Vincenzo Vinciguerra
El 23 de septiembre, en Berlín, el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, anota en su diario: “ Indudablemente el viejo Hindenburg tenía razón cuando dijo que ni siquiera Mussolini conseguiría nunca que los italianos fueran otra cosa que italianos”.
Los hechos le daban la razón.
Benito Mussolini había sido defenestrado mediante un golpe de Estado institucional, encomendado a las Fuerzas Armadas, impuesto por Víctor Manuel III y los fascistas no se habían rebelado.
El Duce había sido abandonado y traicionado por su fieles que habían descubierto, por afortunado coincidencia, que antes de la “facción” (el fascismo) estaba la Nación representada por la Casa de Saboya y por el nuevo presidente del Gobierno, el mariscal Pietro Badoglio.
Llegó, después, el 8 de septiembre de 1943.
Los enemigos se convirtieron en “aliados” y los aliados en enemigos a los que arrojar del territorio italiano que “ocupaban” indebidamente, mientras que los primeros de ocupantes pasaron repentinamente a “liberadores”.
La traición cometida por Víctor Manuel III y por los mandos militares dividió Italia en dos mitades, pero en su inmensa mayoría, los italianos permanecieron unidos a la espera de saber quién vencería.
La retórica del neofascismo post-bélico que ha querido ver enrolarse en el ejército republicano a 800 mil hombres, bajo las enseñas de la República social italiana, no resiste al examen de la realidad de la época, con millares de oficiales que se adhirieron a la RSI para no ser deportados a Alemania y poder embolsarse los sueldos que el gobierno de Mussolini les pagaba.
La verdad afirma que los fascistas, en la República de Salò, fueron una minoría, hostigada y combatida por todos los demás elementos políticos y militares que eran republicanos por necesidad, sólo porque se hallaban más acá de la Línea Gótica.
Y serán estos elementos los que reivindiquen, en la posguerra, su adhesión a la “Salò tricolor” contrapuesta a la “Saló negra”, la de Alessandro Pavolini y la de las Brigadas negras, la de la Legión autónoma “Ettore Muti” y de las tropas destacadas en primera línea en la guerra anti-partisana.
Y la “Saló tricolor” contrapuesta a la “negra” no es más que la nueva propuesta de la “Nación” enfrentada a la “facción”, que había servido ya como pretexto a los fascistas del 25 de julio para ponerse a disposición del mariscal Pietro Badoglio, como Ezio Maria Gray, futuro senador del MSI, entre otros muchos.
La mala fe de aquellos, entre ellos Giovanni Volpe y Alfredo De Marisco, no por casualidad se encontraba este último entre los traidores del 24-25 de julio de 1943 durante la votación del Gran Consejo fascista que determinó la caída de Benito Mussolini, que quisieron separar Italia del fascismo es patente.
Desde el 28 de octubre de 1922 no existió Italia, de una parte, y el fascismo, de la otra. Existió sólo la Italia fascista, la que consiguió unificar a todos los italianos, comunistas incluidos, con la Guerra de Etiopía, aquella que entró en guerra el 10 de junio de 1940 para reivindicar su papel preeminente en la cuenca del Mediterráneo.
Y es el fascismo el que, el 8 de septiembre de 1943, retomó las armas junto a los aliados alemanes para reivindicar el honor de Italia, reorganizando el Estado y las Fuerzas armadas, restituyendo a Italia la dignidad que la monarquía y los mandos militares le habían robado.
Así, la pretensión de que junto a la Saló fascista había convivido una “saló tricolor” apolítica o, incluso, a-fascista o antifascista es falsa, utilizada instrumentalmente por aquellos que el 26 de abril de 1945 se habían pasado rápidamente a los vencedores tomando distancias de los fascistas y del fascismo.
Las traiciones del 26 de abril de 1945 equivalen a las del 25 de julio y del 8 de septiembre de 1943 porque solo hombres sin criterio y sin dignidad personal podían estrechar la mano a los vencedores cuando todavía yacían insepultos los cadáveres de los italianos muertos bajo los bombardeos aéreos y otros continuaban muriendo ante los pelotones de ejecución y ante sus aliados partisanos.
