounidense “Time” sacó en su portada el dibujo de una bomba explotando en que la onda expansiva eran las banderas de todos los países latinoamericanos, anunciando urbi et orbi que “The Latin American Debt Bomb has exploded” – la bomba de la deuda latinoamericana ha explotado. Al año siguiente – Agosto de 1983 para ser precisos – el eterno David Rockefeller (cabeza del imperio petrolero Exxon y financiero Chase Manhattan, presidente vitalicio de la Trilateral Commission y del Council on Foreign Relations - CFR), le pidió a Sir Henry Kissinger (CFR y Trilateral) que preparara un plan para desactivar esta amenazante “bomba”, o al menos reorientar su previsible onda expansiva…

Sir Henry, muy solícito, recurrió al expertise de un alto directivo de la Banca Morgan – Alan Greenspan (director del CFR quien luego, en 1987 y hasta nuestros días, se convirtió en Gobernador del Banco de la Reserva Federal de los EEUU) – para que, como técnico en ingenierías financieras, diseñara un mecanismo sólido y consistente para lograr ese objetivo.

Las conclusiones de Alan Greenspan no se hicieron esperar: los países endeudados de nuestra región jamás podrían pagar sus deudas con los bancos internacionales. ¿Qué hacer entonces? Simple: transformar esas acreencias en “bonos de deuda” y con los mismos comprar todas las empresas públicas y riquezas nacionales, particularmente el petróleo, la minería y los servicios públicos estratégicos. El resto se lo iría reconvirtiendo en atomizados bonos soberanos (los luego famosos Bonos Brady).

Ahora bien, Greenspan aclaró entonces (estábamos a mediados de 1983), que otros países como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, estaban en manos de gobiernos militares siempre reacios a modificar leyes fundamentales que hacen a la soberanía y que deberían cambiarse para promover esta vasta reingeniería continental. Pero, he aquí que ya soplaban vientos democráticos en el continente, por lo que Greenspan sugirió que se llevara el proceso adelante con planificación a mediano y largo plazos, posicionando a gerenciadores locales adecuados cuyos servicios serían invaluables. Llevaría un poco de tiempo, pero al final, por imperio de las circunstancias y por el permanente aumento de esas deudas, se llegaría a feliz puerto…para las estructuras del poder del Nuevo Orden Mundial que saben desde siempre que reingenierizar el planeta entero es trabajo de muchas décadas. Están acostumbrados a planificar y operar en marcos temporales muy amplios.

A este nuevo concepto se le dio un nombre atractivo: privatizaciones. Años después, a partir de 1990, la Argentina de Menem y Cavallo se transformó en el mejor y más disciplinado discípulo de esta doctrina, acompañados de entusiastas aplausos del FMI, las corporaciones multinacionales, el Banco Mundial, los bancos privados supranacionales y los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, y sus Estados vasallos como España. En verdad, éramos muy populares entonces los “Argentinos del primer mundo y aliados extraterritoriales de la OTAN”. Todos nos aplaudían: los gurúes del management, los inversores golondrina, los usureros de George Soros, John Reed y William Rhodes, George Bush padre, Clinton, Warren Christopher, Gaith Pharaón, Amalita y los pícaros capitanes de industria locales… Era todo un zoológico de poder mundial y local el que nos acompañaba con ruidosos vítores.

Pero a medida que el tiempo pasaba, la deuda pública Argentina se hizo demasiado pesada y los fundamentos de la Nación empezaron a crujir, resquebrajarse y, a fines de los noventa, los números ya no cerraban. Para nada. Llegados al 2000, mientras de la Rúa no tenía idea qué hacer, los intelectuales y reingenierizadores del Nuevo Orden Mundial comenzaron a deslizar un nuevo concepto: ya no se trataría de privatizar empresas públicas, sino de privatizar el territorio; de avanzar hacia el canje de deuda externa por territorio.

Para lograrlo, sería preciso aumentar la deuda más y más y más, tal como lo hicieron de la Rúa y Cavallo a lo largo del 2001 hasta que se terminó chupándo el 25% del PBI; hasta que absorbió todo el presupuesto nacional, hasta que incautó los ahorros de toda la población - corralitos y corralones mediante.

