Un Dios menor
Vincenzo Vinciguerra
7 de julio de 2007, Benedicto XVI, a instancia de los fieles, ha autorizado la misa en latín, en la cual se halla presente la plegaria por la conversión de los judíos, aun habiéndose eliminado la expresión sobre los “pérfidos judíos”.
Inmediata y furiosa ha sido la reacción de las comunidades hebreas que han visto, justamente, en la restauración de la misa en latín el intento desde dentro del Vaticano de frenar el proceso de judaización de la Iglesia católica activado desde hace casi treinta años.
El 18 de julio de 2007, el secretario de Estado vaticano cardenal Tarciso Bertone, tras haber conferenciado con Benedicto XVI, en Pieve di Cadore, anuncia la supresión de la plegaría por la conversión de los judíos de la misa en latín.
La excepcional gravedad de tal decisión no es, aparentemente, captada por nadie ya sea político, historiador o religioso. La noticia, publicada en la prensa con cierto énfasis, no es comentada fuera de un tono positivo.
Y sin embargo, el significado de la abolición de la plegaria por la conversión de los judíos al cristianismo ratifica el acatamiento del Dios cristiano frente el hebreo.
Si una iglesia renuncia a convertir a los hebreos es porque reconoce, no sólo implícitamente, la existencia de una religión y de un Dios superiores a ella.
El Dios de Israel, el Dios del Viejo Testamento, el Dios de los ejércitos y de la venganza resulta exaltado por la decisión de Benedicto XVI, representante de un Dios menor, de un Cristo subordinado ante el cual los hebreos no son reconducidos, sino al contrario es Cristo y con él los católicos los que son llevados a adorar al Dios de Israel.
El mensaje papal es la señal de la rendición final de la Iglesia ya no católica, apostólica y romana, sino apéndice del judaísmo mundial no solamente en el plano religioso sino también en el político.
Después de dos mil años, la Iglesia católica se extingue en la ignominia sin ni siquiera tratar de ocultar su deshonroso final, aceptando su papel subordinado al judaísmo, su destino de Iglesia para los pueblos inferiores, de un Cristo humilde, sometido, humillado ante el Dios orgulloso y triunfal del “pueblo elegido” de Israel.
Una sumisión, la del Vaticano, que avergüenza incluso a quien no es católico. El 8 de agosto de 2007, el Congreso Judío Mundial condena la audiencia concedida por Benedicto XVI al padre Rydzyk, un cura polaco, director de una emisora radiofónica, “Radio Marya”, acusado por los hebreos de antisemitismo.
El día siguiente, 9 de agosto, la humillante precisión del Papa alemán que, declara en nota de la sala prensa vaticana, que no ha concedido audiencia alguna al sacerdote polaco sino que sólo le ha permitido besarle la mano.
El jefe de una comunidad de fieles de más de mil millones de personas obligado a justificarse ante el Congreso mundial judío por haber recibido a un cura polaco, un sacerdote católico ante el cual toma distancias balbuciendo que no, que jamás ha hablado con él sino que sólo le ha permitido besarle la mano.
Es solo la última prueba, en orden temporal, del fin de la Iglesia católica reducida a un aparato burocrático al servicio de los Estados Unidos y de Israel, no religión del Imperio americano sino lobby religioso, poderoso en el plano financiero y político, destinado a servir los intereses del “pueblo elegido” y de su Dios.
Preguntarse cómo ha podido la Iglesia católica, apostólica, romana reducirse a mero apéndice del judaísmo mundial, al extremo de afirmar la creencia en un Dios menor, en un Dios inferior al de Israel, es una historia que principia con la llegada al solio pontificio del cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, que adopta el nombre de Juan Pablo I, elección que señala su desmedida ambición de refundar la Iglesia católica, de rescribir su historia, de llevarla hasta los pies del judaísmo.
Mucho se ha escrito sobre la muerte de Albino Luciani, fallecido oficialmente a causa de un infarto, tras tan solo 30 días de pontificado. Muchos han hablado abiertamente de homicidio dentro del Vaticano de un Papa bondadoso y débil, falto de personalidad y carisma, que pretendía poner orden en las finanzas vaticanas y expulsar al IOR [Instituto de Obras para la Religión, ndt.] y a su jefe, Monseñor Paul Marcinkus.
