Mónica G. Prieto
BAGDAD.- Mohamed empezó a matar con 16 años. Antes era un chico tan normal –o tan anormal- como cualquier adolescente iraquí: criado durante el embargo, cuando la invasión desestabilizó su país cambió las aulas compartidas con cristianos, chiíes y kurdos por la educación sectaria que le proporcionó la realidad en las calles de Al Dora, el conflictivo barrio donde siempre ha vivido. Era cuestión de tiempo que Mohamed, de rostro adolescente y mirada esquiva, empuñase un arma. Y en enero de 2005, un crimen le enfrentó a su destino.
Eran días muy duros, en los que cada atentado contra chiíes era respondido con oleadas de secuestros y ejecuciones de suníes y en los que los combates en algunos barrios mixtos obligaban a los vecinos a vivir atrincherados. Un tío de Mohamed desapareció en las calles de Al Dora, un barrio mixto. Omar, el hermano mayor del muchacho, y su primo Muthana fueron a buscarlo.




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