Diego Urioste
La extraña idea que nuestro Socialismo es lo que nos diferencia de la derecha pero, en cambio, podemos coincidir con ésta en nuestra afirmación y defensa de la Patria Española, ha sido otra de las ideas preconcebidas y nefastas confusiones con las que urge acabar de una vez por todas.
Vemos la imperiosa necesidad de aclarar que el Socialismo Patriótico no es una reedición de esa escuela ambigua representada por quienes decían aquello de «en lo social de izquierda pero en lo nacional de derecha».
De ningún modo. Tal hecho significaría reproducir la estafa. Nuestra concepción de la Patria Española (y Europea) es radicalmente contraria a las ideas «nacionales» de la derecha que se conoce (se exprese en variante integrista, conservadora o liberal; se signifique como españolista o con resentimientos «identitarios» antiespañoles).
(I) España no es una esencia: es una realidad.
España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su expresión política y estatal manifestada en el complejo devenir histórico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y globalizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «identidad» española que la política y, subsidiaramente, la jurídica.
España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y mantener nuestra pluralidad de identidades no es una cuestión coyuntural, sino decisiva: la de considerar el valor fundamental de las identidades que son constitutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una conjunción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.
Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera España» ha constituido un nefasto error histórico. Un error, por otra parte, característico de los nacionalismos. Éstos nunca se limitan a resaltar una identidad, sino que se dedican a negar la legitimidad de las otras presentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e imponiendo esa identidad «unificada» (o «sintetizada») sobre las demás identidades a las que tratan de sepultar o extirpar como «anómalas».
El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aíslan una identidad (o una sola «memoria histórica»): aquella que subjetivamente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar a despreciar o negar las demás identidades (y expresiones históricas). Aunque esas identidades o expresiones sean también propias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y tengan arraigo en el territorio, por cualquier motivo arbitrario les niegan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conteniendo «variedades» tratarán de eliminar esas diferencias para imponer una sola versión prototípica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia nacional otras configuraciones particulares surgidas en el seno de la nación, imponiendo a todo el territorio el prototipo nacional «único y verdadero», ya que el «hecho diferencial» representa la base de todo.
Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, racial, religioso, historicista, etc.) atentan contra la identidad y la diversidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civilización cosmopolita y disolvente. Los exclusivismos («naturalistas» o historicistas) representan perfectamente e la otra punta de la tenaza del mismo proceso de disolución y homogeneización acelerada promovido por las ideologías «ambientalistas» , igualitarias y mundialistas.
(II) España es una realización histórica. Como otras.
España no representa ningún caso extraordinario. Como todas las demás naciones del mundo y, como la misma Europa, son fruto de procesos históricos donde han confluido pueblos, identidades, fuerzas, acciones humanas y circunstancias múltiples. Hay que insistir que España no consiste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lingüística, ni racial limitada ni permanente: España es esencialmente una realidad y una realización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el resultado de la espontaneidad o expresión de una herencia natural o una identidad fija.
Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido independiente de las acciones de los hombres, o se ha mantenido invariable en el devenir de la historia: creer o pretender tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen éstos en el ámbito que operen (regional, estatal, subcontinental…)
Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una continuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha importancia establecer si constituye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido independiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como naciones, en principio no debe causar perjuicio alguno aceptar que España conforma una nación o una conjunción de naciones.
Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)
Por eso negamos radicalmente el concepto de nación como realidad distinta y autónoma de la historia y de los Estados. El estado es una realidad superior y anterior a la nación. Han sido los Estados, los proyectos comunes, las empresas históricas, los que han creado los marcos colectivos y han dado forma a las naciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siempre creadas y formadas por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la historia. Han sido los Estados (o centros constituidos de poder similares) quienes han impreso en los pueblos una voluntad y una conciencia colectivas, y, en consecuencia, los que les han dado una existencia efectiva. España, toda Europa y el resto de las naciones del mundo, no han sido excepciones a este hecho de universal cumplimiento.
(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.
Contra la usurpación y falsificación del nacional-catolicismo y su relevo nacional-occidentalista
Al igual que afirmamos que las naciones no son unidades principalmente naturales (espontáneas o heredadas) ni realidades distintas o autónomas de la acción histórica de las uniones políticas que las han creado y conformado, también decimos que las uniones históricas que han conformado las naciones no han seguido una sola «tradición» ni han mantenido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.
Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una misma tendencia (como también es posible encontrar terrenos donde se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos pocos casos, nada nos obliga, en absoluto, a proseguir con la misma línea.
Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el curso de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de factores e influencias múltiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cambio, han chocado o se han neutralizado recíprocamente. Quien en una época determinada ha constituido la fuerza predominante puede haber pasado posteriormente al estado latente, y viceversa.
Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pretender reducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un desarrollo lineal. Es completamente absurdo considerar una nación como un bloque único en el tiempo que no admite revisiones.
Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cualquier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e incluso contrapuestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la importancia práctica que tal reconocimiento tiene para la acción en el presente y en el futuro.
De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no conlleva, de ningún modo, a tener que aceptar la ruptura «espacial» de la nación política, reconocer que en España se han desplegado fuerzas históricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a negar la continuidad nacional en el «tiempo».
Teniendo claro todo esto, y yendo a lo concreto, para el Socialismo Patriótico lo más importante es tomar conciencia del siguiente hecho histórico especial que asi resumía el grupo «Antagonistas»:
«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes que históricamente han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesidades, entre las masas populares, que son aquellas que más han sufrido con la irrupción del Capitalismo, la “Democracia” y el Imperialismo»
Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la realidad histórica de España y una breve visión de la España actual.
(IV) En conclusión:
1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cualquier reivindicación de esencias nacionales o metafísicas de España. Nosotros afirmamos que España es una realidad política estatal, como tantas otras, en sí misma, ni mejor ni peor.
Así pues, nada que ver con los nacional-catolicismo, el nacional-occidentalismo de relevo del PP o los etnicismos varios (panibéricos o separatistas)
2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» pues no hay motivos para ensalzarla ni sentirse muy orgullosa de ella (por lo menos, mientras siga ligada al capitalismo y al criminal imperialismo angloamericano), así como repulsa de cualquier «complejo de culpa» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una historia y existe dentro de una continuidad política y social, ni más gloriosa ni más miserable que otras..
Así pues, nostalgias imperiales ninguna (porque, además, el Imperio Español no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Revoluciones de independencia de los países hispanoamericanos cuando España dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)
3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha tenido un sólo sentido (algo que tampoco ha ocurrido prácticamente en ningún sitio). Negamos pérdida alguna de ese «único y verdadero» «sentido español» simplemente porque no ha existido jamás ese sentido español «único y verdadero».
Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llamada «nacional» (habría que llamarla usurpadora de lo nacional) que sostiene que cuando España perdió ese único y verdadero» sentido entró «irreversiblemente» en la decadencia. Insistimos: España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias internas y externas… como señala el grupo «Antagonistas»: «nada extraordinario».
4 ) Y que si España entró en decadencia fue, en un primer momento, por responsabilidad de las castas rectoras políticas y religiosas, que no quisieron o no supieron dar con resortes nacionales de movilización, ya que para ellos España era el patrimonio familiar-eclesiástico de tales castas. En un segundo momento será por causa del Partido Único de la Burguesía, tanto en su ala Nacional-Conservadora como Socio-Progresista, que han abrazado e impuesto «la más denigrante concepción burguesa de la existencia».
Así pues: no sólo nada que ver con las ideas «nacionales» de la derecha (integrista, conservadora o liberal) sino antagonismo radical con todas ellas.




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