Resulta dudoso que un cardenal desconozca las ignominias financieras del Vaticano, experimentada máquina de fabricar dinero, y más improbable resulta aún que haya podido ser asesinado por una conjura palaciega al haber querido sustituir como jefe del organismo financiero de la Santa Sede a un monseñor por muy poderoso que pudiera ser.
No se mata a un pontífice romano por tan poca cosa.
El motivo para un homicidio, al contrario, puede encontrarse en el intento, recurriendo incluso a medios extremos, de borrar dos mil años de historia católica a fin de afirmar la superioridad del judaísmo y de los judíos sobre la doctrina católica y sobre los católicos, llevado adelante desde el interior de la Curia pontificia por aquellos que, lúcidamente, han presentido el final de la Iglesia católica.
El 3 de febrero, en el semanario “Panorama”, dentro de un artículo dedicado a Albino Luciani, Giancarlo Zizola escribe que “su pasión por el diálogo con los hebreos era tal que decidió transformar el viernes santo en un día de paz y de fraternidad, de penitencia y de silencio”.
No hay que decir que la “penitencia” deben de hacerla los cristianos para enmendarse de los “golpes” inferidos a los judíos.
No es imaginable la ausencia de reacciones dentro de la Iglesia romana, de las poderosas ordenes monásticas, de los cardenales tradicionalistas, muchos de los cuales se habían opuesto ferozmente en el curso del Concilio Vaticano II, trece años atrás, a la omisión de la condena contra los hebreos de ser un “pueblo deicida”
En el breve lapsus de quince años, Juan Pablo I pretendía ahora transformar a la comunidad católica en una masa de penitentes empeñados en pedir perdón a los hebreos.
Es una buena razón para morir.
Después de él, elegido por el mismo bloque cardenalicio (americanos y alemanes) se convierte en Papa Karol Wojtylla que asume el nombre de Juan Pablo II, para que les quede claro a todos que proseguirá la obra de judaización de la Iglesia católica iniciada por su predecesor.
Como confirmación de que Juan Pablo I no pretendía en modo alguno moralizar las finanzas vaticanas, Juan Pablo II otorga plena confianza a Paul Marcinkus y al IOR.
Sin embargo, caso único en la historia moderna de la Iglesia católica, un turco de religión musulmana le dispara en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981. Lo hiere de gravedad, pero la intención es la de matar.
¿Quién ha armado la mano de Alí Agca?
La verdad oficial la conocemos: los comunistas búlgaros, por cuenta de la Unión Soviética que veía en el Papa polaco una amenaza para la estabilidad del imperio soviético.
Nada más improbable porque Karol Wojtylla no se había distinguido nunca por ser un ferviente y militante anticomunista, al contrario era un cardenal fiel al poder comunista polaco, quizás demasiado, tanto como para ser definido como “cardenal rojo”.
La confirmación de la responsabilidad de los servicios secretos de la Europa del Este y soviéticos en la muerte del Papa polaco habría tenido un efecto boomerang
mucho más devastador que su política de apertura frente al mundo comunista y de apoyo financiero a Polonia.
La motivación resulta frágil, dictada por la exigencia elemental de poner en aprietos al Kremlin y de construir un arma de propaganda excepcional contra el comunismo internacional, no probada procesalmente ni siquiera a nivel de indicios.
Único culpable sigue siendo Alí Agca, musulmán turco, que tras haber guardado silencio durante veinte años, dentro de las cárceles italianas, ha señalado una vez ingresado en las prisiones turcas a personajes ocultos de la Curia romana como los ejecutores de la tentativa de asesinato de Juan Pablo II: “El diablo –ha dicho- está en el Vaticano”.
Ciertamente, una afirmación carente de cualquier elemento probatorio; pero permanece el hecho de que en la base de un homicidio y de una tentativa de homicidio, en el arco de tres años, existe una motivación común, solo una: rechazar dos mil años de historia, rescribir los Evangelios, afirmar la supremacía judaica sobre el cristianismo, la superioridad del Dios de Israel sobre el católico.
La iglesia católica no ha dudado nunca, en el transcurso de su existencia, en recurrir a todos los medios para obtener los fines que se había propuesto, incluyendo exterminios de masas y genocidios ante los cuales el homicidio es en el fondo poca cosa.
Existe algún indicio que puede que puede confirmar la afirmación de Alí Agca, incluso si quien ha comisionado el homicidio, confiando en algún grupo islámico, quería eliminar al “diablo”, al Anticristo encarnado por Juan Pablo I y por Juan Pablo II, salvando a la Iglesia católica, apostólica y romana, y no personificándolo como imagina ingenuamente Alí Agca.
La historia que sigue al fallido atentado contra Juan Pablo II da ciertamente la razón a los que han identificado en este último al destructor del catolicismo.
La visita de Juan Pablo II a la sinagoga de Roma, con el pontífice romano arrodillado ante el rabino jefe, implorando el perdón de los judíos por las persecuciones padecidas por ellos a manos de la iglesia católica en el transcurso de los siglos es la representación plástica de un proceso de disgregación de la Iglesia dirigido desde su vértice.
Disgregación sobre el plano religioso, con Cristo convertido en auxiliar de Jehová, el Evangelio en un subproducto de la Biblia, los cardenales empeñados en subrayar la superioridad de los “hermanos mayores” hebreos y de los hebreos sobre ellos y sobre el cristianismo; disgregación sobre el plano político con los israelíes disparando dentro de la Basílica de la Natividad, Belén, contra un grupo de palestinos que se había refugiado allí, sin que Juan Pablo II condene la acción contra el símbolo más sagrado de la cristiandad; con los hebreos que se reencuentran al secular enemigo como aliado, cómplice y súcubo en su guerra contra los árabes y los palestinos, en Oriente Medio, mientras el imponente aparato de propaganda de la Iglesia se emplea a fondo en sostener sus razones y justificar sus acciones por más horribles que estas sean.
Hasta llegar a nuestros días, con un Papa que mendiga excusas por haber recibido a un sacerdote católico y que renuncia oficial y públicamente, sin vergüenza alguna, a la obra de apostolado y de conversión hacia los judíos, último y definitivo homenaje a la superioridad religiosa del “pueblo elegido” y de su Dios cruel y vengativo.
Aceptar esta realidad es una exigencia que no puede postergarse más en el tiempo, al menos para aquellos que afirman estar contra el sistema judaico-mundialista pero que, contradiciéndose, se alinean junto a la Iglesia de Roma para la defensa de la civilización cristiana contra el Islam.
No existe ya una civilización cristiana, sino solamente un sistema judaico-cristiano al servicio de los intereses de Israel y de los Estados Unidos.
Nuestra civilización está toda por redescubrir y por reconstruir, y no se podrá hacerlo fingiendo creer que existe todavía una Iglesia católica, apostólica, romana a la que contemplar con confianza en la salvaguarda de nuestras tradiciones y de nuestras costumbres.
La Iglesia de Roma está muerta, cadáver, enterrada con el deshonor de los mea culpa proferidos ante el pueblo hebreo que representa una civilización distinta y contrapuesta a la nuestra, con su pretensión de ser el “pueblo elegido”, su espíritu racista, su sueño de imponer al mundo el reino de Israel.
Los “monaguillos” de la derecha y de la extrema derecha que pretenden ser todos Papas y mamporreros contra los islámicos, los gitanos, los limpiacristales rumanos y los pordioseros albaneses, harían mejor, por una vez, al menos aquellos de buena fe, en detenerse a reflexionar y comprender quién es hoy el enemigo que sometido Roma a Jerusalén, permitiendo a los hebreos del ghetto acercarse cada año al Arco de Tito a reír y bailar para recalcar que Israel ha resurgido y conquistado Roma.
Para aquellos que no han sido jamás de derecha o de extrema derecha, para aquellos que se consideran únicamente fascistas sin más adjetivos, el problema de comprender no se plantea.
Se plantea solo el de encontrar los medios para combatir, no con la fuerza sino con la razón, el clerical-judaísmo hoy imperante.
Opera, 21 septiembre 20









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