En realidad, la “ Saló tricolor” comprendía a aquellos que durante la República social italiana habían representado los intereses del Reino del Sur y de los aliados como el príncipe Junio Valerio Borghese que se había sumado a la RSI para oponerse a los fascistas hasta el punto de tramar un posible golpe de Estado que arrojase a Benito Mussolini del liderazgo del gobierno republicano.
Los militares que se han sumado a la RSI no han forman parte de un ejercito “apolítico”, después declarado instrumentalmente tal, porque había sido el propio Mussolini, estando presente el mariscal Rodolfo Graziani, en dejarlo claro en el transcurso de una reunión en Gargano el 28 de enero de 1944, con los comandantes regionales:
“La obligación de abstenerse de toda actividad política –había dicho el Duce- no significa indiferencia o agnosticismo. El juramento de fidelidad a la República significa no solo adhesión a la nueva forma política del Estado, SINO ADHESIÓN AL CONJUNTO DE LAS DOCTRINAS DEL FASCISMO, QUE DAN VALOR Y CONTENIDO HISTÓRICO A LA REPÚBLICA. También los signos exteriores tienen su importancia, como indicadores de un orientación precisa.El saludo, manifestación de la disciplina y de la jerarquía, será siempre descubriéndose o no, el romano; los galones serán sustituidos por un gladio romano rodeado de una orla de roble o de laurel”.
Ejército fascista, por consiguiente compuesto de oficiales y suboficiales que se adherían sin reservas al fascismo del que adoptaban incluso los símbolos exteriores: saludo romano y gladio.
Muchos de ellos ingresarán, posteriormente, en las Fuerzas armadas de las República democrática y antifascista y en ellas harán carrera hasta el grado de general de brigada.
Su presencia en las Fuerzas armadas y de policía nacidas con la Resistencia contribuirá a crear en el fascismo posbélico la ilusión de poder contar con “camaradas” de uniforme, olvidando que precisamente estos habían traicionado jurando primero fidelidad a la monarquía, después al fascismo y por último al antifascismo y cuyo elástico “honor” les hubiera permitido traicionar una cuarta vez si fuera necesario.
Lamentablemente, para nosotros y para Italia, el Tribunal Supremo rechazó, el 26 de mayo de 1954, la demanda de Junio Valerio Borghese para ser “rehabilitado” y poder ingresar en las filas de la Marina de guerra porque en tal caso habrían tenido una almirante más y un “subversivo de Estado” menos, ahorrándonos equívocos y lutos de los que todavía el país paga las consecuencias.
Quienes reingresan plenamente en la vida política y militar de la República nacida del 8 de septiembre de 1943 y del 25 de abril de 1945, no son pues los exponentes del fascismo sino aquellos de la presunta “Saló tricolor” que habían traicionado al fascismo cuando todavía estaba en curso la Segunda guerra mundial.
Son ellos, expertos en el doble juego y en la traición, los que monopolizan e instrumentalizan la base fascista, carente de figuras de prestigio, ilusionándola con una posible revancha gracias al apoyo de los “cuerpos sanos” del Estado contrapuesto a un régimen “corrupto y corruptor”.
Son los protagonistas de la inexistente “Saló tricolor” los que reivindican el patrimonio ideal de la República social italiana y del fascismo, “orden de creyentes y de combatientes”, para trasformarlo en una vanguardia exclusivamente anticomunista y en la “guardia blanca” de la burguesía temerosa de la embestida comunista.
Son ellos los que entregan a los jóvenes y jovencísimos neofascistas italianos en las manos del Estado antifascista y de sus aliados internacionales para convertirlos en fuerza de choque contra el comunismo nacional e internacional, la “carne de cañón” que enviar al combate bajo las ordenes de los enemigos internos y externos del fascismo.
La necesidad de detener la “marea roja” y de evitar que Italia pueda caer en las manos del comunismo, justifica el progresivo enrolamiento de los jóvenes neofascistas en las estructuras secretas del Estado y la integración del Movimiento social italiano dentro del aparato paramilitar predispuesto por el régimen democristiano y de los servicios de seguridad anglo-americanos de signo anticomunistas.
