Por Nestor M. Gorojovsky
Muchos creen que la actual tragedia del Medio Oriente se debe a que la derecha gobierna en Tel Aviv. Quienes pensamos que el problema no es de izquierda y derecha sino de sionismo y lucha antiimperialista podríamos recordar que Amir Peretz, el Ministro de Defensa (nada menos) de Israel, el tipo que tiene que firmar todas las órdenes fundamentales vinculadas a la ocupación y masacre del Líbano, es un hombre de izquierda.
Pero con esto no alcanza para demostrar demasiado, porque podría tratarse de un traidor individual. Así que me parece oportuno recurrir a una demostración más contundente.
Jim Farmelant, un marxista judío antisionista de los EEUU, rescata un revelador texto del líder sionista burgués, admirador del Duce, y antisocialista Zeev Yabotinski, en cuya vida y obra se inspiran las corrientes sionistas que terminaron formando el Likud (partido de Beguin, Sharón, etc.). Y que hoy han terminado por triunfar sobre las ilusiones del sionismo de izquierda (cargándose en el camino nada menos que a Itzjak Rabín).
Yabotinski tenía la inmensa virtud de hablar claro. Traduzco el correo entero, porque tanto los dichos de Yabotinski como los comentarios de Farmelant valen la pena.
Farmelant comenta la siguiente afirmación, de otro miembro de la lista Marxism: -Los más puros sionistas de izquierda retroceden horrorizados ante la imagen que les devuelve el espejo… producto de su afecto remanente por un sionismo idealizado y las desagradables asociaciones políticas que eso les impone.
El texto de Yabotinski, además, presenta en toda su magnitud la complejidad del fenómeno sionista. Porque este hombre, que ahora vemos que representaba el proyecto sionista en su máxima pureza, era en los tiempos en que planteaba estos asuntos, el líder de una minoría despreciada por la conducción sionista, un paria dentro de un orbe cultural que pensaba estar cumpliendo una tarea que favorecía la marcha global del socialismo, y que pensaba que se podía arrebatar la tierra a un pueblo por métodos civilizados.
Por supuesto, esto era una ilusión. Y el loco minoritario que lo denunciaba, finalmente, triunfó sobre quienes -sin saberlo- hacían exactamente lo contrario de lo que creían estar haciendo. Yabotinski predicaba la guerra contra los árabes porque, a diferencia de los laboristas, él sí respetaba al pueblo árabe. No tenía ilusión alguna, ni socialista, ni progresista, ni humanitaria. Quería ocupar Palestina y no temía el juicio histórico porque carecía de todo interés por los seres humanos que debería liquidar para lograrlo. Los sionistas de izquierda, por mayoritarios que fueran, coincidían con la aspiración de Yabotinski a ocupar la tierra de los palestinos, pero retrocedían ante sus conclusiones. Más tarde o más temprano, se verían obligados a abandonar el sionismo o abandonar el izquierdismo. Y vaya si lo hicieron.
Es que las relaciones objetivas en que los seres humanos se relacionan entre sí (en este caso, inmigrantes judíos y nativos árabes) terminan por definir qué es lo verdadero y qué es lo falso del universo de ideas con que intentan hacer su vida sobre la faz de la Tierra.
Pocas veces se ha visto mejor confirmada la tesis hegeliana de que -Todo lo racional es real, y todo lo real es racional, en el sentido que explica Engels: que con el desarrollo histórico de los acontecimientos se va revelando la racionalidad interna de aquello que los hombres hacen, más allá de lo que ellos crean estar haciendo.
Los dejo con el judío norteamericano, amigo y compańero revolucionario Jim Farmelant: [...] -En especial los sionistas laboristas lograron sembrar entre los progresistas (y en modo alguno solo entre los judíos progresistas) la ilusión de que el proyecto sionista era compatible con valores e ideales progresistas, incluso socialistas. Así, se afirmaba que el apoyo al sionismo era compatible con el apoyo al anti-imperialismo, algo que a todas luces carece de sentido alguno.
Pocos de los sionistas iniciales comprendían al menos a medias cómo resultarían finalmente las cosas. Uno de ellos fue el padre intelectual del sionismo revisionista, Ze’ev Yabotinsky.
En su ensayo La Muralla de Hierro (versión en inglés planteaba, entre otras cosas, en http://www.saveisrael.com/jabo/jabowall.htm), que los sionistas se aliarán con los imperialistas de Occidente (en sus tiempos, Inglaterra, Italia y Francia) para oponerse a las aspiraciones nacionales de los árabes y otros pueblos del Medio Oriente.
