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Altermedia Castellano: In a time of universal deceit, telling the truth is a revolutionary act. (George Orwell)


Socialismo patriótico

February 28th, 2008 · Post your comment (No Comments)

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Diego Urioste

 La extraña idea que nuestro Socialismo es lo que nos diferencia de la derecha pero, en cambio, podemos coincidir con ésta en nuestra afir­mación y defensa de la Pa­tria Española, ha sido otra de las ideas pre­concebidas y nefastas con­fu­sio­nes con las que urge acabar de una vez por to­das.

Ve­mos la imperiosa ne­cesidad de aclarar que el Socia­lismo Pa­trió­tico no es una re­edición de esa escuela am­bigua re­pre­sen­tada por quie­nes de­cían aquello de «en lo social de izquierda pero en lo nacional de derecha».

De ningún mo­do. Tal hecho significaría repro­ducir la estafa. Nuestra concep­ción de la Pa­tria Española (y Euro­pea) es radicalmente contraria a las ideas «na­cio­nales» de la de­re­cha que se co­noce (se exprese en va­riante inte­gris­ta, con­ser­vadora o libe­­ral; se signifique como es­pa­ño­lis­ta o con re­sen­ti­mientos «iden­­ti­ta­rios» anti­es­pa­ñoles).

(I) España no es una esencia: es una realidad.

España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su ex­presión política y estatal manifestada en el complejo devenir histó­rico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y glo­balizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «iden­tidad» española que la política y, subsidiaramente, la jurídica.

España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y mantener nuestra pluralidad de iden­ti­dades no es una cues­tión coyun­tural, sino decisiva: la de considerar el valor fun­da­mental de las iden­ti­dades que son constitutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una con­jun­ción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.

Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera España» ha constituido un ne­fas­to error histórico. Un error, por otra parte, característico de los nacionalismos. Éstos nunca se limi­tan a re­saltar una iden­tidad, sino que se dedican a negar la legi­timidad de las otras pre­sentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e im­po­niendo esa iden­­tidad «uni­ficada» (o «sin­te­­ti­zada») sobre las de­más identidades a las que tratan de sepultar o ex­tirpar como «anómalas».

El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aís­lan una identidad (o una sola «memoria his­tórica»): aquella que sub­je­ti­va­mente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar a des­pre­ciar o negar las demás identidades (y ex­pre­siones his­tó­ricas). Aunque esas identidades o expresiones sean también pro­pias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y ten­gan arraigo en el te­rri­torio, por cualquier moti­vo arbitrario les nie­­gan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conte­niendo «variedades» tra­ta­rán de eliminar esas dife­rencias para im­poner una sola versión pro­to­típica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia na­cional otras con­fi­gu­ra­ciones particulares surgidas en el seno de la na­ción, imponiendo a todo el territorio el prototipo nacional «úni­co y ver­dadero», ya que el «hecho diferencial» representa la base de todo.

Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, ra­cial, re­­ligioso, historicista, etc.) atentan contra la identidad y la di­versidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civilización cosmopolita y disolvente. Los ex­clu­sivismos («naturalistas» o historicistas) re­pre­sentan perfecta­mente e la otra punta de la tenaza del mismo pro­­ceso de disolución y homo­ge­nei­zación acelerada pro­movido por las ideologías «ambientalistas» , iguali­tarias y mundialistas.

(II) España es una realización histórica. Como otras.

España no representa ningún caso extraordinario. Como todas las demás na­cio­nes del mundo y, como la misma Europa, son fruto de pro­ce­sos histó­ricos donde han confluido pueblos, identidades, fuerzas, ac­ciones hu­ma­nas y cir­cuns­tancias múltiples. Hay que insistir que Es­pa­ña no con­siste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lin­güís­­tica, ni racial limitada ni permanente: España es esen­cial­mente una realidad y una rea­lización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el re­sultado de la es­pon­ta­nei­dad o expresión de una herencia natural o una identidad fija.

Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido in­de­­pendiente de las acciones de los hom­bres, o se ha man­te­nido in­variable en el devenir de la historia: creer o pre­ten­der tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen és­tos en el ámbito que operen (regional, estatal, subcontinental…)

Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una continuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha im­por­tancia esta­ble­cer si consti­tuye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido in­de­pendiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como naciones, en principio no debe cau­sar perjuicio alguno acep­tar que España con­forma una nación o una con­junción de naciones.

Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)

Por eso negamos radical­mente el concepto de nación como realidad dis­tinta y autónoma de la historia y de los Estados. El estado es una rea­lidad superior y anterior a la nación. Han sido los Estados, los pro­yectos comunes, las empresas históricas, los que han creado los mar­cos co­lectivos y han dado forma a las naciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siempre creadas y forma­das por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la his­toria. Han sido los Estados (o centros constituidos de poder similares) quienes han impreso en los pueblos una voluntad y una con­ciencia co­lec­tivas, y, en consecuencia, los que les han dado una exis­tencia efec­tiva. España, toda Europa y el res­to de las naciones del mun­do, no han sido excepciones a este hecho de universal cumplimiento.

(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.
Contra la usurpación y falsificación del nacional-catolicismo y su relevo nacional-occidentalista

Al igual que afirmamos que las naciones no son unidades prin­ci­pal­mente naturales (espontáneas o heredadas) ni realidades dis­tintas o autónomas de la acción histó­rica de las uniones políticas que las han creado y con­formado, también decimos que las uniones históricas que han confor­ma­do las naciones no han seguido una sola «tra­di­ción» ni han man­te­nido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.

Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una mis­ma tendencia (como también es posible encontrar terrenos don­de se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos po­cos casos, nada nos obliga, en absoluto, a proseguir con la misma línea.

Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el cur­so de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de fac­to­res e in­fluencias múltiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cam­bio, han chocado o se han neutralizado re­cí­pro­ca­mente. Quien en una época determinada ha constituido la fuerza pre­do­mi­nante pue­de haber pasado posteriormente al estado la­ten­te, y vice­versa.

Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pre­ten­der reducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un de­­sarrollo lineal. Es completamente absurdo considerar una na­ción como un bloque único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes.

Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contrapuestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tan­tas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal reco­nocimiento tiene para la acción en el pre­sente y en el futuro.

De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no con­­lleva, de ningún modo, a tener que acep­tar la ruptura «es­pa­cial» de la nación política, reconocer que en España se han des­ple­ga­do fuerzas his­tóricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a ne­gar la continuidad na­cional en el «tiempo».

Teniendo claro todo esto, y yendo a lo concreto, para el Socialismo Patriótico lo más importante es tomar con­ciencia del siguiente hecho histórico especial que asi resumía el grupo «Antagonistas»:

«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes que históricamente han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesidades, entre las masas populares, que son aquellas que más han sufrido con la irrupción del Capitalismo, la “Democracia” y el Imperialismo»

Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la realidad histórica de España y una breve visión de la España actual.

(IV) En conclusión:

1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cionales o metafísicas de España. No­­sotros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica estatal, como tantas otras, en sí misma, ni mejor ni peor.

Así pues, nada que ver con los nacional-catolicismo, el nacional-occi­den­talismo de relevo del PP o los etnicismos varios (panibéricos o se­pa­ratistas)

2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» pues no hay motivos para ensalzarla ni sentirse muy orgullosa de ella (por lo menos, mientras siga ligada al capitalismo y al criminal imperialismo angloamericano), así como repulsa de cual­quier «complejo de culpa» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una historia y existe dentro de una continuidad política y social, ni más gloriosa ni más miserable que otras..

Así pues, nostalgias imperiales ninguna (porque, además, el Im­pe­rio Es­pañol no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Revo­luciones de inde­pen­dencia de los países hispanoamericanos cuando Es­pa­ña dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)

3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha te­nido un sólo sentido (algo que tampoco ha ocurrido prác­ti­ca­men­te en ningún sitio). Negamos pérdida alguna de ese «úni­co y verdadero» «sentido español» simplemente porque no ha exis­tido jamás ese sen­tido español «único y verdadero».

Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llama­da «na­cio­nal» (ha­bría que llamarla usur­padora de lo nacional) que sostiene que cuan­do España perdió ese único y verdadero» sentido entró «irre­­ver­si­­ble­mente» en la decadencia. Insistimos: España no es una realidad esen­cial, es una realidad histórica sujeta a cambios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias internas y externas… como señala el grupo «Antagonistas»: «nada ex­traordinario».

4 ) Y que si España entró en decadencia fue, en un primer mo­men­to, por responsabilidad de las castas rectoras políticas y re­li­giosas, que no quisieron o no supieron dar con resortes na­cio­na­les de movili­zación, ya que para ellos España era el patri­mo­nio familiar-eclesiástico de tales castas. En un segundo momen­to será por causa del Partido Único de la Burguesía, tanto en su ala Nacio­nal-Conservadora como Socio-Progresista, que han abra­zado e impuesto «la más denigrante concepción burguesa de la existencia».

Así pues: no sólo nada que ver con las ideas «nacionales» de la de­re­cha (integrista, conservadora o liberal) sino antagonismo radical con todas ellas.

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Tags: Opinión

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