El Movimiento social italiano nació como grupo de enlace entre ex combatientes, al servicio de los intereses de la Democracia cristiana, de la Confindustria, del Vaticano, de las Fuerzas armadas y de los americanos que serán, en la persona de James Jesús Angleton, los patrocinadores de la aventura missina.
Para subrayar su papel de fuerza “patriótica”, ajena a la ideología fascista, los promotores del Movimiento social italiano truecan el nombre y el símbolo del Movimiento social francés que, precisamente, tiene por emblema una llama tricolor.
Pero en esos tiempos confusos, los jóvenes que formarán la base del nuevo movimiento no están en disposición de distinguir que incluso en el nombre y en el símbolo el Movimiento social no tiene nada que ver con la Italia fascista.
El engaño se torna más sencillo no solo por la particular perfidia de Giorgio Almirante, Arturo Michelini, Biagio Pace y compadres sino también por la obtusa propaganda socialcomunista que lo identifica como movimiento fascista y exige rápidamente su disolución.
Si gran parte de los fundadores del Movimiento social están vinculados a los servicios secretos americanos, los hombres de la Decima Mas, al mando de Junio Valerio Borghese que, desde la prisión, sigue dirigiéndolos como auxiliares del servicio secreto de la marina comandado por el capitán de navío Agostino Calosi.
No produce asombro, por lo tanto, que Sergio Nesi, oficial de la Decima Mas, ya el 25 de abril de 1945 firme con los americanos el compromiso de retomar las armas en el caso de una guerra contra la Unión soviética, ni que Tullio Abelli, también él ex combatiente de la Decima Mas, sea hallado por la policía, en Turín, el 28 de octubre de 1946, “en posesión de un documento emitido por la 315 Field Security section intelligence corps que atestigua su calidad de informador de la policía aliada”.
Abelli será uno de los fundadores del Msi en Turín y llegará a ser vicesecretario nacional del partido.
La prueba que, bajo el máximo secreto, los aliados no consideraran a Pino Romualdi, Junio Valerio Borghese y camaradas como “fascistas”, lo demuestra el hecho de que quien suministra del explosivo a los israelíes para cometer el atentado contra la embajada británica en Roma, el 31 de octubre de 1946, será Pino Romualdi.
Resulta dudoso que los israelíes establecieran contactos con el exvicesecretario nacional del Partido fascista republicano, si no hubiesen tenido respecto a él pruebas suficientes de su lealtad a la causa antifascista, maduradas durante el bienio 1943-45.
Con semejantes referencias no maravilla que Pino Romualdi se convierta en vicesecretario nacional y presidente del Movimiento social italiano- Derecha nacional.
Y será también un oficial de la Decima Mas, Fiorenzo Capriotti, el que hunda en Gaza al buque insignia egipcio “El Mir Farouk”, el 25 de octubre de 1948, al mando de un grupo incursor de submarinistas israelíes adiestrados por oficiales de la Decima bajo supervisión del capitán de navío Agostino Calosi y de Junio Valerio Borghese, que mantendrá con Israel una relación privilegiada hasta su muerte, el 27 de agosto de 1974.
También Fiorenzo Capriotti era un elemento destacado del Movimiento social italiano.
Florecerán, después, a partir de la primavera de 1946, formaciones paramilitares dirigidas por oficiales de las tres Armas (Ejército, Aviación, Armada) provenientes de las filas del ejército badogliano que consiguen integrar entre sus propias tropas a ex partisanos “blancos” y neofascistas unido por el odio al comunismo.
La más conocida de estas formaciones es la “Armata italiana della libertà”, fundada en la primavera de 1946 por el coronel de Aviación Ugo Musco, que entregará a la embajada americana el listado de los miembros del comité central de la organización, casi todos ellos generales y almirantes en la reserva y en servicio de impecable currículo antifascista.
Por lo demás, serán los dirigentes del Movimiento social italiano los que pongan [a sus militantes] al servicio del Estado mayor del ejército, el 18 de abril de 1948, quedando encuadrados en el Arma de carabineros como en Milán donde, cuatrocientos de ellos, esperarán dentro de un cuartel el desarrollo de los acontecimientos prestos a intervenir contra los “rojos”.