Escribió:
Traducción de Néstor Gorojovsky,
para uso personal
-Solo podemos dar dos cosas: dinero o ayuda política, o ambos. Pero no podemos ofrecer ninguna de ellas. Dinero?
Es ridículo suponer que podríamos financiar el desarrollo de Iraq o Arabia Saudita, cuando ni siquiera nos alcanza para la Tierra de Israel. El apoyo político a las aspiraciones árabes es diez veces más ilusorio.
El nacionalismo árabe se plantea los mismos objetivos que el nacionalismo italiano previo a 1870 y el polaco de antes de 1918: unidad e independencia
Estas aspiraciones implican la erradicación de todo rastro de influencia británica sobre Egipto e Iraq, la expulsión de los italianos en Libia, la eliminación de la dominación francesa en Siria, Túnez, Argelia y Marruecos.
Para nosotros, apoyar un movimiento así sería un suicidio y una traición.
Aún dejando de lado el hecho de que fue Inglaterra la que firmó la Declaración Balfour, tenemos que recordar que Francia e Italia la firmaron también. No podemos ir intrigando para sacar a Inglaterra del Canal de Suez y del Golfo Pérsico, ni para liminar el dominio colonial francés e italiano sobre territorio árabe.
Es un doble juego que no podemos tener en cuenta bajo ningún concepto.
-Llegamos entonces a la conclusión de que no podemos prometerle nada
a los árabes, ni de la Tierra de Israel, ni de los países árabes. Su acuerdo voluntario está totalmente fuera de discusión. Por lo tanto, los que afirman que semejante acuerdo con los nativos es una condición esencial del sionismo pueden decirnos ya mismo que no, y abandonar el sionismo.
La colonización sionista, aún la más restringida, tiene que terminar, o llevarse a cabo desafiando la voluntad de la población nativa. Por lo tanto, solo puede continuar y desarrollarse bajo la protección de una fuerza independiente de la población local: una muralla de hierro que la población nativa no pueda atravesar.
-En suma, ésta es nuestra política hacia los árabes.
-Formularla de cualquier otra manera sería simple hipocresía.
Yabotinsky no se iba con vueltas.
También dejó en claro, en el mismo artículo, que la oposición árabe al proyecto sionista no tenía nada de irracional.
Desde su perspectiva, tenían todo el derecho a oponérsele, porque amenazaba necesariamente sus propias aspiraciones nacionales. Decía:
-Para todo pueblo nativo -civilizado o salvaje, tanto da- su país es su hogar nacional, del cual siempre serán los seńores indiscutidos. No permitirán, voluntariamente, no ya un nuevo amo, sino ni siquiera un nuevo socio. Y lo mismo pasa con los árabes.
Aquellos que entre nosotros buscan un compromiso tratan de convencernos de que los árabes son una especie de tontos a los que se puede engańar presentando nuestros objetivos de un modo edulcorado, o una tribu codiciosa que nos dejará su herencia palestina a cambio de beneficios culturales y económicos. Rechazo de plano esta evaluación de los árabes de Palestina.
Culturalmente, están 500 ańos detrás nuestro, espiritualmente carecen de nuestra resistencia y fuerza de voluntad, pero allí se terminan las diferencias.
Podemos hablar cuanto queramos sobre nuestras buenas intenciones; pero comprenden tan bien como nosotros qué les conviene y qué no les conviene.
Aman a Palestina con el mismo amor fervoroso que tenían por México los aztecas, o los Sioux por sus praderas. Pensar que los árabes consentirán voluntariamente en la efectivización del sionismo a cambio de los beneficios culturales y económicos que podamos traerles es infantil.
Esta fantasía anińada de nuestros arabófilos nace de una especie de desprecio por el pueblo árabe, de una idea carente de todo fundamento: que esta raza es una turba lista para ser coimeada, capaz de entregar su país por una red ferroviaria.
Yabotinsky, creo, tenía mucha razón en sus apreciaciones, y lo sucedido en los últimos ochenta y tres ańos no hicieron sino demostrar la validez de sus análisis. Donde se equivoca es en su fe en la viabilidad de un colonialismo permanente: claramente, creía que el sionismo era una especie de proyecto colonialista.
El éxito del proyecto sionista, para él, exigía apoyo de las potencias imperialistas (en vida, Yabotinski dedicó mucho tiempo al cultivo de apoyos entre los ingleses, luego los italianos, y después otra vez entre los ingleses)
Hoy, este papel lo juegan los EEUU. Por lo tanto, apoyar al sionismo es apoyar al imperialismo y al colonialismo.
Esto era cierto en 1923 , y sigue siendo cierto ahora, como podemos ver en las noticias que nos llegan tanto de Iraq como del Líbano.
El Correo-e del autor es Néstor M. Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar


