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Sobre el culto funerario a un homúnculo

July 20th, 2009 · Post your comment (No Comments)

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Andreas MolauPor Andreas Molau

Cuando la noticia de la muerte de Michael Jackson brotó de los receptores de radio de todo el mundo, parpadeó nerviosa en las pantallas de televisión y viajó por las autopistas de la información a toda velocidad hasta los ordenadores personales, hizo recordar con tristeza a Joachim Fernau. Fernau no había llorado el fin de los genios. No. Más bien lo había diagnosticado como un médico. Aquí estaba la prueba una vez más; pero esto no le haría feliz.

La era de las masas, según Fernau, había destruido todo impulso capaz de poder actualizar una vez más la energía para un cambio. Todas las transformaciones que una y otra vez han dotado a la cultura occidental de nuevos aspectos y formas, como las metamorfosis de las plantas que Goethe había descrito, habrían dejado ya de ser posibles. La era de las masas contemporánea se habría petrificado, cayendo en una estéril decadencia. No es agradable oír esto. Pero es así.

«Rodolfo Valentino es “inmortal”, millones de personas lloran sobre su tumba», esta frase de Fernau se impone en los sofocantes días de este julio que, como siempre, están marcados por la aliteración de lo banal. Cada cuarto de hora, se ofrecen noticias sobre la muerte de este objeto publicístico cantarín cargado de millones. Rodolfo Valentino es Roy Black es Michael Jackson, el «salvador de las masas» como lo había calificado Fernau ¿Debería ser escandalosa su mención? La seducción por lo banal es algo humano. También el lamento conservador por la pérdida de la grandeza. Correcto y estéril.

La disertación sobre la dimensión de un enanismo anímico-cultural siempre tiene dos filos. Pero cuando uno se sorprende de que el propio Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), un medio que una vez fue calificado de diario inteligente, anuncie en primera página la muerte del «King of Pop», no es porque dedique un editorial a la «Star» sino por la importancia concedida y el contenido del comentario.

Tanto si se trata del diario izquierdista como del burgués FAZ, existe una llamativa coincidencia. Los sesentayochistas del TAZ comparan al cantante con Jesús, el FAZ le califica como «El irredento». Que un diario como el FAZ emplee la palabra «perfección» en conexión con un afro-americano incómodo con su propia identidad que se hizo famoso por sus gritos en falsete, sus bruscos ademanes epilépticos y sus gestos lascivos, resulta entristecedor. Sin embargo, en el TAZ no cabía esperar otra cosa.

No obstante, el caso Michael Jackson resulta apropiado para diagnosticar de manera trágica una cultura histérica de un periodo crepuscular, cuyo vacío se intenta disimular con ruido y luces cegadoras. La ausencia de todo impulso religioso sano se compensa con el chillón canto-derviche de millones de seres humanos que han presenciado por las pantallas el entierro de un hombre con el que, en su desamparo, parecen identificarse realmente.

Cuando se pone bajo sospecha ideológica al héroe y al ideal, acabando con ellos en la práctica, una humanidad presa de un delirio de juventud busca sus ídolos en unas figuras aberrantes, que recuerdan más al homúnculo de Goethe que a una figura humana real. Michael Jackson era, y con ello posee algo verdaderamente ejemplar, la encarnación del hombre masa, fabricado, irreal, de la era de Internet.

Michael Jackson era con sus operaciones faciales y su antinatural blanqueo de piel una especie de hombre fabricado, como el que siempre ha fascinado a la humanidad. Ya Paracelso conjeturó sobre tal homúnculo que creía que podría construirse mediante esperma corrupto. En el Fausto de Goethe sólo la consulta al demonio permite la creación de ese hombre-probeta. Es un taller de actividad sin sentido; el símbolo del espíritu materialista de esta época, sin ninguna raíz, sin ningún fundamento metafísico. Y Jackson ha perecido sin sentido, al igual que ocurrirá con esta era. Ha muerto confuso y cegado por el alcohol y las pastillas.

Todos los sesentayochistas bienhechores de la humanidad, que afirman el carácter mesiánico del cantante pop y se deleitan con el nuevo y pseudo-religioso culto a los muertos, nos habían explicado precisamente que la veneración a los héroes sería un desprecio hacia la humanidad. Para ellos, un Día Nacional del NSDAP, un desfile de antorchas, una celebración fascista en la Italia de los años veinte llevaban directamente hacia la decadencia, porque –según su opinión- en estos casos la razón habría sido anulada.

Y ahora estos izquierdistas bienhechores de la humanidad se revuelcan en el lodo del culto fúnebre de un cantante pop que, completamente ofuscado y rebosante de auto-sobrevaloración ha llevado un vida que sólo puede despertar un profundo desprecio a todo hombre sano. Hedonismo, narcisismo son los atributos de Michael Jackson. Una figura degenerada, demente, perversa y pedófila. La calcomanía de una época moralmente degenerada. Pero en vez de producir asco se ha decretado su veneración. Así son las cosas.

La noche ha caído.

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Tags: Internacional · Opinión

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