Tres años después del final de la guerra, los jóvenes combatientes de la República social italiana, engañados por sus jefes y por una propaganda tan obsesiva como falsa sobre el peligro de una revolución comunista en Italia, son llamados a combatir y a morir por el Papa y por Washington, por Israel y la Confindustria, por el oro contra la sangre.
El neofascismo de servicio secreto nació para ellos en la inmediata posguerra cuando, en nombre de una guerra anticomunista que no existiría nunca, entrarán a formar parte de estructuras secretas del Estado antifascista encargadas de defender la existencia de este último y de representar los intereses de los aliados vencedores.
¿Cuántos de estos frustrados combatientes anticomunistas del 18 de abril de 1948 encontrarán posteriormente normal, incluso necesario, continuar colaborando con los servicios secretos militares y civiles, con el Arma de carabineros y la Policía? Muchos, decididamente demasiados vestirán las prendas de informadores y confidentes de los aparatos de seguridad tomando ejemplo de sus jefes que están perfectamente integrados en el sistema desde el día que fundaron un partido de nombre y de símbolo franceses para servir a los intereses americanos, vaticanos e israelíes.
Cuando, tras la aventura de Ferdinando Tabroni, en la primavera-verano de 1960, comience la marginación política del Msi, se obtendrá un ambiente político y humano oficialmente mantenido al margen del gobierno y de los partidos pero perfectamente integrado en el Estado y en su aparato paramilitar y de seguridad.
La duplicidad del Movimiento social italiano, partido de Estado pero no de gobierno, es denunciada por las “fascistas de izquierda”, reunidos en torno a la revista “Il pensiero nazionale”, que se dirigen directamente a las bases missinas:
“Vosotros los sabéis y lo veis: numerosos amigos y camaradas de armas están todavía en prisión o mendigan en busca de un trozo de pan, mientras los Valerio Borghese, los Pino Romualdi, los Almirante, los Lauro, los Cucco engordan a la mesa de los feudalistas y de los atlánticos. Aquellos que deberían pagar se dan aires de héroes y de puros y pretenden engañaros por tercera vez transformándoos en mercenarios de los ingleses y de los americanos. ¿No recordáis los muertos de la guerra contra los angloamericanos? Los mismos jerarcas, como los Borghese, los Romualdi, los Covelli que os deslumbraban con la fórmula de la sangre contra el oro, os empujan a la guerra del oro contra la sangre. ¿No captáis la falsedad? ¿Y si la captáis a qué esperáis para denunciarla?”
Acusaciones que encuentran confirmación, por ejemplo, en un informe del comisario jefe de Roma, Saverio Polito, de 22 de diciembre de 1951 que se señala la presencia en el comité directivo italiano de “Pace e libertà”, organización atlántica, de Giulio De Marzio, “hermano del conocido Ernesto De Marzio, ex jerarca fascista y actualmente miembro del comité central del Movimiento social italiano”, que resulta ser “propietario y administrador único y director de la ’Agenzia Giornalistica Italia” (Agi), director responsable de la revista “Esteri”, quincenal de política exterior subvencionado por la Erp…Se indica reservadamente –continua el comisario- que nuevas donaciones han sido Erp se habrían entregado recientemente a De Marzio por el periodista Frank Gervasi, jefe de la sección de propaganda del ente, al cual De Marzio mismo prestó servicios en el pasado”.
Algunos se rebelan. Desde el Piamonte, algunos dirigentes del Msi escriben a Augusto De Marsanich para comunicarle que no reconocen ya su autoridad y la de la dirección nacional del partido y del comité central “en compensación –agregan- reconocemos la habilidad con la cual, con el pretexto de la emergencia, habéis secuestrado el partido oficial y lo estáis transformando en un movimiento de derecha, estrechamente ligado a fuerzas antisociales”.
El Movimiento social italiano habría de convertirse en un partido reaccionario y conservador, exactamente como estaba en la mente de sus fundadores, tanto que el 23 de abril de 1952, Giorgio Pini, redactor jefe de “Il Popolo d´Italia” y subsecretario del Interior durante la República social italiana, uno de los hombres más próximos a Benito Mussolini, dimitió del partido.
