David Jiménez
SHENZHEN (CHINA).- Zheng Zhen no siempre sabe quién o desde dónde, pero está seguro de que le están observando. En la avenida Binhe que le lleva a su trabajo como técnico de informática, en el parque cuando lleva a pasear a su hijo de tres años o al entrar en el portal de su casa. “Si tuviera una amante, el Gobierno lo sabría”, asegura Zheng señalando una de las cámaras situadas en lo alto de un poste junto a su vivienda. Son un total de 220.000 las que vigilan e identifican a todos los ciudadanos por las facciones de su rostro.
Poco a poco, cámara a cámara, Shenzhen ha ido cayendo en manos de un omnipresente ‘Gran Hermano’. No se trata de la frivolidad de los programas de televisión de moda o de la revelación de las intimidades de aspirantes a la fama instantánea.
Detrás del objetivo que observa a los 12 millones de habitantes de esta capital financiera del sur de China se encuentra la mayor y mejor organizada dictadura del mundo. Desde ahora, armada con las últimas tecnologías.
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