Así llegamos al default de Diciembre 2001, iniciándose una brutal etapa (año 2002) de insultos, presiones, basureos, desprecios y empujones hacia nuestro país. Nos patearon como si fuéramos parias pero, extrañamente, nos “toleraron”. Lo toleraron a Duhalde-Remes-Lavagna. Y no es para menos, pues con la devaluación del 2002, la deuda externa dolarizada se triplicó en pocas semanas, haciéndose aún más impagable. Y, ya hoy, la propuesta surge clara y nítida y se nos presenta peligrosamente ante nuestras propias narices: algún día pronto, tendremos que pagarle a la usura supranacional sus bonos y papelitos de “deuda” (virtual, que sólo existe en los discos rígidos de una infernal red planetaria de computadoras bancarias), entregándoles a cambio hermosos, vastos, concretos, bellos y sagrados territorios argentinos: la Patagonia, Jujuy, Misiones, Formosa, Mendoza…

A muchos, no les importará demasiado; total, mientras retengan sus country en Pilar o sus lofts en Puerto Madero y puedan seguir cenando en Recoleta… Así son las cosas en la Gran Babilonia del Plata…

Notablemente, este acuerdo con el FMI que acaban de firmar Kirchner y Lavagna, se realiza con los mismos entornos y la misma gente que ha cometido y sigue cometiendo los mayores fraudes y no solo en la Argentina, sino en todo el mundo, aún en los Estados Unidos: ahí tenemos la mafia de guantes blancos de Enron (su cabeza Kenneth Lay, hombre de la Trilateral Commission de Rockefeller, íntimo de Bush padre e hijo, y del vicepresidente Dick Cheney de Halliburton), WorldCom, CitiCorp (cuya cúpula encabezada por William Rhodes, John Reed, Robert Rubin y Sanford Weill es Trilateral y CFR hasta los tuétanos), JP Morgan Chase Manhattan (entornos Rockefeller/Kissinger/Morgan/Schiff; logró imponernos a un funcionario suyo – Alfonso Prat Gay – como presidente del Banco Central a instancias del gobernador del muy real Bank of England), el entorno del New York Stock Exchange (la bolsa de valores de Estados Unidos cuyo hasta hace poco presidente, Richard Grasso, debió renunciar escandalosamente cuando se descubrió que cobraba un sueldito de U$S 180 millones al año y quién hace pocos años se abrazó en Colombia con el tesorero de las FARC. Grasso ha sido reemplazado por el ex-No. 1 de CitiCorp y hombre del CFR, John Reed…como se verá, todo queda en “la Familia”).

Notablemente, el Gobierno Kirchner sigue jugando al “fútbol financiero”, pateando la pelota bien para adelante pero no contra el arco enemigo sino contra el propio. Kirchner-Lavagna están metiendo un flor de gol…..pero en contra. ¿Se darán cuenta? Más importante aún: ¿Se da cuenta el pueblo argentino?

Lo que hace falta: llamar a las cosas por su nombre

Lo que Argentina necesita imperiosamente es una investigación a fondo de la deuda pública externa e interna, con el fin de identificar aquella parte de la misma – muy importante por cierto – cuyos orígenes son comprobablemente ilegítimos. Y si esa investigación luego demuestra que, en verdad, una parte importante es fraudulenta, entonces dejemos siquiera de referirnos a ella como “deuda”. Llamémosla por su verdadero nombre: fraude.

Y un pueblo victima de un fraude – por más que sea de guante blanco y por más que venga con las amenazas de la mafia de Bush, o la de Soros, o la del Citicorp de William Rhodes, o de la Bolsa de Nueva York de Richard Grasso, o la de Kissinger/Rockefeller, o del los chicos de la Tercera Vía de Blair-Clinton-Schroeder-Felipillo –, debe defenderse y no solo no pagar ese fraude, sino exigir una indemnización. Esto hay que investigarlo, ordenarlo, informarlo al mundo entero; hacer nuestro propio esclarecimiento; hacer nuestro propio lobby.

Existe toda una artillería jurídica, política y mediática para llevar esto adelante. Es difícil, es complejo, es arriesgado, demanda esfuerzo, “sangre, sudor y lágrimas”. Habrá que pelearla, habrá que negociar, avanzaremos cuatro pasos y retrocederemos dos. Esto es una guerra y el Enemigo no es un bebé de pecho: es una mafia inmoral, perversa que ha copado muchos resortes de poder mundial. Pero no todos, por eso, hay que pelearla. Porque es necesario.

Pues, como bien ha dicho Giuliano en otros escritos, la Argentina tiene dos opciones:

· organizar la economía en pos de la producción y el bienestar de nuestro pueblo, o bien

· organizarla para pagar religiosamente y sin investigar, la deuda externa aún a sabiendas que en gran parte es ilegítima, inmoral – incluso fraudulenta.

Para que lo primero sea factible, antes debemos tener un Gobierno Soberano en la Casa Rosada, en lugar de los meros gerenciadores sumisos que venimos sufriendo desde hace treinta años – a veces más vociferantes, a veces menos – pero gerenciadores del poder e intereses del Nuevo Orden Mundial, al fin.

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