Un partido de soplones, al punto que Filippo De Marsanich, hermano del secretario nacional del Msi Augusto De Marsanich, resultará después haber sido integrante de la estructura “Gladio”, la muy secreta organización de la OTAN, que bien sabía cuán lejos estaban del fascismo y de la defensa de los intereses nacionales estos personajes que explotaban a los caídos de la República social italiana y reivindican para sí la herencia política y espiritual.
No se equivocaba Francesco Cosentino, secretario general de la Cámara de diputados, cuando, en junio de 1960, dirá a Robert Mudd, secretario de la embajada americana, que “el Msi no es un verdadero partido fascista y que es cosa de risa considerarlo como tal. El Msi no quiere lo que quería Mussolini y se ha convertido en un partido respetable de la derecha política”.
Pero por razones exclusivamente electorales, los dirigentes del Msi continuarán durante decenios presentándose como los únicos herederos de la República de Salò, y habría que esperar a 1995 para que los herederos de Giorgio Almirante y de Pino Romualdi, se decidan a escupir abiertamente sobre el fascismo y sobre los fascistas, sobre los muertos y sobre los vivos, para comer el plato de lentejas que les ofrecen Silvio Berlusconi, la embajada americana y la de Israel.
Partido de Estado junto a las organizaciones subalternas (Ordine Nuovo, Fronte Nazionale, Avanguardia Nazionale, Europa Civiltà, Terza Posizione, Nar), el Msi ha representado el vivero del cual los servicios de seguridad han captado centenares o millares de hombre para utilizar en la defensa del “mundo libre” y para combatir la “subversión roja” con todos los medios, incluso los más infames, sin mancharse las manos ni comprometerse directamente”.
Partido de Estado, desde siempre democrático y antifascista, que nació de la Resistencia y de la derrota militar de la Italia fascista, de modo que no se podrá nunca hablar de “subversión negra” en este país, de “terrorismo fascista” que amenaza la democracia, sino de un frente único que ve como el Estado –este Estado- desencadena una “guerra de baja intensidad” para defender los intereses de los Estados Unidos, de la OTAN y de Israel en el Mediterráneo utilizando a su neofascismo que es la pura antítesis del fascismo.
La prueba la encontramos todavía hoy, lejos ya de los trágicos acontecimientos de los años Setenta, cuando los presuntos neofascistas, dignos herederos del Movimiento social italiano y de los grupos dependientes de él, no pierden ocasión para rendir homenaje a los cuerpos autónomos del Estado, empezando por el Arma de carabineros, la policía de seguridad atlántica, la policía política de la que deberíamos exigir en alta voz su disolución por el papel que ha desempeñado en la “guerra de baja intensidad” de la cual posee todos los más innobles secretos.
Publicaremos los nombres de todos los que han desempeñado el papel de informadores y confidentes de los servicios de seguridad y que, aun hoy, muchos consideran “camaradas” basándonos en el hecho de que el Msi que, por boca de Giorgio Almirante representaba la “alternativa al sistema” ha incluido entre sus parlamentarios hasta a tres directores delos servicios secretos militares: Giovanni Di Lorenzo, Vito Miceli, Ramponi.
Dejamos voluntariamente a esos “camaradas” de con tales hechos, así como a aquellos que a menor nivel han servido a los aparatos de seguridad del Estado antifascista pero que no renuncian, ni siquiera hoy, ni siquiera ante la evidencia de las pruebas, a definirse como “fascistas” ayudados en esto por la mala fe de jueces que insisten en presentar a grupos de confidentes como el véneto como “células negras”, para ganar publicidad y honorarios.
Se siente en cambio el deber de denunciar este licuamen humano y político que, en vez de apartarse en silencio, continua haciendo ruido jactándose de haber realizado la “lucha armada” contra el Estado, favoreciendo así la mentira que se trata de hacer pasar como verdad histórica ya admitida y probada.
Contra este Estado y sus aliados internacionales la única lucha que se tiene el deber de conducir es la que utiliza el arma de la verdad, usándola hasta las últimas consecuencias, cueste lo que cueste.
Después, cuando la verdad se haya afirmado, la luz de un nuevo amanecer iluminará un nuevo País, liberado, redimido.
Y devolver dignidad y verdad al País es nuestra misión y muestra batalla.
Vincenzo Vinciguerra
Opera, 15 octubre 2007
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