por: José Luis Ontiveros
La transición política ha dado lugar al predominio de lo políticamente correcto, en que la hegemonía del paradigma democrático, se ve unida a la capitulación del Estado frente al poder del alto clero, como lo demuestra el presidente Fox, doblegado por el cardenal Sandoval, en función de la ideología predominante, que se definiría como: ensayo sobre una derecha sin cabeza. Al término de la Segunda Guerra Mundial, Jarold J. Lasky, acuñó el término políticamente correcto para referirse al monismo demoliberal, como la única forma de organización social válida, en referencia a una concepción totalitaria del poder.
Mas esta tendencia de estar acorde con los valores de la edad, del signo de los tiempos, de la moda imperante, iba más allá de lo que el profesor hebreo J.L.Talmon denunció en su libro Los orígenes de la democracia totalitaria, en la medida en que Sartre y la izquierda fueron, en su momento, los representantes de lo políticamente correcto.
La adopción de este criterio deslizable y amorfo se relaciona con los centros del sentido a los que se refiere Gramsci, esto es, a los valores aceptables en una sociedad, que merecen encomio y reconocimiento, que determinan el sentido común.
El foxismo se presentó como la encarnación de lo políticamente correcto, apeló a un pretendido bono democrático, en contraposición a la vía nacional-revolucionaria, en cuanto que ésta no se somete a los patrones mundialistas y se funda en la afirmación de la diferencia. No existe el fin de la historia, el mundo es polivalente y plural La ex izquierda súbitamente se convirtió apostólicamente al credo democrático, y con ello, a las normas universalistas de la homologación de los valores, en que destaca la transcripción secular del judeocristianismo a los principios democráticos.
Lo políticamente correcto se desplazó a un gobierno vergonzantemente confesional. Aclarando que este simulacro de permisibilidad no tolera rechazar la dictadura del pensamiento único, y el predominio de la americanósfera.
Esta es la explicación última del suprapoder fáctico de la Iglesia católica, ya que el foxismo carece en sí de un proyecto histórico, por ello el país vive en el riesgo de que se constituyan los delitos de opinión, propios de la absolutización de lo relativo y de lo discutible. Así, el cardenal Sandoval es el nuevo gran inquisidor: de lo que tiene derecho a pensarse y de lo que debe estimarse como abominable.




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